Teodoro León Gross-ABC
- Sobre todo a los ‘indepes’ se les atraganta porque es fácil intuir que al final a ellos también les hace felices la selección española
A los dirigentes ‘indepes’ les sucede aquello que decía un embajador británico de los dirigentes palestinos: nunca pierden la oportunidad de perder una oportunidad. Callarse este domingo era su mejor opción, pero la necesidad de exhibir su antiespañolismo ridiculito les llevó a apostar por Argentina. Y han vuelto a perder. Qué empeño. Mientras los talentos vascos, navarros o catalanes de la selección nacional sumaban en la orquesta con andaluces, canarios, extremeños o valencianos, ellos exhibían la urticaria cómica de su pureza de sangre. Pero la selección no es un símbolo de la diversidad de España, sólo su consecuencia natural al reunir a los mejores. Como apuntaba un articulista en ‘The New York Times’, España ha proyectado algo más que buen fútbol con su equipo nacional… y a partir de ahí la tropa de la boina, nacionalistas vascos y catalanes, ha vuelto a reclamar su propia selección. Pueden soportar una España negra y fracasada, y desde luego contribuir a ella, pero nada llevan peor que verse en el espejo de una España brillante. Entonces chillan como vampiros al amanecer con el primer rayo de sol.
No se traguen, por lo demás, el camelo este. No es más que la bolita del trilero para distraer. Al PSOE ya le va bien el ruido de cualquier polémica que distraiga de la corrupción que les acorrala y a sus cómplices nacionalistas les conviene para darse una pátina de autenticidad sobre el fango. Por eso Esquerra reclama a los socialistas que pasen por caja y cumplan con las selecciones, e Illa les abre su Oficina de Selecciones Catalanas… y en el País Vasco manejan a unos cuantos borricos aberzales que salen a derribar pantallas o a atacar a unos chavales que ven el partido en el bar del pueblo. Claro que el camelo funciona porque cumple el principio aristotélico de la verosimilitud: si hay alguien de quien creer que podría estar dispuesto a comprarles esto es Pedro Sánchez en sus cálculos de mercadeo parlamentario. Para el tipo que vendió la amnistía y el ‘lawfare’ por siete votos para aferrarse al poder, no parece un pago fuera de mercado. Hay algo seguro: a Sánchez le preocupan las elecciones, no las selecciones. Ya vendería que es para mejorar la convivencia a miles de idiotas dispuestos a creérselo.
Sí, claro que les incómoda la imagen de la celebración en lo que llaman ‘Madrid DF’ –hay que insistir en su escaso sentido del ridículo– con vivas al Rey y a España del capitán coreados por todos. O el «¡juntos somos mejores!» lanzado por De la Fuente. Pero sobre todo se les atraganta porque es fácil intuir que al final a ellos también les hace felices la selección española. Cómo no imaginarlos en su casa cantando los goles por lo bajini y tarareando ‘Mi gran noche’ de Raphael o lo de Nino Bravo. A alguno incluso se le escapará lo de ‘Yo soy español’ al ritmo de ‘Kalinka’. Eso, seguro, es lo que llevan peor.