Gorka Maneiro-Vozpópuli

  • No había más plan que descabezar al régimen iraní en la esperanza de que tal cosa supusiera su derrumbe, cosa que, de momento, no ha ocurrido

Yo ya lo dije incluso antes de que Trump volviera a ganar las elecciones presidenciales y accediera nuevamente a la presidencia de EEUU, y eso a pesar de que en su primer mandato no llegó tan lejos como parecía y no cumplió todo lo que prometió, bien porque no pudo o bien porque no quiso llevar a la práctica todas sus excentricidades retóricas que lo adornan: «Es un auténtico peligro público para el orden internacional y para el mundo».

A pesar de que Kamala Harris no era santo de mi devoción y representaba en parte la decadencia americana y algunas de las peores ideas políticas que desde allí se venían exportando al resto del mundo, era mejor lo malo conocido que lo peor por volver a conocer, al menos mientras no hubiera una alternativa decente a la que votar. Un poco lo contrario, por cierto, de lo que tenemos a día de hoy en España: por muchas dudas que nos genere su alternativa, lo urgente ahora es echar a Sánchez y cualquier cosa será mejor que lo que llevamos siete años padeciendo, sea uno de izquierdas o sea de derechas, porque lo previo es ser demócrata, ser decente y decir la verdad.

De que Trump es un auténtico peligro público para el mundo ya no lo dudan ni sus propios partidarios, muchos de los cuales valoran precisamente eso: que sea un peligro público para el mundo y para el orden internacional, con el que quieren acabar. Su alternativa es la ley del más fuerte.

Las guerras hay que ganarlas

Igualmente, ya lo dije en relación a su intervención en Irán y me reitero cuando las cosas se han puesto tan feas como nos temíamos: no tengo ningún remilgo moral en que se elimine del modo que sea a los criminales que sustentan y hacen posible el régimen de los ayatolás, donde se tortura a los disidentes hasta la muerte, se ahorca a los homosexuales y se priva de su libertad y de su dignidad a las mujeres por el hecho de ser mujeres. Y no tengo mayor remilgo moral, una vez que se ha comprobado que el derecho internacional no sirvió para proteger a sus víctimas y que la resistencia democrática autóctona es aplastada sin contemplaciones por el régimen.

El problema es si no logras tus objetivos, si generas un problema aún mayor o si extiendes el conflicto al resto de la región, con todo lo que ello supone; o sea, el problema es si es peor el remedio que tratas de aplicar que la enfermedad que tratas supuestamente de extirpar, aunque sea con segundas intenciones.

El problema es que las guerras hay que ganarlas y, según certificamos ahora pero se sabía o al menos se debía saber, los ayatolás llevaban preparándose más de cuatro décadas para enfrentarse y resistir la intervención americana, que antes o después sabían que iba a producirse. Si obvias el problema ante el que te enfrentas por ignorancia, por prepotencia o por inconsciencia, sólo te queda asumir tu derrota, por mucho que a continuación trates de venderla como victoria, aunque sea pírrica, que a estas alturas es lo que Trump se plantea hacer. Porque, además, a Irán le vale el empate, o sea, sobrevivir.

Visto lo visto, sólo queda concluir que Trump y sus asesores políticos y militares, antes de decidir eliminar a Alí Jameneí, líder de los ayatolás, no tenían planificado qué hacer si Irán decidía responder militarmente al ataque sufrido y lo hacía de la manera contundente como lo ha hecho, ni si el régimen resistía a los primeros ataques, cosa que se comprobó enseguida, ni si la sociedad víctima del régimen no lograba liberarse de sus verdugos y darles la puntilla… ni si se cerraba el estrecho de Ormuz, un punto estratégico bloqueado desde el inicio de la guerra y por donde circula el 20% de la producción mundial de crudo, lo que ha provocado el precio del barril de Brent se haya situado en más de 115 dólares, con las consecuencias económicas que ya hemos empezado a sufrir. Es decir, que no había más plan que descabezar al régimen iraní en la esperanza de que tal cosa supusiera su derrumbe, cosa que, de momento, no ha ocurrido. Y tampoco parece haber encontrado al traidor al régimen con el que poder pactar un gobierno amigo, como se ha hecho en Venezuela.

Y ahora cualquier cosa puede pasar y puede que no pase lo que tendría que haber pasado. Es lo que tiene la ley de la fuerza: que aunque siempre ganan los más fuertes, nada puede detener a los que supuestamente no lo son tanto pero no tienen nada que perder. Trump y Netanyahu no pretendían llevar la democracia a Irán sino lograr sus objetivos estratégicos, ninguno de los cuales parece que vaya a alcanzarse: ni el derrocamiento del régimen de los ayatolás, ni el control del estrecho de Ormuz, ni la consolidación de su influencia en la zona, ni la destrucción del programa nuclear iraní ni el debilitamiento político de China. Más bien al contrario, si echamos la vista atrás, más parece que estos objetivos están más lejos ahora que antes de la intervención militar.

Además, ha convertido la región en un polvorín y las consecuencias económicas ya se extienden por todo el mundo y las sufren millones de personas, incluidos sus hipotéticos votantes, quizás lo único que pueda convencer a Trump de que es mejor cambiar de estrategia ahora, antes de que sea demasiado tarde. Es la parte buena del caos: que todo puede corregirse de un día para otro.

El plan de Sánchez

Sin embargo, parece que el presidente norteamericano estaría planteándose, quién lo sabe, tomar la isla de Jarg, principal terminal de exportación iraní, lo cual exigiría la presencia prolongada de miles de soldados norteamericanos, una auténtica locura.  Ante semejante caos, Sánchez, que es muy listo y ve pronto su final, se ha agarrado al eslogan del «No a la guerra»  que sirvió para echar a Aznar, con la esperanza de que sirva para echar a Feijóo antes incluso de que llegue y de que tome posesión, como auguran todas las encuestas. Y Feijóo, menos ducho que su rival y, desde luego, menos cínico, lo ha enfrentado con un eslogan de fabricación casera: «No a la guerra y no a usted». Porque Trump es el penúltimo asidero al que Sánchez puede agarrarse para permanecer en la Moncloa no ya hasta 2027 sino incluso después.

En conclusión, en determinadas situaciones, no queda otra que usar la fuerza para extirpar regímenes criminales que torturan a su pueblo y amenazan al mundo, pero es mejor no dejar a Trump a cargo de ello; la cuestión no es moral sino práctica: qué haces cuando la fuerza no es suficiente o no te alcanza o es peor el remedio que la enfermedad. Yo ya dije que «al menos caigan los ayatolás»; y ni eso parece que Trump vaya a conseguir.