DANIEL REBOREDO-EL CORREO

  • Erdogan se ha convertido en un autócrata. La humillación a la presidenta de la Comisión Europea cuestiona la igualdad como valor democrático esencial
La UE sigue dando muestras de sus carencias un día sí y otro también. Si su papel geoestratégico se está diluyendo en la nada más absoluta y si internamente tolera cachazudamente a todos los que la quieren destruir, ahora hasta acepta desprecios externos como el reciente del sátrapa turco que está llevando a su país, después de golpes de Estados sospechosos, represión sin límites que llega a nuestros días, injerencias sin tino en asuntos internacionales y falta de respeto absoluto a los derechos humanos, a una ruina económica que le pasará factura en las próximas elecciones presidenciales.

El reciente desplante a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en su visita a Turquía junto con Charles Michel, presidente del Consejo Europeo, por un crecido e intolerante Recep Tayyip Erdogan es un claro ejemplo del complejo comunitario en sus relaciones internacionales. Claro que tanto peor que el propio desplante es la ausencia de respuesta por parte de las autoridades comunitarias. Ni Michel tuvo el acierto de ceder el asiento a su compañera, ni ambos decidieron dar por zanjada la reunión y marcharse, ni la UE como organismo ha adoptado, ni adoptará, medida de peso alguno contra el régimen turco.

Los gestos en política y en la vida son importantes. Presentarse sumisamente frente al líder turco para que reconsiderara el reciente abandono de su país de la Convención de Estambul para la prevención de la violencia machista le ha ofrecido un protagonismo internacional y un arma que no ha dudado en utilizar precisamente despreciando a una mujer. Para dejar clara su postura sobre la Convención, la libertad de expresión y los derechos de las mujeres en su imaginario. Quien no quiera verlo que no lo vea. Tampoco querrá ver el chantaje permanente a la Unión con el tema migratorio, ni la permanente represión de cualquier crítica o disidencia, ni sus aventuras bélicas allende sus fronteras bajo excusas diversas (Siria, Libia, Mediterráneo Oriental).

Que el Gobierno turco niegue cualquier desprecio en el protocolo seguido en la mencionada reunión es parte del juego. Ahora, ambas partes lamentan que algo tan «nimio», desde su punto de vista, eclipse la «gran labor» realizada en pro de acuerdos. Labor que no se puede echar a perder, según Michel, «agravando» la «lamentable situación» y «privilegiando» así la «discusión política» con Erdogan. Como si las relaciones internacionales fueran otra cosa. En fin, postura ‘made in UE’ que no solucionará las asperezas de los últimos meses con el líder turco, salvo que cedan a todas sus exigencias. Mantener la mano eternamente extendida para dialogar bajo estas circunstancias es un gesto inútil y hasta risible. Que se lo digan a la extrema derecha europea y al jolgorio de sus conciliábulos.

El ‘asiento de Ursula’ es, además de la constatación del desprecio a la mujer en el ideario de Erdogan, una postura de fuerza que ya inició de manera firme y sin complejos en su política exterior en 2016, cuando generó la primera grieta, a pesar de las repercusiones económicas negativas que tuvo para el país. A diferencia de la Unión, tiene muy claro que debe defender con uñas y dientes sus intereses y que para ello tiene que conservar el poder y contentar a su base electoral. Por eso, y a pesar de las aparentes cesiones, nada cambiará en su comportamiento salvo un hecho de envergadura que lo sobrepase. Y este hecho no parece que pueda ser bélico, ni político, pero sí económico. Después de haber laminado cualquier oposición en la nación otomana, sólo la crisis económica que padece Turquía ha suavizado su postura hacia una Europa cuyas inversiones necesita. Por eso, la forzada reunión del martes venía precedida y amparada por la nueva oferta que lanzó a finales de marzo (días 25 y 26) la UE, proponiendo a Turquía «una agenda positiva» para incrementar el diálogo sobre cambio climático, lucha antiterrorista, migración, salud y unión aduanera.

Erdogan sueña con ser recordado por la historia al mismo nivel que el creador de la nación turca, Mustafa Kemal Atatürk. Como mínimo a la par y si puede ser por encima, mejor. Por eso se ha convertido en un autócrata, aunque perjudique a su país; por eso bravuconea y se ríe de las advertencias huecas comunitarias, y por eso sus desplantes y bravatas constituyen ataques contra la libertad de expresión y lesionan los derechos humanos.

La arrogante y premeditada decisión contra Von del Leyen choca frontalmente con la lenta y fatigosa senda recorrida por las mujeres en el proyecto comunitario y en sus instituciones, y con la legislación, blanda al principio y dura en estos momentos, que ha obligado a muchos Estados a aprobar leyes contra la discriminación laboral, el acoso sexual o la violencia doméstica. La humillación de Ursula rompe las costuras de los Tratados de Maastricht, Amsterdam y Lisboa y cuestiona lo que los tres plantean respecto a la igualdad como valor democrático esencial.