JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA-EL CORREO

  • Mucho se ha hablado durante la pandemia de la extrema vulnerabilidad de los ancianos y casi nada, en cambio, de la desesperanza que abruma a los más jóvenes

Esto va para largo». Seguro que usted, como yo, ha oído la expresión los últimos días. Primero la pronunciaron los expertos; ahora nos la dice cada mañana el panadero. El caso es que la idea de que habrá que convivir con el virus una larga temporada ha pasado de ser amenaza a convicción. No siempre fue así. El primer embate nos asustó por su violenta irrupción. Pero creímos que lo superaríamos con las rigurosas restricciones que decretaron los gobiernos. Así nos lo prometieron. «Doblegaremos la curva», nos dijeron al confinarnos, y «hemos salido más fuertes», nos aseguraron cuando nos dieron suelta. Precisamente por eso, por nuestra ingenua creencia, el fin del confinamiento resultó ser, más que desescalada, desbandada y estampida. Nos creíamos a salvo. Ha sido sólo a partir del verano, llegada la segunda o tercera ola, con sus brotes aislados, primero, y su expansión comunitaria, después, cuando la expresión se ha hecho insistente hasta saltar de boca en boca y causar sus efectos más devastadores.

Y es que esa expresión, hecha casi lema de toda una generación, no es inocua. Como la gota que, cayendo con obsesiva regularidad, acaba horadando la roca, el dicho, a fuerza de repetirlo, nos aturde la sensibilidad y nos mina la confianza. Actúa como una invitación indeclinable a bajar los brazos y darnos por vencidos, anclándonos en un presente estancado y robándonos el futuro. El futuro, como sabemos, es una creación de la mente. Lo creamos cuando osamos rebasar el presente -ese fugaz momento entre la añoranza y la esperanza-, anticipando y proyectando un incierto después. Por eso, si el presente nos eterniza en un resignado ‘esto va para largo’, perdemos todo estímulo para embarcarnos en la anticipación y la elaboración de proyectos. La esperanza se reduce a una espera cada día más desesperada. Sólo estar tiene sentido.

Este efecto demoledor que causa la idea repetida del ‘esto va para largo’ es, sin duda, más soportable para quienes hemos llegado a esa edad en que la anticipación deviene temeridad y los proyectos se reducen a planes de muy corto alcance. La meta es mañana. Caminamos -los de esa edad, digo- palpando la oscuridad, temerosos de dar con las manos en un muro que detenga en seco nuestros pasos. El futuro lo hemos casi consumido. Sólo nos quedan las sobras que se nos dan por añadidura. Nos fastidia, cómo no, que ese muro infranqueable sea este maldito bicho que nos ha sorprendido a última hora, en vez de uno de esos azares que la natural caducidad humana sortea entre los suyos. Pero, como nuestra esperanza se contenta con la estanquidad del presente, el futuro nos lo tomamos más como un don que se nos regala que como una posesión que se nos roba. La añoranza ha ocupado el lugar que ocupaba la esperanza.

El problema de la pandemia no son, pues, tanto los viejos como sus nietos. A éstos, que apenas poseen algo que añorar, el futuro es lo único que tienen a que aspirar, anticipándolo y proyectándolo. Su robo es, por tanto, más desolador. La perspectiva de bajar los brazos y resignarse a la perpetuación del presente -sobre todo, de uno tan triste como el actual- es para ellos una condena insoportable. Quién sabe si no es esa una de las causas -que no razón- de la rebeldía, también para ellos temeraria, que los empuja a dar al traste con toda norma y convención que la prudencia impone ante la amenaza de la pandemia. Los disculpa -si disculpar es el verbo- su renuencia a soportar que se les haya robado un futuro que, sin existir todavía, es lo único que como aspiración poseían. Si ‘esto va para largo’, deja de tener sentido anticipar y proyectar lo que no se sabe cuándo -ni siquiera si- llegará. Durante toda la pandemia, mucho se ha hablado, y con razón, de la extrema vulnerabilidad de los ancianos. Apenas una palabra empática se ha dicho, en cambio, entre tanto reproche, sobre la desesperanza, por no decir desesperación, que abruma hoy, a causa del incierto fin de la epidemia, a quienes tenían en la anticipación y el proyecto, en la esperanza, el único bien de su propiedad. Cómo devolver a estos jóvenes lo robado es, pues, la pregunta que, aunque tarde ya, deberíamos hacernos todos, incluyendo en el todos, por no nombrarlos, a quienes más obligados están a hacérsela y menos capaces se han revelado de contestarla.