- A Zapatero se lo ha tragado la tierra, la próxima semana se cumplirán dos meses de su última aparición pública, ¿estará contando nubes o hay algo que lo inquieta?
José Luis, de 65 años, con su voz grave bien modulada, su aspecto a medio camino entre un galán de mirada glauca y Mr. Bean y su pedigrí «progresista», se había convertido en la mascota inesperada y otoñal del PSOE. El padre de la Alianza de Civilizaciones y conspicuo blanqueador de la narcodictadura maduriana ejercía de animador de una parroquia socialista alicaída por la corrupción y las toñas electorales. Además, Sánchez lo había rescatado como una especie de recadero para los enjuagues secretos con el partido de ETA y los separatistas catalanes del golpe de 2017.
Cada expresidente es un mundo. González se dedicó a ganar un buen dinero por ahí fuera y a pontificar –«por consiguiente…»– con pellizcos tardíos a Sánchez. Aznar aprendió inglés y supo reconvertirse en un consejero empresarial de éxito en la meca del capitalismo, Estados Unidos. Rajoy retornó a su bien ganada plaza de registrador y se lo pasa bien comiendo con sus amigos y siguiendo la actividad deportiva. A todos, Zapatero incluido, les ha entrado una pulsión grafómana y publican como churros libros de memorias y de buenos consejos políticos, siendo Rajoy el que más ha vendido.
El problema de Zapatero estriba en que sus negocios guardan relación con dos propuestas políticas poco aseadas para un supuesto paladín de la democracia: el régimen que sumió a la opulenta Venezuela en la represión y la miseria y la autocracia china. Pero Zapatero gasta jeta de hormigón armado. No se avergüenza un ápice de trabajar con dos dictaduras y combinaba sus sinuosas actividades de «asesoría global» con una trepidante agenda de santurrón público.
La pasada primavera se embarcó en la promoción de su último libro, La Solución Pacífica, un truño donde el esquivo lobista reflexiona sobre «los retos de nuestro tiempo». Además, hacía bolos en el Ateneo, acudía a presentaciones ajenas, concedía entrevistas, participaba en homenajes… También se había convertido en un ardoroso mitinero en las mustias campañas del PSOE, la última vez en Extremadura, donde más que presentarse a las elecciones los socialistas perpetraron un harakiri.
Está concluyendo la campaña aragonesa, donde se va a confirmar lo evidente, que Pili Alegría era un sonriente globo de gas, y esta vez no ha habido rastro en los mítines del amable José Luis. Se lo ha tragado la tierra (al igual que a la catedrática extraordinaria y al coautor de la Danza de las Chirimoyas, que también han desaparecido del mapa). La última vez que se le vio en público fue el 11 de diciembre, en la presentación de los discursos parlamentarios de Rubalcaba. Lucía José Luis un rictus muy serio. Pero no está claro si por la emoción de evocar a Alfredo o porque aquella misma mañana la poli había trincado al presidente y al CEO de la aerolínea fantasma Plus Ultra y al empresario Julio Martínez, con el que el contador de nubes mantiene negocios.
Cuatro días después, Entrambasaguas destapó en El Debate la reunión secreta en El Pardo del asesor global y Martínez, y Zapatero se volatilizó. La semana que viene se cumplirán dos meses desde la última vez que el perejil de todas las salsas apareció en un acto público. Batirá así el récord de ocultamiento que había establecido cuando hizo mutis tras el pucherazo de Maduro.
Mentes abyectas de la fachosfera pensarán que Zapatero está al final de la escapada, que no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo, que por fin lo han pillado y que está aterrado y escondido. Los buenos progresistas estamos seguros de que no es así. Simplemente, Jose Luis estará recluido en su dacha leyendo con intensidad a Willy Brandt, Olof Palme y Ludolfo Paramio para preparar un nuevo ensayo socialdemócrata, que tal vez incluso logre superar las excelencias de La Solución Pacífica.
Zapatero es un gran socialista, un progresista cabal, una bellísima persona y no se ha llevado un pavo de ningún negocio chungo con los peores socios imaginables. Como diría la admirable Marisu, «pongo la mano en el fuego por él» (y ya tengo pedida cita en la Unidad de Quemados).