Juan Carlos Girauta-El Debate
  • Mientras la post Europa de la post realidad permanece hipnotizada ante las pantallas, una alemana autoritaria de oscuro expediente con los dineros se está apoderando, otra vez, de lo que no es suyo. Solo que ahora se trata de nuestras soberanías y de nuestras libertades

No normalicemos las injerencias y chantajes de la Comisión Europea. Las continuas ampliaciones de sus competencias por la vía de los hechos consumados no anuncian nada bueno. Nadie ha decidido este nuevo papel de la UE. O, mejor dicho, nadie lo ha decidido de manera legítima, nadie lo propuso, nadie se tomó la molestia de seguir las vías adecuadas (si es que existen, algo que no creo). Lo más parecido fue una Constitución que se rechazó. Esta disolución de las soberanías nacionales fallará con estrépito. A tal disolución se procede en un sospechoso silencio, favorecido por el infinito aburrimiento que muestran las audiencias cuando les hablan de la UE.

Es un salto ilícito: de la razón jurídico-política (consolidada, cerrada, históricamente construida) que asiste a un puñado de pueblos soberanos (compartiendo libremente muchos intereses) a un castillo de naipes o palillos, un insolente holograma, un truco espiritista de ectoplasmas. Porque ahí no hay nada. El truco funciona por la desidia de una ciudadanía aplatanada, sumida en el aturdimiento voluntario, desentendida de la cosa pública, distraída en contiendas domésticas irrisorias. O bien en contiendas mundiales de las que casi todo se desconoce. Lo que acaba desembocando en la vieja basura antisemita. O en la joven basura antiamericana.

A España le atañe menos. En primer lugar, porque el franquismo salvó a sesenta mil judíos pese a su retórica. En segundo lugar porque no participó en la Segunda Guerra Mundial. Conque no adquiramos vicios ajenos, no entremos en las pesadillas de unos socios europeos que sí entregaron a sus judíos. Por otra parte, los miembros centrales de la UE, los de más rancio abolengo en el club, deben su libertad a EEUU. Ello obliga a interpretar su antiamericanismo con más auxilio de psiquiatras que de historiadores. Así que, en este asunto, más provecho trae estudiar el resentimiento (contra el acreedor, contra el benefactor) que la geopolítica.

Lo que ha quedado ahí tirado, delante de la puerta, es una Europa que no entendemos. Miren, nos importa un comino haber sido un imperio bondadoso. Poco esfuerzo haremos por conocer las grandezas de Portugal, desde donde escribo estas líneas. Y si no hacemos el esfuerzo por Portugal, dime si lo haremos por Hungría. Pues deberíamos. Hay que desperezarse y abrir las ventanas, y luego las puerta y salir. Y caminar mucho. Y pensar. Mientras la post Europa de la post realidad permanece hipnotizada ante las pantallas, una alemana autoritaria de oscuro expediente con los dineros se está apoderando, otra vez, de lo que no es suyo. Solo que ahora se trata de nuestras soberanías y de nuestras libertades. ¿Injerencias en procesos electorales nacionales? ¡Las de la Comisión Europea en Rumanía, en Polonia, en Hungría! Y espérate a España, donde ella quiere que su conmilitón Feijóo gobierne con los socialistas. Posee el arma del chantaje con los fondos europeos. Su mayor arma, con todo, es la infinita cobardía de los que algunos todavía llaman «los poderosos»: la gran industria, la banca, los grupos mediáticos, los gobiernillos.