Ignacio Camacho-ABC
- La crisis de confianza en la red de alta velocidad ha colapsado en las vías de Adamuz con un estrépito macabro
1.La sociedad contemporánea no admite la inevitabilidad de las desgracias. En general con razón, porque al fondo de casi todas ellas suele haber una razón etiológica mediata o inmediata, próxima o lejana. En la de Adamuz converge además un factor azaroso, de pura fatalidad, que agranda sus consecuencias dramáticas: la coincidencia de que el ‘Frecciarossa’ descarrilara al mismo tiempo y en el mismo punto en que pasaba el Alvia. Al margen del resultado de la imprescindible investigación sobre las causas, esa maldita contingencia revela hasta qué punto la vida y la muerte están en ocasiones separadas por una simple, aleatoria combinación de circunstancias.
2. Es hora de llorar por las víctimas. El luto debe ser respetado y la ansiedad de las familias que aún no encuentran a sus seres queridos necesita consuelo y noticias. Ya habrá tiempo para discutir sobre posibles responsabilidades técnicas o políticas. Las teorías infundadas divulgadas en el estercolero de las redes sociales son fruto de una mentalidad colectiva envilecida. Cualquier persona con una sensibilidad mínima esperará el veredicto de los expertos antes de lanzarse sin fundamento por el despeñadero de la crítica.
3. La clase dirigente parece haber aprendido, al menos a juzgar por sus primeras reacciones, la lección de Valencia. Algún asomo de lucidez ha aparecido en los representantes institucionales para cerrar filas ante la tragedia y evitar el espectáculo de reproches que después de la dana azuzó el enfrentamiento entre izquierda y derecha. Cada cual en su sitio, por una vez, sin perjuicio de que más adelante quepa abrir un debate en el momento oportuno y la escena correcta.
4. El ministro Puente se ha mostrado hasta ahora sensato, prudente, casi impecable en la gestión comunicativa de la catástrofe, prueba de que cuando quiere sabe comportarse. Pero después de año y medio azuzando rencores y actuando como un matón de gatillo dialéctico fácil es tarde para reclamar la empatía de la calle. Sus provocaciones no le van a salir gratis. Tendrá que rendir cuentas severas de su parte de culpa en el deterioro de la red de AVE, una joya tecnológica depreciada por una desatención inocultable y por el déficit de inversiones estructurales acumulado en los siete años de Gobierno de Sánchez.
5. Ésta la cuestión clave: el desplome de la calidad del transporte ferroviario. A la ya larga crisis de (im)puntualidad, los retrasos, las averías continuas y el caos cotidiano se une la pérdida del mayor valor intangible de la alta velocidad: su seguridad a prueba de percances y sobresaltos. Ese carácter fiable se empezó a evaporar bajo el mandato ministerial de Ábalos, se disipó con el aumento exponencial del tráfico y ha colapsado en las vías cordobesas con un estrépito macabro. Costará mucho tiempo, esfuerzo y dinero recuperarlo. Y no hay propaganda capaz de maquillar este fracaso.