Francisco Rosell-El Debate
  • Habiendo convertido a muchas instituciones en chiringuitos, cualquier decisión de Sánchez está movida por tres acicates: distraer de asuntos que lo comprometen anegando el terreno de juego con otros, polarizar la sociedad demonizando al adversario y anular la división de poderes

Hace unos años, como muestra de que la devastación de la enseñanza obligatoria y del bachillerato ya se adueñaba de las aulas magnas, un ilustre profesor de Derecho Penal de la Universidad Hispalense se dio de bruces con tan calamitosa realidad. Tras una larga excedencia, se adentró en un ejemplo clásico de la asignatura –la muerte de Julio César y el tiranicidio–, y se topó con que sólo 1 alumno de 90 intuyó cómo feneció el caudillo romano. Treinta años atrás, al emprender la docencia, ni por asomo hubiera planteado esta cuestión de cultura general para su generación. No obstante, se armó de paciencia y prosiguió no fuera a ser que le apercibieran. «¡Allá películas!», se dijo evocando una lección del «Julio César», de Shakespeare: «En las cosas humanas, hay una marea que, si se toma a tiempo, conduce a la fortuna; para quien la deja pasar, el viaje de la vida se pierde en bajíos y desdichas».

Pero, por paradójico que suene, el fracaso educativo es el triunfo electoral de quienes persiguen eternizarse en el poder con muchedumbres sumidas en la ignorancia. Desde los 90 en adelante, con la Logse socialista como mascarón de proa, este barquinazo se enmascara decretando su inexistencia. Empero, cada mañana, al despertar, aparece impertérrito como el dinosaurio del microrrelato de Monterroso. Así, los escolares se gradúan con suspensos facultándoseles a concurrir aun así a la Selectividad. Como explicó Einstein, «lo único más peligroso que la ignorancia es la arrogancia».

Con la «promoción general», se blanquea esa ignominiosa estadística para no dejar en evidencia al Gobierno. Si existen las mentiras, las grandes mentiras y las estadísticas, la Educación ya ha adquirido en España ese tercer estadio al postergarse el conocimiento al adoctrinamiento prefigurando ese gregario «jovencito Frankenstein» como hijo putativo de la Alianza Frankenstein que maneja España. Orillando el mérito y el esfuerzo, la enseñanza pública naufraga tutelada por quienes ponen a sus vástagos a cubierto en centros privados, mientras a muchos padres se les fuerza a sufragar dos redes en paralelo. En nombre del igualitarismo, que no de la igualdad, esta izquierda reaccionaria avería el ascensor social de la enseñanza pública limitando la potencialidad del alumno a su origen o clase social, pese a que España destina más dinero a ese capítulo que la cimera Finlandia donde los colegios privados menguan al faltar demanda.

En suma, el descalabro no proviene de que no sepan cómo poner remedio al problema, habiendo claros referentes cuyo ejemplo desdeñan, sino de que han optado por perpetuar la debacle. Su terquedad de acémilas compite con la del regidor que, al inaugurar un pilar público para que abrevara el ganado y porfiar sus concejales sobre si el caño estaba muy alto o no, se acercó a beber del chorro y zanjó la controversia: «Por Dios, no hay más que hablar que, si yo alcanzo, no habrá bestia que no alcance».

Por eso, quienes hunden la enseñanza pública en «todos sus escaños», como le traicionó el subconsciente a la vicepresidenta y ministra de Hacienda, María Jesús Montero, en un fin de semana para enmarcar tras su negación de la presunción de inocencia, difícilmente pueden hablar de la universidad privada como chiringuitos. Si fuera cierto que «la universidad pública está seriamente amenazada», será por una negligencia suya que buscan escamotear con la sal gorda de la demagogia. «No podemos permitir que alguien se compre el título compitiendo con el hijo del trabajador que tiene que tener beca para estudiar», mitineó quien, en su desvarío, no se percató de que estaba retratando de cuerpo entero a Pedro Sánchez.

No en vano, éste sólo ha recurrido a la universidad pública para usarla cual chiringuito de su mujer a fin de que Begoña Gómez dirigiera, sin título académico, nada menos que una cátedra de la Complutense por ser su «consuerte». Tras una existencia muelle, merced a padres y suegros, Sánchez acredita nuevamente ser el impostor de su tesis doctoral plagiada y que tuvo como escriba a quien ha hecho vicepresidente de Telefónica, cuya presidencia recae en quien a su vez le regaló estando al frente de Indra el software a «Bego.fundraiser» (Bego.conseguidora de fondos) que la tiene encausada. Ni esto es Alemania, donde a un ministro le costó el cargo copiar un párrafo de su tesis, ni tampoco Francia donde la malversación se castiga con inhabilitación.

Habiendo convertido a muchas instituciones en chiringuitos, cualquier decisión de Sánchez está movida por tres acicates: distraer de asuntos que lo comprometen anegando el terreno de juego con otros, polarizar la sociedad demonizando al adversario y anular la división de poderes. Para este menester, multiplica y modifica leyes para crear inseguridad jurídica entre aquellos a quienes niega su derecho a la presunción de inocencia al no admitir más principio que su capricho.

A este propósito, Sánchez desentierra una vieja anécdota del escritor y diplomático francés Paul Claudel. Como embajador en Tokio, halló, de regreso de una recepción, que su residencia era pasto de las llamas. Como hombre de letras, su mayor congoja era la suerte corrida por sus manuscritos. Observó entre la humareda a su mayordomo portando algo. El sirviente lo tranquilizó: «¡No se alarme, señor! He salvado el único objeto de valor». Confiado en que fuera uno de sus tesoros bibliográficos, Claudel se descompuso al constatar que era su uniforme de gala.

Al no importarte la universidad pública más que como ariete contra el PP, a diferencia de Claudel, Sánchez exhibiría su júbilo a su maestresala por preservar su atuendo de etiqueta presidencial. Seguro que lo haría con la delectación de Nerón con su lira recreándose con la visión de Roma abrasada.