Ignacio Camacho-ABC
- Sánchez vive bajo el síndrome de Paiporta. La incógnita es si se borra de Ceuta por miedo a Marruecos o a comparaciones odiosas
Pues casi mejor que no vaya. La presencia de Sánchez en Ceuta no es ahora mismo muy apreciada y podría derivar en expresiones populares poco, digamos, entusiastas que enturbiarían la visita de los Reyes de España. Si en dos meses sólo apareció una vez, y fue al principio de la avalancha para largarse a toda prisa tras dar un discursillo de circunstancias, ahora no pinta allí nada. No al menos mientras sea incapaz de solucionar la crisis provocada por la ‘intrusión’ –palabra del monarca– que nadie de su Gobierno atendió con la diligencia exigida por la gravedad de las circunstancias. La Moncloa dice que su asistencia no es necesaria y que para cumplir con el precepto del refrendo basta con un ministro de jornada. Y es una triste verdad que esconde la confesión tácita de que su liderazgo no suscita un ápice de confianza. Pero no sólo en la ciudad ocupada, sino en gran parte de la sociedad española que él mismo se ha encargado de dividir y polarizar a gran escala con una política de exclusión sectaria.
El presidente vive bajo el ‘síndrome Paiporta’. Aquella fuga mientras los Reyes daban la cara ante los reproches de la gente generó comparaciones insoportablemente odiosas. Desde entonces ha evitado comparecer ante las víctimas de situaciones catastróficas, incapaz de aguantar la generalizada atmósfera de repudio a su persona. Un narcisista no puede tolerar muestras de desagrado que desenmascaren la impostura de su forzado perfil empático. Tiene pánico a la eventualidad de una bronca cuyas imágenes abran los telediarios y ya sólo asiste a actos blindados con auditorio escogido para evitar cualquier episodio agrio; eventos y escenarios con garantías de no escuchar el estribillo más coreado del mandato. Sólo le falta el círculo de tiza del coronel Aureliano Buendía, el símbolo en clave de realismo mágico de la soledad y el aislamiento de un dirigente envuelto en un bucle autoritario. La pregunta pertinente es si una figura con ese grado de rechazo puede desempeñar altas responsabilidades en un país democrático.
Pero hay otra interrogante más intranquilizadora: la de hasta qué punto esa asimetría con la estima pública de la Corona determina el cada vez más visible estrechamiento del margen de actuación de Felipe VI. Una respuesta afirmativa, como sospechan muchos ciudadanos y analistas, supondría la existencia de una grieta en la delicada estructura del régimen constitucional, una fisura de carácter sistémico por su capacidad de afectar al equilibrio de las reglas del juego. De cualquier modo los indicios de restricciones o interferencias gubernamentales en el radio de acción del jefe del Estado son ciertos y afectan tanto al ámbito internacional como al interno. En el caso del viaje real a Ceuta quizá se junte el miedo al repudio de la población con la intención de Moncloa de eludir la salpicadura del previsible malestar de Marruecos utilizando a una institución esencialmente neutral como parapeto. Y esa hipótesis sería aún más grave que la de un simple problema de celos.