Francisco Rosell-El Debate
  • En su codiciado advenimiento, la transición venezolana no será como la española porque, como sentenció el gran diestro cordobés Rafael Guerra, ‘Guerrita’, «lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible»

«Aquí es donde rebotan los sueños», se lee en algunas pintadas que figuran en el límite fronterizo de México con Estados Unidos y que poetiza el lugar donde muchas aspiraciones migratorias se esfuman al intentar atravesar ese norte mítico. Un «sueño americano» que se aleja a medida que se camina como esa aparente línea recta del horizonte, que es una mentira tendida entre el cielo y la tierra. Justo lo que puede acaecer en una Venezuela que atisba su amanecer en el instante más oscuro de su contemporaneidad, pero al que se resiste un chavismo enrocado.

No en vano, se reemplaza un presidente depuesto por su vicepresidenta para que todo siga igual, con un Trump que, tras capturar a Maduro, parece conformarse con que el Petroestado sea tributario suyo, pero con las mismas tribus mangoneándolo sin restablecer su libertad y su democracia. Como aconseja la máxima napoleónica, «si comienzas el asedio de Viena, toma Viena». Ergo, si empiezas a conquistar el chavismo, conquístalo, pero no dejes incólumes sus muros sin ni siquiera enjalbegarlos.

Por eso, para que los deseos de libertad se satisfagan, sus fuerzas democráticas y sus ciudadanos deben luchar para abrir de par en par esa entreabierta ventana de oportunidad que ha obrado el apresamiento Maduro y que esa operación «Resolución absoluta» lo sea de veras, y no mera mercadotecnia de consumo interno. Tras décadas de tiranía, Venezuela se juega hoy una transición que no se quede en un relevo de guardia en el chavismo como cuando falleció su promotor, Hugo Chávez, quien perpetró un autogolpe contra la legalidad de la que se había valido para adueñarse del Palacio de Miraflores tras ser indultado por aquellas fuerzas democráticas a las que luego situaría fuera de la ley. Aconteció entonces y ha venido reeditándose con los sucesivos pucherazos electorales, aunque tuvieran el estruendo de la victoria de la oposición en las presidenciales de julio de 2024. Aceptando que un chavismo recauchutado perviva, Trump haría un pan como unas tortas y daría alas a los enemigos de la libertad después de presumir de que «nosotros estamos al cargo» en Venezuela.

En su codiciado advenimiento, la transición venezolana no será como la española porque, como sentenció el gran diestro cordobés Rafael Guerra, ‘Guerrita’, «lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible». Más allá de las diferentes circunstancias, aquel hito no se reimprimirá porque ni los legatarios de Maduro se harán el «harakiri» como los procuradores franquistas, ni sus socios chinos, rusos, cubanos e iraníes se avendrán. Como tampoco España con un Pedro Sánchez alineado con ese eje autócrata, como acaba de refrendar con sus cuates del Grupo de Puebla.

No es ya que reniegue de una epopeya de su propio partido, sino que engrosa ese chavismo al que, en consecuencia, no necesita reconocer, como arguye cínicamente, para aparentar equidistancia. Opera así desde que se reconcilió con Zapatero, luego de un tiempo distanciados, y traicionó al opositor Juan Guaidó para entregarse de hoz y coz a quienes sufragaron su campaña a la Presidencia Internacional Socialista como antes financiaron a Podemos para que capitalizara a los indignados del 15-M de 2011.

En este sentido, chavismo y sanchismo, cuyas crisis coinciden, buscan ganar tiempo y se asisten mutuamente. A este fin, Sánchez ya ni disimula con afrentas como la de ayer al Rey con motivo de la Pascual Militar. Desplazado de la mesa donde Alemania, Francia, Reino Unido e Italia resuelven sobre Ucrania, acudió a una Coalición de Voluntarios, de la que forman parte 35 países y a la que suele dar de lado telemáticamente, para soltarle otra bofetada sin manos al monarca. Es la primera vez de algo así en democracia y es otro jalón en quien degrada la democracia cuál pato patagónico: una pisada, una cagada; otra pisada, otra cagada.

Por tanto, para que los sueños no reboten y distorsionen la realidad como esos espejos convexos de feria que mueven a la irrisión, conviene tener claras algunas cosas para que la transición venezolana no naufrague sin salir de la bocana del puerto como aquella nao Victoria con la que Luis Yáñez quiso estrenarse en la Exposición Universal de Sevilla de 1992 como presidente de la sociedad del V Centenario del Descubrimiento de América. A este respecto, no hay que olvidar que Delcy Rodríguez, la dulce gatita del «príncipe» Zapatero –por cierto, ¿dónde está Wally?– con el que comparte pareja sonrisa, tenía prohibida su entrada en la Unión Europea por crímenes de lesa humanidad, amén tener a sus órdenes el sanguinario Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) que ha asesinado a venezolanos dentro y fuera de su país enterrando vivo alguno en territorio colombiano.

No tendrá cargos en EE.UU. como Maduro y otros gerifaltes de la narcodictadura, pero no son menores en una satrapía en la que el comunismo cubano domina los órganos vitales de este Estado delincuente, como certifica –contra todo lo negado– la muerte de 32 militares y policías cubanos que configuraban el último anillo de seguridad de Maduro en su guarida. No por casualidad, durante su jura en el Parlamento, esta «bebesauria» saludó obsequiosa a los embajadores de Rusia, China e Irán, después de hacer un encomiástico alegato del «presidente secuestrado» en un «ataque con tinte sionista», del que exigió su liberación.

Se podrá argüir que el arte del disimulo obliga a ello cuando es escogida por el propio Trump para esa hipotética transición, pero ella no es ningún Adolfo Suárez con faldas. Carece por encima de ella de un «motor del cambio» como fue Juan Carlos I, a la sazón jefe de las Fuerzas Armadas, y Franco eludió la tentación, bajo presión conyugal, de instaurar una «Monarquía del 18 de julio» con el entonces duque de Cádiz casado con su nieta Carmen. El Generalísimo ya le anticipó al general Vernon Walters, enviado a España por Nixon para avistar el porvenir español, que no habría franquismo sin Franco al aclararle que su legado sería una clase media que facilitaría una mudanza política que, en Venezuela, torpedean el castrismo que, de periclitar el chavismo, perdería las barbas que ha puesto a remojar, así como por China, Rusia e Irán para no dejarse arrebatar por Trump lo cosechado estos años.

Es cierto que, al apartar Trump a María Corina Machado de ese proceso de transición, se puede fundar alguna lejana analogía entre Delcy Rodríguez y aquel «chusquero de la política» que era el falangista Suárez, cuya designación real dejó con el traje planchado y el discurso escrito al expresidenciable Areilza, un declarado monárquico que estaba llamado a ese desempeño. Pero Suárez no tenía las manos llenas de sangre y estaba resuelto a alumbrar una democracia con fuertes dolores de parto en medio de los atentados terroristas contra el nasciturus. Es lo que cabe esperar en Venezuela, cuya democracia no advendrá si no se empuja su llegada porque, de ser así, la transición no sólo devoraría a su mejor hija, María Corina Machado. Como describe bellamente por Shakespeare, «estamos hechos de la materia de los sueños, y nuestra vida entera se resume en un letargo».