- González trató de actuar con coherencia, asumiendo la Transición, el ingreso en la OTAN y en las Comunidades Europeas y desarrollando una política característicamente socialdemócrata
El espectáculo organizado por nuestro presidente de Gobierno en Barcelona, reuniendo a «progresistas» de todo el mundo para reivindicar todo aquello que desprecian y pisotean cotidianamente, ha provocado el lógico escándalo dentro y fuera de nuestro país. Sin embargo, es algo que deberíamos haber descontado a la vista de la evolución del Partido Socialista desde los días de Rodríguez Zapatero.
El PSOE es, en gran medida, un invento de la Transición. Recordamos la célebre frase de Ramón Tamames a propósito de la celebración del centenario del partido que Pablo Iglesias fundara en 1879: «Cien años de historia y cincuenta de vacaciones». Y es que las responsabilidades de esa fuerza política en el fracaso de la II República, el estallido y desarrollo de la Guerra Civil y, en general, de la radicalización de la política nacional acabó pasándole factura durante las décadas de la Guerra Fría y el Franquismo. Costó resucitarlo en los años 70, cuando el Partido Comunista ejercía una indiscutible hegemonía en los ambientes de izquierda, pero la habilidad de Felipe González, al frente de un singular grupo de jóvenes y en un ambiente social que aconsejaba moderación, lo consiguió tras la crisis interna provocada durante el XXVIII Congreso del partido, en 1979.
En los primeros años de gobierno González tuvo que buscar un equilibrio entre una política económica ortodoxa y otra exterior muy sesgada a la izquierda, con los ejemplos de la OTAN o las guerrillas latinoamericanas de fondo. Finalmente, se decantó por la moderación, arrinconando a los ideólogos internacionalistas en sus despachos de la tristemente célebre Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Aquel giro fue limitado y su política dejó mucho que desear porque estaba afectada por contradicciones de base. Aun así, González trató de actuar con coherencia, asumiendo la Transición, el ingreso en la OTAN y en las Comunidades Europeas y desarrollando una política característicamente socialdemócrata.
Con Rodríguez Zapatero se inició el abandono del legado González, cuestionando la legitimidad de la Transición, marcando distancias con la OTAN y apuntando hacia objetivos más radicales, ajenos a la tradición socialdemócrata. El PSOE reivindicaba su historia a costa del esfuerzo modernizador de González. Un giro que concluyó con una llamada telefónica de Obama exigiendo el fin de una política económica insensata.
Sánchez necesitó del apoyo del Partido Socialista de Cataluña y de un grupo de delincuentes bien arraigado entre los cuadros para hacerse con el partido. Para gobernar requirió la colaboración de independentistas, nacionalistas, terroristas y grupos de la extrema izquierda. Con esa mayoría parlamentaria el respeto a la Transición, a la unidad de España y al Estado de derecho estaba perdido. Si en ningún momento desde 1978 los españoles habíamos sido capaces de lograr un consenso suficiente para disponer de una acción exterior coherente -diplomacia, defensa, inteligencia…- a partir de ese momento hemos asistido a la anulación del Ministerio de Asuntos Exteriores, a un ejercicio de la diplomacia oportunista y sectario diseñado desde la Moncloa y a la inexistencia de una política de defensa que merezca tal nombre.
Con Rodríguez Zapatero fuera del gobierno la evolución hacia una política distinta de la socialdemócrata se acentuó. El Grupo de Puebla actuó como crisol de una alternativa a la democracia liberal por parte de distintas personalidades y organizaciones procedentes de la izquierda, muchas huérfanas de referencia desde el colapso de la Unión Soviética. Si ya no era posible plantear una doctrina alternativa, lo mejor era hacerse con el propio discurso democrático, negando la condición de demócrata a quien lo había sido siempre. Resulta que nunca hemos tenido auténtica democracia, porque ésta ha sido secuestrada por políticos, empresarios, curas y militares. Sólo la voluntad popular cuenta y quién si no ellos pueden interpretarla llevándose por delante cualquier dique de contención. La clásica expresión check and balances resume la esencia de lo que quieren destruir. La democracia limita el poder y busca la concordia. Sus detractores, hoy supuestos máximos defensores, anhelan el autoritarismo.
Llevamos ya años sufriendo la embestida contra el orden constitucional fraguado en 1978. A nadie se le escapa que la combinación de Justicia y medios de comunicación está siendo el baluarte más eficaz para limitar daños. A nadie puede sorprender, por lo tanto, que hoy sean el objeto de sus más duros ataques. Aplicar la ley se ha convertido en lawfare, en un acto partidista contra la máxima expresión de la voluntad soberana. Informar es un ejercicio de desinformación desarrollado en el marco de una estrategia populista. Cuanto más reivindican la democracia más daño tratan de hacerle. Una «neolengua» practicada desde los medios controlados o afines trata de establecer una realidad alternativa. Como hace casi un siglo, las advertencias de George Orwell siguen teniendo sentido.
La política exterior es siempre expresión de la interior. Sánchez sigue las posiciones del Grupo de Puebla dando cobertura a dictaduras de toda condición, como Venezuela, Cuba o Irán; atacando a los que son atacados por grupos radicales, como Israel; debilitando el ya malherido vínculo trasatlántico, que proporciona cohesión al espacio democrático; y, como no, facilitando la penetración de China tanto en territorio nacional como europeo, a costa de la balanza comercial, de nuestra industria, de nuestros puestos de trabajo y, sobre todo, de la unidad de un bloque formado por auténticas democracias .
La fotografía de la cumbre barcelonesa no deja de ser una réplica de la mayoría parlamentaria. También allí encontramos ladrones, narcotraficantes, terroristas, golpistas… todos los que llevan años trabajando para destruir la democracia liberal y el núcleo doctrinal de lo que es Occidente. En su impudicia no tienen reparos en tratar de alzarse con la bandera de la democracia ni en descalificar a los que sí creen y luchan por ella tildándoles de extremistas de derechas. Con Sánchez y Rodríguez Zapatero el Partido Socialista vuelve a sus orígenes radicales, si bien trufados de corrupción y puterío. Ese será su legado.