Amaia Fano-El Correo
Steven Levitsky y Daniel Ziblatt lo vieron claro en su libro ‘¿Cómo mueren las democracias?’. Al contrario de lo que pudiera pensarse, rara vez se desploman con estruendo; más bien suelen diluirse como un azucarillo en el brebaje alucinógeno servido por dirigentes, hábiles en la retórica, que llegaron al poder valiéndose de las reglas del juego de la democracia y que, una vez dentro, la vacían de sentido.
El patrón es siempre el mismo. El líder mesiánico se presenta como garante del sistema pero dice necesitar de herramientas extraordinarias para salvarlo de sus enemigos externos. Y en ese gesto, aparentemente protector, se legitiman decisiones que restringen libertades, erosionan contrapesos o convierten al adversario político en una categoría moralmente sospechosa. Ya no se habla de rivales políticos, sino de traidores a la nación, y se advierte de amenazas y peligros que justifican la tentación de intervenir redes sociales, presionar o desacreditar a los medios críticos y a los jueces que dictan resoluciones incómodas para el Gobierno; o se insiste en una política fiscal asfixiante para autónomos y pequeños propietarios, con el pretexto de redistribuir correctamente la riqueza, que en realidad persigue crear otras élites alternativas a las ya existentes.
La democracia se diluye cuando damos por bueno que su defensa precisa debilitar sus propios límites. La historia reciente ofrece algunos ejemplos ilustrativos. En Venezuela, Hugo Chávez defendió sus reformas como una profundización democrática. El resultado fue un régimen totalitario y personalista, con una colonización total de las instituciones (empezando por la justicia), expropiaciones ilegales, cierre de medios de comunicación críticos y persecución de opositores políticos, que Nicolás Maduro heredó y perfeccionó. Y en Turquía, tras el fallido golpe de 2016, Erdoğan impulsó purgas masivas en nombre de la estabilidad. Una respuesta desproporcionada, aunque funcional para consolidar su poder absolutista.
No se trata de episodios aislados o propios de otras culturas. Responde todo a una misma lógica. En nuestro caso, la de un presidente que acaba de montar una cumbre con algunos de los gobiernos más corruptos del mundo, cuyos países viven en condiciones de miseria e inseguridad extremas, para convencernos de que «solo la izquierda es garantía de progreso» y que dice defender la democracia mientras incurre en la anomalía institucional de gobernar sin contar con la mayoría para poder aprobar siquiera unos presupuestos, convirtiendo en rutina lo excepcional.
No. El caballo de Troya de la democracia no entra hoy derribando puertas ni dando coces. Lo hace con permiso de las urnas, amparándose en la charlatanería clásica de la que se nutre la mentalidad de rebaño (ese de cuyo pretendido crecimiento se felicitaba Lula en Barcelona), cabalgando a lomos de una supuesta amenaza, real o amplificada, para justificar medidas excepcionales que, una vez normalizadas, terminan devaluando hasta hacer irreconocible el sistema que decían proteger.