Puigdemont puede amargar la vida a Iceta, Junqueras y Sánchez si logra dar con el proyecto de tripartito al traste

 

Ignacio Camacho-ABC

Una suposición. Un «escenario», como dicen los politólogos. Supongamos que en las próximas elecciones catalanas, en primavera o en otoño -cuando Puigdemont lo considere más conveniente-, el independentismo vuelve a sacar mayoría absoluta, con o sin las CUP. 51 por ciento de los escaños. Con Esquerra de primera fuerza o de segunda, como ahora. Y que la estrategia de Iceta y Junqueras, la del tripartito de republicanos, socialistas y comunes (podemitas), el correlato del actual bloque nacional de investidura, se desmorona en las urnas. Es una hipótesis con grado de probabilidad aceptable. La antigua Convergència, lo que queda del pujolismo arracimado con el separatismo irredento de una burguesía supremacista que desprecia el origen y la tradición menestral de ERC, ha

mostrado siempre una resistencia contrastada. No sería extraño que se viniera arriba en la campaña y voltease sus expectativas a la baja. Además, el prófugo conserva una nada desdeñable capacidad de enredo a distancia; mientras su rival pena en Lledoners a punto de perder su paciencia franciscana, él está tan pancho en Bruselas, con dinero fresco y puntual de la Eurocámara, tiene a un títere a sus órdenes en el sillón de la Generalitat y una base social, pongamos que de alrededor de un millón de votantes/creyentes, dispuesta a defender contra viento y marea su legitimidad impostada. Ha logrado que Sánchez le haga el favor -por mediación de Junqueras y Rufián, ellos sabrán lo que hacen- de otorgar a Torra credenciales de interlocutor en una entrevista humillante e innecesaria. Quiere plantear batalla para devolver la puñalada de aquellas «155 monedas de plata». Y que gane será lo de menos si el conglomerado secesionista, por desunido que esté, mantiene la mayoría parlamentaria. En ese caso, las matemáticas o la presión convergente impedirían a ERC la salida pragmática que tiene pactada.

Es una conjetura, sí. Pero en absoluto descabellada. Factible. ¿Y qué haría en ese caso el presidente del Gobierno? ¿Qué cara se le quedaría si se va al traste el modelo con que su consejero catalán le ha prometido amarrarle al poder durante al menos un cuatrienio? Sigamos suponiendo: la mesa de negociación, constituida; la pena de sedición, recortada; los presos, en libertad completa o en régimen abierto; todo ese desgaste político asumido para acabar con el cántaro de la lechera de Iceta por los suelos. Sería lo que se dice un éxito de la política del «reencuentro», léase apaciguamiento. Aunque a esas alturas el Ejecutivo haya podido sacar adelante los Presupuestos, que no está claro con la perspectiva electoral por medio.

A Sánchez quizá le valga la pena el riesgo. No tiene elección desde que aceptó el chantaje de los insurrectos. El problema consiste en que no será él sino el Estado el que pague el precio, sea de otro desafío por las bravas o de un nuevo procés a ritmo lento.