Cristian Campos-El Español
  • Feijóo sólo tiene una manera de demostrar que el PP «no es lo mismo» que el PSOE: convertir a Sánchez en el chivo expiatorio de la Segunda Transición española.

Este martes, un amigo periodista que ahora trabaja en el PP me preguntó por qué me fui de Barcelona, primero al Puerto de Santa María y luego a Madrid, después de casi cuarenta años viviendo en Cataluña.

Yo le pegué un rollo macabeo.

Pero la respuesta (he pensado bastante en su pregunta) es «porque perdí la esperanza». La esperanza de que Cataluña en general, y Barcelona en particular, tuvieran remedio.

El tiempo me ha dado la razón.

Hoy, Barcelona es una ciudad en decadencia donde sicarios balcánicos ejecutan a la hora del vermut a otros sicarios balcánicos en la zona noble de la ciudad y frente a una comisaría de la Policía Nacional mientras delincuentes africanos blanden machetes contra el tráfico rodado y bandas de atracadores latinoamericanos asaltan joyerías a tiros en Sarrià.

Pronto tendrán brujos tribales lanzando piedras contra los aviones del Prat y lo llamarán «folclore». En Cataluña el folclore siempre ha tenido muy buena prensa, aunque sea el de un asilvestrado paleolítico. La única condición es que ese asilvestrado no venga del resto de España.

Para consolarse por su decadencia, los catalanes han comparado esta semana los drones chinos de la Sagrada Familia con Manolo Lama y han concluido que Barcelona es superior a Madrid.

También lo ha dicho Óscar Puente, cuya aprobación estética debería ser considerada como una letra escarlata contra el buen gusto.

Voy a meterme en el charco y a escribirlo aquí para que conste: a mí nunca me ha gustado la Sagrada Familia.

Ni siquiera cuando vivía allí, a literalmente cincuenta metros de distancia, y la veía cada día. No me gusta la original, la de Gaudí, y no digamos ya el frangollo que han hecho luego con el resto.

Tampoco me han gustado nunca esos espectáculos de luces y música estruendosa que llevan haciéndose en Cataluña desde la inauguración de los Juegos Olímpicos de 1992, a lo Fura dels Baus y sus gigantes y cabezudos de metal: siempre el mismo show, siempre las mismas luces proyectadas sobre la fachada de la Sagrada Familia, sobre la fachada del Ayuntamiento, sobre la fachada de cualquier superficie tocha y plana.

Y luego están los petardos. Los petardos son la pasión número uno de los catalanes porque hacen luz y hacen ruido. Lo que conecta con la segunda gran pasión de los catalanes: la escatología.

Yo me fui de Barcelona por otros motivos, claro, pero nunca compartí esa fascinación por la escatología, los petardos y las luces de colores, que me parecen los gustos de un niño, no de un adulto.

Me fui de Barcelona, en fin, porque perdí la esperanza de que Barcelona tuviera capacidad para ser otra cosa, tanto política como estéticamente.

Y, lo repito, el tiempo me ha dado la razón.

Dicho lo cual, el espectáculo del Bernabéu fue lamentable. Entiendo que Madrid priorizó la gestión de masas de cientos de miles de fieles, y Barcelona el espectáculo televisivo. Pero si la riqueza estética del catolicismo sólo te da para montar lo que se montó en el Bernabéu, dedícate a otra cosa.

Así que, por una vez, hay que reconocerlo: en lo estético, Sagrada Familia 1 – Bernabéu 0.

[Y, por cierto, va siendo hora de que Madrid tenga una catedral a la altura de la nación que ha sido durante siglos el centro intelectual y espiritual de la cristiandad. Yo ahí lo dejo].

***

Pero esta columna va de la pérdida de la esperanza. Algo que empieza ya a detectarse en el resto de España gracias a Pedro Sánchez.

Me explico.

Los españoles ya sólo tienen una certeza política. La de que los últimos ocho años han sido un ejercicio de delincuencia organizada con pretexto político. Organizada y, sobre todo, impune.

Las encuestas lo confirman con regularidad coñazo: la confianza en los políticos y en los partidos roza en España mínimos históricos. Por algo será.

La frase más repetida en nuestro país hoy no es un eslogan de la derecha ni un destilado populista. Es la constatación resignada de millones de ciudadanos: «Todos son iguales».

Y cuando las democracias llegan a ese punto, es que la cosa no va ya de ideologías. Va de supervivencia.

***

Y aquí viene mi propuesta.

En su libro El chivo expiatorioRené Girard dice que «el chivo expiatorio supone siempre la ilusión persecutoria. Los verdugos creen en la culpabilidad de las víctimas».

Y luego escribe: «Existe una unidad de toda la cultura humana que depende por entero de un único mecanismo, el que garantiza espontáneamente la unanimidad de la comunidad contra la víctima propiciatoria«.

Girard no habla de justicia ideal ni de las elevadas aspiraciones del derecho positivo, que es el orden de los burócratas.

Habla del mecanismo primitivo mediante el cual las sociedades, cuando las rivalidades locales amenazan con destruirlas, recuperan un orden precario señalando una figura visible, cargándola con todas las culpas y expulsándola de su seno.

El sacrificio no tiene que ser perfecto. Basta con que sea creíble y con que produzca catarsis.

España vive hoy esa descomposición. La corrupción no aparece dispersa en consejerías autonómicas o en ayuntamientos de tercera fila. Se concentra en el núcleo del poder. En la Moncloa. En el mismo despacho del presidente.

