Carlos Herrera-ABC

  • Tras la caída de Maduro los problemas se han acentuado: Cuba es hoy un pestilente basurero

Me sorprende enormemente lo poco que le importa ya Cuba a la gente. Aquel país frondoso y sonoro, destino de españoles que huían de la pobreza de sus aldeas, paraíso para progresar, matrimoniar, reproducirse y, si acaso, volver de visita, se está muriendo ante la indiferencia de la mayoría, cuando no era muy difícil darse cuenta de que la presente era una situación inevitable. Y no porque ande Trump por ahí. Cuba se muere de forma andrajosa porque es el inevitable destino del comunismo, y si hasta ahora ha vivido a duras penas ha sido porque siempre hubo un pagafantas que solventara la factura de la fiesta. La Unión Soviética compraba caña de azúcar cubana a precio de oro para así subvencionar una cabeza de puente frente a su gran enemigo. Pero también murió el comunismo soviético, y los chinos no pasaron de enviarles bicicletas. Cuando la soga apretaba el cuello apareció Hugo Chávez dispuesto a mantener viva la fantasía de una revolución que aún emocionaba a círculos exquisitos de la izquierda mundial. A cambio de unos cuantos médicos, Venezuela enviaba tres grandes petroleros diarios, dos para consumo y otro para que lo revendieran y sacasen unos cuartos. Pero un problema estructural de incapacidad e ineficacia no se solventa con tres barcos: los apagones, la escasez y la miseria eran el pan nuestro de cada día. Tras la caída de Maduro los problemas se han acentuado: Cuba es hoy un pestilente basurero. Y también infeccioso. Sin sanidad adecuada, sin alimentos esenciales, sin transporte, sin combustible, sin electricidad… La basura que se acumula en las esquinas la resuelven los cubanos prendiéndole fuego. La combinación en la que el comunismo se ha demostrado infalible, crear a la vez terror y miseria, ha hecho posible que nadie –solo unos cuantos héroes– se atrevan a algo más allá de una simbólica cacerolada. La represión es feroz, pero ni siquiera así podrá detener el viaje que Cuba ha emprendido hacia un cambio. Reconoció el presidente cubano que están entablando conversaciones con los norteamericanos, pero no nos engañemos: los cambios deben ser quirúrgicos y no limitarse a cesar a Díaz-Canel, que no pasa de ser el encargado del negocio. Para que Cuba sea próspera debe ser, en primer lugar, libre. Libre para elegir. Mientras al frente de la administración del país sigan los Castro, los verdaderos propietarios de la finca, todo lo que se consiga serán cambios cosméticos. Es cierto que no hay una oposición interna articulada –ya se encargaron de matarla–, pero las víctimas del comunismo revolucionario asesino tienen derecho a organizarse y a elevar la voz sin que les vaya la vida en ello. También tendrán derecho a pedir explicaciones a todos los colaboracionistas del mundo que durante años han cantado las loas al régimen y que ahora callan.