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  • Sánchez busca consolidar su relación de privilegio con la dictadura china mientras confirma el choque con Trump como uno de los ejes de su política

Se confirma: Donald Trump es una bendición, es un regalo caído del cielo, el villano a la medida. Es el monumental eclipse que tapa la podredumbre. Es la cara oculta de la luna, el lugar al que se quiere despachar a los ÁbalosKoldoCerdán y demás familia; el cráter donde esconder a los Gómez y Azagra; el trastero donde se acumulan las evidencias de una situación cada vez menos indisimulable de notorio desgobierno.

Al poco de que Estados Unidos desencadenara el primer ataque contra Irán, Pedro Sánchez se despachó con esta aparentemente inequívoca frase: “Es inaceptable que dirigentes incapaces de mejorar la vida de la gente usen el humo de la guerra para ocultar su fracaso”. Se refería, claro está, al presidente de los Estados Unidos, pero si omitimos el contexto cualquier observador neutral de la realidad española podría interpretarla como espontánea autocrítica.

Sánchez busca la confrontación directa con el inquilino de la Casa Blanca con tal convencimiento que cualquiera diría que es su apuesta definitiva. Poco importa que se parezcan tanto en su forma de gobernar (hay algún estudio, apócrifo pero que no está mal tirado, que les presenta como dos gotas de agua: personalización extrema del poder, comunicación basada en el antagonismo, uso intensivo del decreto, de las órdenes ejecutivas y de la excepcionalidad; relación ambivalente con la verdad factual; estrategia de movilización emocional; intervencionismo y ocupación de los contrapesos…).

Elegir a Trump como tu principal enemigo suena a la última carta que te queda por jugar, a provocación intencionada. Mientras lo señalas como un peligroso pirómano te das cordialmente la mano con un dictador como Xi Jinping, la verdadera bestia negra del norteamericano, lo que no deja de tener su riesgo (también debiera provocar un cierto desasosiego ideológico en el socialismo democrático, si es que eso fuera hoy posible). Pero es que se trata de eso. De provocar al monstruo, de lograr que el tipo más poderoso del globo saque los pies del tiesto, tesitura que con personaje tan insensato de por medio se puede dar en cualquier momento.

El Viktor Orbán del sur

Primero fue dejar en evidencia a tus socios a cuenta de Gaza; luego el desplante a la OTAN; después la prohibición de que los aviones norteamericanos sobrevolasen nuestro espacio aéreo; ahora China e Irán. Retiramos al embajador en Israel; firmamos un compromiso de gasto militar para luego aclarar que no pensábamos de ninguna manera cumplirlo; el pasado miércoles Sánchez pidió que la UE suspenda su acuerdo de asociación con el Estado judío; al día siguiente el ministro de Exteriores comunica que ha dispuesto el regreso inmediato a Teherán del embajador español, un gesto de teórico rechazo a la guerra, pero que también puede interpretarse como apoyo al régimen de los ayatolás. Y suma y sigue.

No hay tregua. El “no a la guerra” ya es mucho más que un eslogan; es un programa de gobierno. Pacifismo y retorno al centro, al menos al centro económico, Carlos Cuerpo mediante, en la enésima y postiza mutación del sanchismo. Se ha fabricado otra narrativa, puede que la decisiva, esta en el alambre, y ya no hay vuelta atrás. El problema es el precio que antes o después pagaremos. El precio de una forma de hacer política que podría haberse minimizado sin cambiar el fondo guardando las formas, para así no poner en peligro los intereses del país. El problema es el coste acumulado por la sensación creciente de individualismo insolidario que transmite el presidente español. También en las cancillerías europeas.

Al norte de los Pirineos hay quien llama a Sánchez el Viktor Orbán del sur, equiparación que a Josep Borrell le parece injusta. Para el que fuera responsable de la política exterior comunitaria el presidente húngaro es un obstáculo; Sánchez solo una especie de Pepito Grillo. Pero Borrell sabe que a nuestro Pepito Grillo ya le han puesto el cartel de incumplidor y desleal en varias capitales europeas.

No es solo Trump; son también nuestros vecinos más cercanos los que recelan y han relegado de las grandes decisiones a quien ya no ven como un socio fiable. Tienen motivos. Sánchez inició ayer su cuarto viaje a China. No es el único líder europeo que se ha visto con Xi Jinping. La diferencia es que el presidente español va por libre, en un ejercicio de realpolitik -en Pekín sí, en Washington no- que desdeña la exigencia de respeto a los derechos humanos. También las recomendaciones hechas por la UE en lo que se refiere a las relaciones políticas y comerciales con el gigante asiático.

Interlocutor privilegiado de la dictadura china

La UE conmina a los países miembros a restringir la participación de las empresas chinas en contratos públicos, a reducir la dependencia tecnológica y de materias primas, a proteger por razones de seguridad sectores estratégicos, poniendo el foco en la entrada de empresas como Huawei en redes 5G; a combatir la competencia desleal que practica China.

¿Qué hace España? Busca convertirse en interlocutor privilegiado de aquella dictadura. Para ello, interpreta de modo muy flexible los consejos de Europa: no reduce la dependencia económica, la aumenta; no endurece los requisitos de entrada a las empresas tecnológicas chinas, los allana; promueve la inversión china en sectores sensibles; y elude la crítica política. Los derechos humanos son innegociables en Gaza, pero en Teherán y Pekín…

Nuestro Pepito Grillo no será Orbán, pero sí comparten charlatanería. Porque el europeísmo de Sánchez se convierte a veces en mera retórica cuando se trata de bajarlo a tierra. España encabeza la lista de países europeos con más directivas y decisiones pendientes de aplicar al ordenamiento jurídico nacional (94), un tercio de ellas ya caducadas, lo que acarrea fuertes sanciones económicas. Una inoperancia que se explica en buena parte por la falta de presupuestos, por la inestabilidad fiscal y financiera y la debilidad parlamentaria. Por el desgobierno.

La consecuencia son medidas de indudable impacto social cuya implementación impide o retrasa el bloqueo legislativo mientras en el resto de Europa ya han sido adoptadas, como la eliminación del IVA a los autónomos con ingresos inferiores a 85.000 euros anuales. Entre 1,5 y 2 millones de autónomos españoles han estado seis años sin poder simplificar su burocracia, ahorrar costes de gestión y mejorar la competitividad de sus negocios.

Pero veámoslo con los ojos de quien está llamado a convertirse en el nuevo adalid de la paz en el mundo; quién sabe si en el próximo premio Nobel de la paz. ¿El IVA de los autónomos? ¿La preocupación porque se dispare el paro en Cádiz si se van de Rota los americanos? ¿La persecución de disidentes chinos? Minucias. Nada por lo que merezca la pena robarle un solo minuto a la colosal y eminente tarea de pararle los pies, también en Oslo, a Donald Trump.