Ignacio Camacho-ABC

  • Sánchez sufre claros síntomas de una pérdida de halo, ese efecto de desgaste clásico de las fases terminales de un mandato

A Sánchez se le ha averiado la fábrica de relatos. De un tiempo a esta parte la facilidad para inventar hechos alternativos, la más famosa especialidad del laboratorio monclovita, parece haberse agotado y no hay manera de que sus antes reputados productos se abran paso en el mercado de argumentarios. No se trata sólo de Ceuta, donde ha cometido tantos y tan estrepitosos despropósitos que cualquier intento de tergiversación interpretativa está condenado de antemano; es que la propia realidad se ha vuelto refractaria a la manipulación y la opinión pública muestra claras señales de hartazgo ante el abuso de la estrategia del engaño. Los planes gubernamentales para recuperar la iniciativa cosechan fracaso tras fracaso; el presidente sufre los síntomas clásicos de una pérdida de halo, ese efecto de desgaste o de suerte torcida que se produce en las fases terminales de un mandato. Las tormentas judiciales y los chaparrones políticos le están derribando uno a uno todos los palos del sombrajo.

El viaje a la asamblea de la ONU, por ejemplo, estaba pensado como una oportunidad de ‘farmear aura’ para remontar un verano negro. Hasta Albares se paseaba por Manhattan haciéndose videoselfis como un ‘influencer’ de éxito. El plante a Trump iba a mostrar a Pedro como el gran líder progresista del momento, el Carney europeo. Y apenas unas horas más tarde Delcy Rodríguez se cargó el invento con un simple paseo de cuarenta metros. Delcy, la encargada del odiado presidente americano para sus negocios petroleros. Delcy, la de las maletas en Barajas –ay, Ábalos–, la antigua protectora de Podemos, la lugarteniente de Maduro, la que llamaba «mi príncipe» a Zapatero, la traidora elegida por el Departamento de Estado como testaferro en un régimen títere de su patio trasero. Delcy atravesando el salón de plenos para plantarle dos besos y decirle «tenemos que hablar», como Junqueras hace siete años en el Congreso. Delcy echando por tierra en poco más de minuto y medio el glamuroso montaje diplomático del Gobierno.

Y después Christiane Amanpour, la estrella de la CNN, que se arranca a portagayola en directo por el «desastre» (sic) de Ceuta. Y ese Sánchez que contesta que Marruecos falló en el control de su frontera. Y todo el oficialismo pidiendo las sales tras pasarse dos meses sosteniendo contra toda evidencia que la actuación del vecino alauita fue impecablemente correcta. Y el pobre Patxi López obligado a la enésima pirueta dialéctica. Y otra vez el tema donde peor conviene a los guionistas de un Ejecutivo en quiebra. Primero porque el giro desmonta su propia línea de defensa y luego porque devuelve la cuestión al punto crítico que investiga la Audiencia, el del ataque a la integridad nacional denunciado a bote pronto en un arranque de efímera firmeza, cuando alguien olvidó las posibles consecuencias penales de una insólita frase sincera. Definitivamente hay un cortocircuito en la factoría monclovita de ideas. Y sin conejos en la chistera el sanchismo no es más que una triste impostura hueca.