Juan Ramón Rallo-ABC
- Si el Gobierno lo ignora, fracasará en su propósito de colocar su programa en el Consejo de Ministros; si le hace caso, fracasará de manera todavía más escandalosa, pues la escasez de vivienda se agudizará
Quince años después de que la Puerta del Sol se llenara de tiendas de campaña en las postrimerías del Gobierno de Zapatero, el kilómetro cero de Madrid ha vuelto a convertirse en campamento. El desahucio de Maricarmen, una inquilina de 87 años que llevaba siete décadas de alquiler en el Retiro, sirvió de detonante para una manifestación que, ya de noche, el Sindicato de Inquilinas reconvirtió en acampada con una exigencia inequívoca: o el Gobierno aprueba el llamado ‘decreto Maricarmen’ o el Gobierno cae.
El contenido de ese decreto no puede ser más revelador: contratos de alquiler prorrogados indefinidamente, congelación de las rentas vigentes incluso cuando cambia el inquilino, restricción drástica del alquiler de temporada y moratoria de desahucios para todo inquilino vulnerable sin alternativa habitacional. Es decir, un regreso casi literal a los contratos de renta antigua del franquismo. Y el problema no es que la vivienda no constituya un drama genuino para millones de españoles (lo es), sino que todas estas medidas agravan precisamente aquello que dicen combatir.
España padece un déficit de alrededor de un millón de viviendas allí donde se demandan, fruto de un fuerte aumento poblacional concentrado en las grandes ciudades frente a una oferta extraordinariamente rígida. Si se ataca la rentabilidad de alquilar, habrá propietarios que prefieran mantener sus pisos vacíos; si se ataca la rentabilidad de construir para alquilar, se edificará menos. Y si el sector privado deja de construir, nada en la última década sugiere que el sector público vaya a tomar el relevo. La Ley de Vivienda ya siguió esa senda y fracasó, pero sus impulsores no concluyen que su diagnóstico fuera erróneo, sino que no fueron lo bastante lejos.
Por eso este nuevo 15-M está abocado al mismo fracaso que el anterior. Si el Gobierno lo ignora, fracasará en su propósito de colocar su programa en el Consejo de Ministros; si le hace caso, fracasará de manera todavía más escandalosa, pues la escasez de vivienda se agudizará. Y, a diferencia de 2011, cuando la oposición a los recortes podía resultar superficialmente atractiva para casi todos, ahora se propone atacar la propiedad inmobiliaria en un país donde tres de cada cuatro hogares son propietarios.
Con todo, hubo un terreno en el que el primer 15-M triunfó con claridad: el de la selección de nuevas élites políticas aparentemente incontaminadas por la casta. De ahí nació Podemos. Hoy, con Iglesias, Montero, Belarra, Díaz o Garzón desacreditados tras su maridaje con el PSOE, la extrema izquierda está descabezada y necesita renovar sus rostros. Para esas primarias callejeras, Sol sí puede resultar eficaz. Pero sólo para eso. La gran ironía es ésta: que este 15-M protesta contra los resultados de las políticas que aplicaron los dirigentes surgidos del anterior. Es un movimiento que, generación tras generación, está condenado a manifestarse contra sí mismo.