Eduardo Uriarte-Editores

La gente que me lee quizás me eche de menos. Determinadas vicisitudes y el hecho de que lo que está pasando lo había escrito hace tiempo -la orquesta tocando sus últimos sones sobre la cubierta del Titanic- me condujo a una enfermiza galbana que me impide escribir ni una letra. Pero el otro día padecí un shock que me sacó de mi cómoda molicie.

Nada menos que en la puerta de mi domicilio observé a un chaval de unos doce años que daba patadas a un balón vistiendo la camiseta de España. Caso inaudito en este país donde dan pencos masivos en euskera a los alumnos de la enseñanza concertada. Cuando me acerqué pude observar que el muchacho era sudamericano. Quizás la ignorancia le llevara a adoptar le camiseta del país donde vive, pareciéndole lo más normal del mundo. Pero héteme aquí, en el día de la final del mundial volvieron los que nunca se fueron y mostraron su carácter democrático y reconciliador palizas mediante a los de camiseta rojigualda. En Euskadi hay que ver los partidos en la intimidad, es la opresión del nacionalismo, de todo nacionalismo.

¿Por qué? El celebrar las victorias de España es un acto de normalidad, pero ocurre que los que están con el Gobierno son los anormales. Es un Gobierno sostenido por los que a la nación les importa un comino. Y el Gobierno, cuyo líder no sabe lo que es una nación, para complicarlo propugna la plurinacionalidad confederal. Lo que es sencillo de entender: hagan señores separatistas los que les dé la gana mientras me sostengáis en el Gobierno. Aun así, se vieron camisetas españolas. Acto heroico mientras mande el nacionalismo antiespañol.

Sin embargo, el lio tiene su razón de ser. Mientras el nacionalismo periférico se relame de placer observando un Congreso crispado y atravesado por un muro, obra de ingeniería argumental del sanchismo, se va haciendo en cada sesión más evidente que la nación no yace ahí porque no hay ni un atisbo de encuentro. Es contradecir las orondas palabras de Pi i Margall cuando Amadeo decidió largarse. Con una agilidad mental llamativa el padre del explosivo federalismo acrático, una contradicción en sí misma, con una agilidad mental que me sorprendió en su día, dijo estas profundas palabras: “El rey se ha ido, pero la nación (dirigiéndose al conjunto de diputados) yace aquí”. Años después, leyendo a Michelet descubrí que la frase no era suya sino de Sieyès cuando Luis XVI abandona la asamblea de Versalles (le podía haber citado).

Quizás mal que bien aquella asamblea de los viejos Estados Generales renovados representara la nación, pero el Congreso que tenemos, ahora aquí por obra y gracia de los antisistemas que lo dominan, no representan más que malamente a ellos mismos, la nación no yace ahí, tras haber levantado el muro. Sin embargo, sí que existe otro refugio restringido para ella, que no será selección, sino equipo, pero nacional, porque recoge la adhesión y empuje de la gran mayoría de los españoles. Así que mejor que Margall podemos decir que lo poco de la nación que sobrevive gracias a la adhesión de la ciudadanía yace en la selección nacional. Lo único que nos queda de nacional son nuestros campeones, aunque ellos no lo sepan.