Manuel Vilas-El Correo

  • España ha decidido capitular en silencio, sustituyendo la dignidad histórica por la cobardía institucional

La decadencia de una nación no se mide por sus crisis económicas ni por la prima de riesgo, sino por el agotamiento, por el cansancio de su propia identidad histórica y política. Somos un país crepuscular, aquejado de una extraña astenia espiritual, incapaz de sentir latir la españolidad de Ceuta con la misma evidencia doméstica, obvia y cotidiana con la que asumimos la de un piso en el barrio de Salamanca o la del palacio de la Moncloa o el de la Zarzuela. Cualquier día Ceuta y Melilla caerán, pero nunca lo hará Gibraltar. Falta esa energía histórica, ese impulso vital que convertía el espacio en afecto y la geografía en certidumbre. Si yo fuera ceutí, si mis pasos diarios tropezaran con el viento de Levante sobre un mar que parece un espejo de mercurio, sentiría mucha deslealtad y traición. Sentiría la fatiga de pertenecer a un estado indigno, inepto, estúpido. Pobre Ceuta, que tiene los días contados.

Y entonces, llevado por esa misma desesperación lúcida, pediría la independencia de España y pasar a formar parte del Reino Unidos y recibir el mismo estatuto que Gibraltar. Y esto lo haría, como digo, no por devoción a la corona británica ni por un anhelo de té a las cinco entre murallas portuguesas, sino por puro instinto de supervivencia. El Reino Unido conserva esa vieja responsabilidad y orgullo de la defensa de sus ciudadanos, vivan donde vivan. Así que yo pediría, si fuese Ceuta, el amparo británico. Y tendría el apoyo militar de los Estados Unidos. Y adiós Marruecos, adiós para siempre, sería tan intocable como el Peñón de Gibraltar. Pensar Ceuta con la normalidad con la que pensamos Madrid exigiría un entusiasmo que este país ya no fabrica.

¿Qué tendrá Marruecos que tiene cogido por los huevos a Sánchez? La idea de una Ceuta emancipada y britanizada no es una provocación geopolítica. Es un poema desesperado sobre la falta de imaginación de un país que olvidó cómo amar y armar sus orillas. Ceutís y melillenses, id a pedir asilo político al Reino Unido. Este país que tanto amáis no os quiere, y os venderá el día menos pensado. No os ama. Os desprecia. Pedid asilo en cualquier país europeo decente. Vais a caer. Cualquier día de estos Marruecos os manda quinientas mil personas, como pasó en el Sáhara y os tendréis que marchar de vuestras casas con lo puesto.

España ha decidido capitular en silencio, sustituyendo la dignidad histórica por la cobardía institucional. Cuando un Estado renuncia a proteger sus fronteras con firmeza y a defender a sus ciudadanos, su final no es una hipótesis: es solo cuestión de tiempo. Quien abandona la defensa de sus fronteras está condenado a ver cómo otros escriben su sentencia de muerte.