Pablo Martínez Zarracina-El Correo
- El tiempo reduce la esperanza de encontrar con vida a los desaparecidos
El fin de semana Venezuela dejó atrás las setenta y dos horas que se consideran propicias para rescatar supervivientes tras un terremoto. La vida bajo los escombros redobla a partir de esos tres días su carácter milagroso, que hoy se atestigua con los teléfonos móviles y no tarda en viralizarse, a veces porque se rescata a un congénere y a veces a una mascota. La emoción que esas imágenes generan no puede, sin embargo, competir con la aritmética. El Gobierno venezolano había confirmado ayer por la tarde 1.450 víctimas mortales mientras datos de plataformas independientes que han sido manejados por el jefe de ayuda humanitaria de la ONU contabilizaban en las primeras horas cincuenta mil desaparecidos. No contribuye a la esperanza que en sus comparecencias Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional y hermano de Delcy, hable a su vez de «hermanos y hermanas venezolanos», pero se muestre más preciso al contar réplicas e inmuebles que ciudadanos desaparecidos.
Las crónicas dan cuenta de un Gobierno superado y de ciudadanos que piden ayuda, manos, maquinaria, para intervenir bajo montañas de escombros en los que creen que hay gente viva. De las posibilidades disruptivas que entraña toda catástrofe natural no hay que explicarle nada al chavismo, que en 1999 antepuso la celebración del referéndum constitucional que establecería los pilares del nuevo régimen a la emergencia de unas inundaciones en La Guaira que terminaron con miles de muertos. Citando a Bolívar en el terremoto de Caracas de 1812, Chávez dijo entonces que la naturaleza les obedecería o que la obligarían a hacerlo. Por alguna razón, el plan no funcionó. Lo que sí parece funcionar con la naturaleza es la prevención, que incluye tanto la solidez constructiva como el mantenimiento de planes y servicios de emergencias bien diseñados y financiados. No es fácil que eso se dé en regímenes autoritarios que centran sus esfuerzos en el control de la población y son opacos, y en el fondo ineficientes, por naturaleza. En alguna de sus visitas a las zonas afectadas por el terremoto Delcy Rodríguez ha sido recibida con abucheos. Está por ver en qué se transforma la energía que hoy se vuelca en el rescate de supervivientes. Qué sucederá cuando ya no haya esperanza y solo queden los escombros. Y qué papel va a jugar finalmente Estados Unidos en Venezuela, repentino protectorado en el que hacer negocios muy lucrativos para los que quizá convenga ahora un poco de marketing humanitario.
Mundial
Tiburones azules
La ley de los Mundiales establece que no hay campeonato como los que ves en tu infancia y que es entonces cuando aprendes que tu deber como aficionado es ir siempre con las selecciones más pequeñas y exóticas, especialmente con aquellas que cada año consiguen dar la sorpresa y poner en aprietos a los equipos grandes. Es la proeza que ha conseguido Cabo Verde, sobreviviendo invicta en el grupo que ha compartido con España y Uruguay, dos campeones del mundo. La selección del pequeño archipiélago africano protagoniza por ahora el milagro del campeonato y su portero Vozinha ya sabe lo que es que los niños se pongan a llorar cuando le ven, pero no porque les dé miedo sino porque es su nuevo ídolo. «Queremos ser un ejemplo para ellos», ha dicho el portero de cuarenta años, que ha ganado estos días más de diez millones de seguidores en sus redes. Ejemplarmente, el guardameta ha comenzado a seguir de vuelta a un millar de esas cuentas, todas pertenecientes a mujeres. Los tiburones azules, llaman a los jugadores de la selección caboverdiana. Gran apodo. El viernes se cruzan en dieciseisavos con Argentina, vigente campeón del mundo, porque el destino de David no tiene escapatoria y requiere que Goliat sea lo más enorme posible. Demostrando que el mundo es un pañuelo y los países más antagónicos siempre son de alguna manera vecinos, la prensa argentina recuerda ya que el negro Manuel, custodio inicial de la Virgen de Luján y testigo de sus primeros milagros, era de Cabo Verde, como Vozinha pero sin Instagram.