Editorial-El Correo

Donald Trump se ha sacudido la responsabilidad de reabrir el estrecho de Ormuz, a pesar de que el conflicto desatado por Estados Unidos e Israel puso en bandeja a Irán el control de esta vía estratégica para el comercio internacional y el propósito de cobrar peajes. La Casa Blanca pretende ignorar que los daños del bloqueo afectan también a los estadounidenses, porque la narrativa de gran productor nacional de hidrocarburos desprecia que los costes de refinado y transporte son globales. Con las hostilidades aún muy vivas en Oriente Medio, se multiplican las iniciativas diplomáticas. Los 37 países convocados por Reino Unido -grupo del que España se mantiene al margen- despliegan contactos con Teherán y buscan que Pekín haga valer su influencia sobre el régimen teocrático. La vía del Consejo de Seguridad de la ONU explora un proyecto árabe de resolución para recuperar la libertad de navegación «por todos los medios», también los militares, un camino en el que no es difícil intuir el aliento de EE UU pero que rechazan China, Rusia y también Francia. Falta conocer si Washington espera a que otros reabran Ormuz para terminar la guerra. Y si lo permitiría Israel.