Ignacio Camacho-ABC
- Esta vez el relato es la ausencia de relato. Un limbo de silencio y opacidad, la ética del engaño convertida en ética del caos
Las víctimas de Adamuz pueden mirarse en el espejo del apagón para hacerse una idea del tiempo que les queda para disponer de algunas certezas. Certezas oficiales, que no son las únicas que consuelan pero sí las que cuentan a la hora de establecer justicia sobre las tragedias. Si al cabo de un año el Gobierno sigue sin dar explicaciones, ni atisbarlas siquiera, de un suceso sin víctimas como fue el de la interrupción eléctrica, no parece difícil imaginar lo que tardará en elucidar un siniestro con 46 muertos a cuestas. Las investigaciones judiciales de casos de esta índole exigen una complejidad técnica que las vuelve necesariamente lentas, y las responsabilidades políticas brillan por su ausencia en un mandato caracterizado por la elusión estratégica de cualquier asunto que implique conflictos, plantee problemas, exija aclaraciones o amenace con revelar fallos susceptibles de desencadenar consecuencias. El poder prefiere siempre vivir bajo sospecha antes que enfrentarse a verdades molestas.
Todos los ciudadanos recuerdan dónde estaban cuando el país se fue a negro. En la sociedad de la seguridad creada por el desarrollo moderno, la mentalidad pública no contemplaba la posibilidad de un colapso energético en tiempo de paz y en un país acostumbrado a presumir de estándares tecnológicos de riesgo cero. Esas cosas, pensábamos, no pasan en sitios serios. Costó trabajo entender que no se trataba una avería local, uno de esos cortes incidentales de suministro provocados por algún cable cortado en una obra o un transformador que sale ardiendo. Y de ahí pasamos a la perplejidad al comprobar que se trataba de un desbarajuste sistémico cuyo origen, causas y detalles permanecen envueltos en el misterio o, peor aún, en el secreto, en un culposo encubrimiento destinado a enmascarar flagrantes defectos del modelo. Sin respuestas, sin justificación, sin evaluación y, por supuesto, sin garantías de que el estropicio no se produzca de nuevo. Sólo un turbio, evasivo, remordido silencio.
Esta vez el relato es la ausencia de relato. La perdiz de la verdad mareada entre nubes de investigaciones desganadas, limbos de informes opacos y tormentas de autoexculpaciones y reproches cruzados. La ética del engaño apenas quebrada por discontinuas revelaciones periodísticas sobre evidencias de avisos previos del caos. Al fondo, un discurso medioambiental dogmático que priorizó las fuentes renovables, a costa de la estabilidad de la red, en busca de un logro publicitario: el de un día completo de energías limpias, un récord de progresismo climático. El resultado, una deficiencia de control de voltaje con efecto de daños milmillonarios cuyos litigios de reclamaciones crearán un marasmo judicial insoluble a largo plazo. La misma, exacta táctica replicada respecto al accidente ferroviario. Pero esas dos fechas permanecerán en la memoria colectiva como las efemérides de sendos fracasos de Estado. Los días en que quedó claro que la gestión de las cosas que importan no está en buenas manos.