Carmen Martínez Castro-El Debate
  • Sánchez se ha convertido en un apestado de las cumbres internacionales, un personaje al que hay que tolerar porque forma parte del club pero que no cuenta para nada en la toma de decisiones

No sé si la cara de Pedro Sánchez es el espejo de su alma, pero sin duda es la metáfora de su proyecto político: consumido, desencajado y con arrugas que se duplican y triplican semana tras semana. Sánchez está tan en el chasis como las expectativas electorales del PSOE. Guardemos un minuto de silencio en recuerdo de aquel lustroso Mr. Handsome, que derivó en Perro Sanxe y ahora va camino de novio cadáver.

Este hundimiento físico y político al que estamos asistiendo es parejo al deterioro de su imagen internacional. Esta semana le hemos visto llegar a la cumbre europea de Bélgica enfurruñado, cabizbajo y sin aquella donosura que antes derrochaba en las citas internacionales. No quiso hablar a los medios porque lo suyo no es contestar preguntas sino hacer videos de TikTok, pero aun así sus colaboradores organizaron una trifulca por su ausencia de una reunión informal convocada en los márgenes del encuentro. Al parecer ni él mostró interés por asistir ni los organizadores por invitarle, pero según Moncloa, la culpa de todo la tenía de Meloni, que ya no es «querida Giorgia» sino otra supervillana más que sumar a su larga lista de enemigos planetarios.

Un día después, en el marco de la Conferencia de Seguridad de Munich, se volvió a celebrar otro encuentro informal de países europeos sobre el futuro de Ucrania. Ahí ya no estaba la pérfida Meloni sino el canciller alemán Merz, pero Pedro volvió a fallar. Nos explicó Albares que la ausencia se debía a la «cargadísima» agenda del presidente. Un extenuante programa que comenzaba con la condecoración a una investigadora -acto complejo donde los haya- y terminaba en una reunión con responsables de centros de políticas públicas. Entre medias no había nada más.

Sánchez se ha convertido en un apestado de las cumbres internacionales, un personaje al que hay que tolerar porque forma parte del club pero que no cuenta para nada en la toma de decisiones. No solo es un pato cojo sin apoyos domésticos para aprobar siquiera unos presupuestos, también es un personaje divisivo que lleva la polémica allí por donde va y presume de sabotear los acuerdos europeos. Lo hizo en aquella famosa cumbre de la OTAN con el gasto en defensa y lo ha vuelto a hacer ahora con esa regularización extraordinaria que va en contra de los esfuerzos comunitarios por controlar el flujo de inmigración ilegal al continente.

Los líderes europeos tienen tan calado a Pedro Sánchez como le tenemos los españolitos de a pie. Salvo Soros, no tiene ni un socio presentable con el que pasearse por el mundo y si le quedará alguno, ya se cuidaría mucho de compadrear en público con quien ha sido incapaz de desmentir que su carrera política haya estado financiada por el dinero procedente de la prostitución. Nadie se lo dirá abiertamente, pero en estos tiempos del escándalo Epstein todos han tomado nota.

A Sánchez la escena internacional, donde tanto ha presumido, ya no le sirve como burladero para huir de sus problemas domésticos, más bien se ha convertido en otro lastre que acumula en su pesadísima mochila. Otra arruga más esculpida en un rostro de hormigón.