Sánchez es la corrupción política, financiera, moral y personal encarnada.

Ningún presidente de la democracia ha acumulado sobre sí mismo y su entorno familiar y político más inmediato un volumen comparable de investigaciones judiciales abiertas.

El hecho de que Sánchez sea el heredero político de Zapatero, su hijo ideológico, añade insulto a la injuria: el Gran Beato de la política española ha resultado ser un pequeño sátiro avaricioso que acumulaba joyas de cientos de miles de euros mientras predicaba austeridad socialista.

***

Pero la diferencia con escándalos anteriores no es sólo de escala. Es de proximidad.

Cuando la Guardia Civil registra la sede del PSOE, la de Ferraz, porque sospecha que utilizaron sus recursos, los legales y los ilegales, para sabotear investigaciones y procedimientos judiciales, el mensaje que reciben los españoles no es ambiguo: es el mensaje de que el poder se defiende a sí mismo con los instrumentos del Estado.

Es decir, que utiliza tu propio dinero para seguir robándote, mientras lo corrompe todo a tu alrededor: la educación, la sanidad, la vivienda y la convivencia.

Decía en un tuit Cayetana Álvarez de Toledo que la corrupción del sanchismo es la prueba de que el Gobierno le ha declarado la guerra al Estado.

Bueno, sí y no: el Gobierno también es Estado, así que a lo que estaríamos asistiendo en todo caso es a una guerra civil dentro del Estado. De una parte del Estado, que actúa ilegalmente, contra otra parte del Estado, que actúa de acuerdo a la ley.

Aunque, si me lo preguntan a mí, lo que estamos viendo más bien es una guerra del Estado contra la Nación, porque en un Estado democráticamente maduro los anticuerpos (las instituciones) habrían frenado esto ya en 2020, cuando Sánchez empezó a apuntar maneras durante la pandemia.

Pero ese es otro tema.

***

Girard advertía que el mecanismo del chivo expiatorio sólo genera catarsis cuando el sacrificio es visible y creíble.

El sacrificio tiene que doler. Y, sobre todo, tiene que dolerle al sacrificado.

Una dimisión pactada, una derrota electoral o un retiro dorado no sirven, porque son salidas políticas que confirman la regla de que los de arriba siempre encuentran una puerta trasera.

Lord Acton lo dijo hace siglo y medio: «El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente».

En España, esa corrupción absoluta no se ha ejercido mediante decretos de excepción, sino con una red de influencias, chantajes, amenazas, sobornos, recomendaciones, enchufes y contratos que surgen del círculo más estrecho del presidente.

Sin catarsis real (es decir, sin que las investigaciones judiciales lleguen hasta sus últimas consecuencias y, si procede, produzcan condenas con ingreso en prisión para los responsables) la sociedad española no recuperará la confianza elemental en que las reglas se aplican también a quien tiene el poder de cambiarlas.

***

Girard lo sabía: cuando el mecanismo se bloquea porque las élites se protegen entre sí, la crisis no desaparece. Se difumina y se multiplica.

La catarsis encontrará entonces otra válvula de escape, que será mucho peor, más violenta y más destructiva, que la natural. El «todos son iguales» dejará entonces de ser una queja para convertirse en una profecía.

Entonces, la violencia mimética ya no encontrará esa válvula de escape ritual, y buscará otras salidas: abstención masiva, radicalización o la tentación de soluciones que prometen limpiar el establo de una vez por todas, aunque sea a costa de las garantías que distinguen una democracia de una autocracia.

***

Y conviene que Alberto Núñez Feijóo tenga esto muy presente, por si al llegar al poder se le ocurre hacer un pelillos y a la mar con Pedro Sánchez y su entorno. Porque esto no se va a olvidar.

O Feijóo les da a los españoles un chivo expiatorio o el chivo expiatorio será él.

George Orwell escribió que la historia política consiste en una serie de estafas en las que las masas son, primero, seducidas por promesas de pureza, y luego sometidas de nuevo por la nueva clase dirigente.

Sánchez llegó al poder en 2018 prometiendo regeneración tras los escándalos del PP. Ocho años después, su esposa, su hermano y su círculo político más cercano están bajo investigación judicial mientras él sigue en la Moncloa aferrado al cargo.

La ironía es incluso dolorosa.

***

La catarsis que España necesita no es un linchamiento populista al estilo de los que el propio sanchismo organiza cada vez que se ve acosado por un escándalo. La catarsis debe ser la demostración VISIBLE y REAL de que el sistema puede, por una vez, imponerse incluso a quien lo controla.

Y no sólo en los niveles secundarios de la casta, sino a los más altos niveles.

Si esa demostración no llega, no será Pedro Sánchez, y ni siquiera Feijóo quien pierda.

Será la democracia española la que confirme ante sus ciudadanos que no tiene incentivos para defenderse a sí misma porque la mera ocupación del poder, el mero acceso al trinque, hace olvidar a los poderosos que la democracia son instituciones sólidas, creíbles y de confianza. No votar cada cuatro años.

Espero que Feijóo se crea, de verdad, su frase de «no somos iguales que ellos». Porque sólo tiene una manera de demostrarlo: convirtiendo a Sánchez en el chivo expiatorio de la Segunda Transición española.

A su favor juega que Sánchez es perfecto como chivo expiatorio. Porque no sólo parece culpable, sino que, a diferencia de las brujas de la Edad Media, lo es: la España de hoy lleva, por desgracia, su firma.