Iñaki Ezkerra-El Correo

  • Si Sánchez no salía a ganar las autonómicas, ¿su plan era una victoria amarga del PP?

Es uno de los inventos realmente creativos de Sánchez: el candidato que ha sido fría y calculadamente diseñado para perder los comicios electorales a los que concurre. La original estrategia la inauguró en las autonómicas extremeñas. Todavía en las de Castilla y León el triunfo parecía factible: puso al frente de la candidatura socialista a uno de sus peones menos quemados, Carlos Martínez Mínguez, que no hizo en las urnas un mal papel. La novedosa y revolucionaria ocurrencia de mandar al campo de batalla a lo peor de cada casa autonómica vino después, en Extremadura, como digo, con el impagable Miguel Ángel Gallardo, el hombre que se hallaba dispuesto a ‘aforarse a un clavo ardiendo’ con tal de burlar su marrón procesal en la surrealista contratación laboral del hermano del presidente. A este cabeza de lista descabezado antes del disparo de salida electoral le siguieron Pilar Alegría en las elecciones aragonesas y María Jesús Montero en las recientes andaluzas. En todas estas tres últimas convocatorias autonómicas, el candidato ha sido el menos agraciado posible, hasta el punto de que incluso diríase precisamente elegido para estamparse contra la pared de la voluntad popular.

¿Por qué unos fichajes tan clamorosamente desastrosos y desaconsejables? No es fácil meterse en la cabeza de Sánchez, pero sí pueden vislumbrarse algunos motivos. ¿Daba esas tres convocatorias electorales por perdidas y su plan, ya que no era ganar, consistía en darle al PP una victoria amarga? ¿Escogió a los candidatos más catastróficos, irritantes y demagógicos como una provocación para radicalizar una parte del voto de la oposición y desviarla hacia Vox por la vía de las vísceras?

Si ese era el propósito, lo cierto es que lo ha alcanzado. En los tres escenarios autonómicos en los que ha probado ese experimento, el voto de la oposición ha quedado dividido; las investiduras presidenciales que soñaba el PP se están viendo supeditadas al pacto con un Vox que hoy se siente crecidito y, cumplida su misión, el candidato para perder entra por la puerta grande en el panteón de los zombies políticos.

Sí, el candidato para perder es ya un oficio, una profesión, una carrera con futuro. Pero no cualquiera vale para ella. A mí esta nueva figura de la política española me trae a la memoria una novela de Robert Walser, ‘Jakob von Gunten’, en la que a los alumnos de una escuela suiza de sirvientes, el Instituto Benjamenta, se les adiestraba severamente para no ser nada en la vida. Al candidato para perder del sanchismo también se le adiestra severamente con ese delirante objetivo. Yo creo que Gallardo, Alegría, Montero… merecen un lugar de honor, un retrato con birrete incluido, en la galería de exalumnos ilustres del Instituto Benjamenta.