JUAN LUIS CEBRIÁN-EL PAÍS

  • El castellano es el español de hoy a uno y otro lado del Atlántico, sin más capital que la unidad de su diccionario; un jardín que no conviene que nadie destroce, menos que nadie los hijos y nietos de nuestra Transición

“¿Le gusta este jardín que es suyo? Evite que sus hijos lo destruyan”. Recordaba yo esta frase de un cartel mexicano, nacida de la pluma venenosa y lúcida de Malcom Lowry, al tiempo de asistir la semana pasada a la reunión del Foro La Toja. Un considerable número de empresarios, políticos y periodistas se reúne allí anualmente bajo el eslogan del vínculo atlántico, que une la historia y destinos de Portugal y España. El común denominador del encuentro ha sido el diálogo, personalizado en el de los expresidentes españoles González y Rajoy. Los debates estuvieron gobernados por la moderación, bajo la sombra de las noticias que nos llegaban de la isla de La Palma. Cada mañana, cada noche, la televisión nos abrumaba con la imagen de un mundo parecida a la que siempre hemos tenido del infierno. Durante las sesiones comentábamos, sin abandonar en ningún caso la corrección política, los grandes desafíos y las no pequeñas amenazas que se ciernen sobre la humanidad. Dominaban los mensajes de optimismo, pero los sucesos de Canarias describían lo cerca que podemos estar de que este sea, como el de la novela Bajo el volcán, un mundo de todos los demonios.

Los retos a los que nos enfrentamos son de sobra conocidos. Sobresalen el cambio climático, la digitalización, la lucha contra la covid y otras pandemias venideras, el abismo de la desigualdad social, los movimientos migratorios y la creación de un nuevo orden mundial. A la hora de imaginar soluciones, es evidente empero una creciente disfuncionalidad entre el lenguaje de los políticos y lo que ha dado en llamarse la sociedad civil. Esta estaba en La Toja representada fundamentalmente por empresarios, y los allí reunidos éramos miembros del establishment o de la casta, como ahora se le califica. Los mensajes de satisfacción del poder político chocaban sin embargo con el imperativo acercamiento a la realidad que el poder económico representaba. Imagino lo que hubiera sido de sumarse al encuentro los sindicatos, los intelectuales y las voces de los desheredados.

Felicité, con todo merecimiento, a los convocantes del congreso por la calidad de los intervinientes y la identificación de los temas. Pero seguía absorto por las imágenes de la lava, el fuego y las cenizas de la Isla Bonita, la angustia y desesperación de sus habitantes, la sensación de impotencia y predestinación que expresaban. La pandemia había sido un enemigo insidioso que había cambiado la forma de vida, de trabajar y de relacionarse, de amar y ser amados, de las gentes. Ahora se le sumaba la destrucción con estruendo, olor a azufre, lluvia de piedras, y temblor del subsuelo. Pensé que volcanes parecidos pueden estallar en los confines de la democracia.

Mientras en Galicia ponderábamos la importancia de América Latina para el futuro de nuestro país y de la Unión Europea, la Nueva España celebraba el 200 aniversario de su independencia de la vieja. Lo hacía sin más representación de los actuales poderes de la que fue capital del imperio que su embajador, y en medio de una catarata de reproches mutuos. Lamentable. Nuestro país es el segundo inversor directo en México, con más de 70.000 millones de dólares. Pero México es también el segundo país no europeo con más inversiones en España. Cientos de miles de trabajadores españoles y latinoamericanos dependen de ese flujo financiero hacia la economía productiva. El desencuentro entre los gobiernos, que excita el nacionalismo patriotero a ambos lados del Atlántico, es consecuencia entre otros hechos de una carta del presidente López Obrador al rey de España solicitando un acto de contrición por los excesos de la conquista contra la población indígena. Conozco los sentimientos aunque ignoro las razones por las que esa misiva causa tanto escándalo en sectores culturales y políticos de nuestro país. Hace cientos de años que fray Bartolomé de las Casas denunciara ya los pecados que el papa Francisco confiesa ahora. Sin embargo es norma de buena educación contestar las cartas que se reciben. Independientemente de su contenido una misiva de un jefe de Estado a otro no debe quedar sin respuesta, mucho menos en el caso que nos ocupa. Como los actos políticos del Rey tienen que ser refrendados por el Ejecutivo, la responsabilidad del silencio, que ha irritado con razón al presidente mexicano, es al 100% del Gobierno. La opinión pública merece una explicación.

Ha habido otros ultrajes al diálogo político al tiempo de su canonización en La Toja. El más evidente, la ausencia del presidente de la Generalitat catalana en la visita de Felipe VI y Pedro Sánchez al Salón del Automóvil. Nuevamente hay que recordarle que por ser jefe del Gobierno de la Comunidad Autónoma de Cataluña, es el primer representante del Estado en la misma. No solo la buena educación sino su condición como tal le obligan a cumplir con ese cometido por el que cobra un sueldo público. Si quiere ser fiable en cualquier mesa de diálogo a la que se siente, el señor Aragonés debería ser coherente con la etimología de su apellido y no seguir comportándose como un vulgar faccioso. Tiene todo el derecho a volar cientos de kilómetros para estrechar la mano de un prófugo de la justicia, traidor a la Constitución y al Estatuto que amparan la legitimidad de su cargo. Pero ninguno a no cumplir con sus obligaciones laborales.

El peor volcán cuando erupciona es sin embargo el de las palabras. Por eso el poder político trata ingenuamente de apoderarse de ellas, pensando que podrá controlar la violencia que en ocasiones desatan. He ahí al PP y al PSOE, compitiendo por erigir en Madrid la capital del español y cultivar en La Rioja el Valle de la Lengua, proyecto estrella anunciado por el presidente Sánchez en la clausura del encuentro atlántico. Nuestro idioma no tiene ni aspira a tener capital ni valle alguno. Es patrimonio de cientos de millones de personas, de las que los españoles apenas constituyen un 8%. Y su unidad y desarrollo, que afecta a la población de más de una veintena de países soberanos, viene siendo garantizada desde hace siglos por instituciones de la sociedad civil, como son las academias. No dudo de la pureza de intenciones de nuestros gobernantes al anunciar este tipo de iniciativas, aunque ya los franceses fracasaron con la politización de la francofonía. Pero el lenguaje es creación del pueblo y patrimonio del mismo, lo que nos devuelve de nuevo a América Latina y a México, el mayor país hispanohablante del mundo, seguido por Colombia y los Estados Unidos. La unidad de nuestro idioma es una riqueza no solo cultural, sino también económica que precisa del apoyo de la política pero ha de escapar de su capacidad de decisión. En ninguno de los proyectos mencionados parece estar garantizado. Es de agradecer a los promotores del Valle su empeño, aunque debe estar basado en reconocer que el español romance, registrado en las glosas emilianenses del monasterio de San Millán, es un idioma que no es el castellano, como demostró Menéndez Pidal. El castellano es el español de hoy a uno y otro lado del Atlántico, sin más capital ni residencia que la unidad de su diccionario, su gramática y su ortografía allí donde se habla y escribe. Un jardín cultivado y enriquecido durante siglos que no conviene que nadie lo destroce. Menos que nadie los hijos y nietos de nuestra Transición política.

El protagonista de la novela de Lowry denuncia en sus diálogos bajo el volcán una especie de determinismo en el destino de las naciones. “A la larga parece que a todas les toca lo que merecen”. La sociedad española merece hoy algo mejor que lo que la fragmentación y el sectarismo dominantes nos ofrecen.