Miquel Escudero-El Correo
El sufrimiento ajeno jamás debe aprovecharse para ajustar cuentas que están fuera de lugar. Así, cuando se produce una tragedia mortal solo deben importar los afectados. No hay que mirar hacia otro lado, por supuesto, sino analizar las causas, estudiar responsabilidades y poner los medios para que no se repita.
Las catástrofes que nos van asolando presentan circunstancias distintas. En el accidente de Aldamuz se conjugaron la fatalidad de unos segundos y el descarrilamiento previo de un tren. Es fundamental conocer con rigor las causas y dejar evidencia de todo aquello que no se ha hecho como debe hacerse. En primer lugar, es notorio un defectuoso mantenimiento de las líneas férreas. ¿Por qué siempre se espera a un accidente mortal para denunciarlo en voz alta?
Existen formidables trenes de inspección ultrasónica que, con sensores y escáner láser, detectan cualquier deficiencia viaria y permiten resolverlas ‘a tiempo’. Cabe preguntar si los trenes de esta clase de los que disponemos son suficientes, si se utilizan regularmente o si prevalece la desidia.
¿Cómo es posible que el ministro Puente esté ufano por su labor y declare que volvería a hacer lo mismo? Sucede que le sobra tiempo para soltar exabruptos a todas horas, tarea que le entusiasma y en la que siempre ha sobresalido. Dirigir los asuntos que conciernen a una red ferroviaria exige un equipo competente, una dedicación absoluta y la inversión de dinero. Pero los partidos copan los consejos de administración de las empresas públicas: negocian su inclusión en los pasteles de Aena, la Comisión Nacional de Mercados y Competencia (CNMC), Enagás, RTVE o Renfe. Y esto ya les basta.