Teodoro León Gross-ABC
A Pedro Sánchez le preocupa la excelencia universitaria exactamente una higa. Y es algo fácil de constatar. Su campaña para estigmatizar las privadas sólo buscaba un discurso polarizador para implantar otra de tantas dicotomías maniqueas con las que establecer un duelo moral: la izquierda en el lado correcto de la historia, la derecha en el lado salvaje. Como si la izquierda no hubiera implantado privadas o fuesen suyas las públicas, desde Salamanca o Alcalá. Y ya es una ironía añadida que Sánchez exhiba ese desahogo desacomplejado cuando él estudió en una privada de prestigio menor, aparte estancias en Irlanda, y sólo sacó el doctorado con el traslado a uno de esos centros que tachan de chiringuitos. Lo suyo no fue Navarra o Deusto, como otros ministros; él sabe de lo que habla. De hecho a Sánchez se le conoce, y no por capricho, como Doctor Fraude, por una trayectoria académica en entredicho hasta el plagio de la tesis pagado años después con una vicepresidencia en Telefónica. Todo muy genuinamente sanchista.
De haber creído honestamente Sánchez que hay que establecer universidades privadas con criterios de excelencia, éstos no serían el número de alumnos, la existencia de residencias o el aval bancario, sino la estructura docente, los estándares de investigación y la apuesta en I+D+i. Eso le delata. Va de suyo que si a él le horrorizaran los chiringuitos universitarios, desde Moncloa no habrían llamado al rector de la Complutense para colocarle un falso máster de Begoña Gómez a golpe de subvenciones extractivas arrancadas a empresas participadas o privadas desde Presidencia por una empleada pública también investigada en el escándalo de ‘la primera dama’. En fin, Sánchez miente. Pero, claro, ¿por qué esta vez iba a ser una excepción? En este asunto hay mucha improvisación legislativa marca de la casa, dejando el plácet para nuevas universidades al Parlamento y no a un organismo independiente de prestigio acreditado; pero además todo desprende la sombra del tacticismo partidista para atacar a Ayuso y también a Juanma Moreno, al que Sánchez acusó de no haber incrementado el presupuesto de universidades en seis años, obviando que aumentó un 30 por ciento oficialmente. Pero, en definitiva, esto no va de las universidades sino de las encuestas que no despegan en la campaña lanzada para disputar el voto en Madrid e incluso en Andalucía, con el bluf de Marisú Montero para sorpresa de veteranos sociólogos. Fue ella, cada vez más desesperada, quien lanzó zafiamente, pocas horas después del patinazo deshonroso de la presunción de inocencia, esta campaña contra las universidades privadas como chiringuitos donde los ricos se compran el título para competir en ventaja con los hijos de los trabajadores. Estos debates falsos para excitar la polarización resentida a golpe de demagogia populista son la especialidad de la casa. El sanchismo es un chiringuito de expertos en pelear el poder.