- En estos meses los españoles hemos hecho menos turismo, viajado menos y dedicado menos renta al descanso del estío. Las terrazas de media España estuvieron medio vacías y se ha impuesto el bocadillo y la compra de Mercadona
El final del verano llegó, aunque oficialmente sea el 21 de septiembre. Nosotros nos ajustaremos a esa nostálgica fecha a la que le cantaban Manolo de la Calva y Ramón Arcusa, el último día de agosto. Y aunque podríamos navegar por los remolinos del tiempo de los amores menores de verano, hoy toca algo tan real como prosaico, que es el balance adelantado de la temporada turística. Ya sabe el lector que el turismo es el petróleo de España. Parece que de momento ya no llegaremos a los cien millones de turistas que nos había pronosticado el Gobierno. Los extranjeros siguen apostando por España, pero menos, ya que Italia, Grecia y otras riberas del Mediterráneo poseen una oferta más barata y, además, tratan mejor al visitante. Ahora bien, donde está el problema es en la estadística de los turistas españoles que veranean dentro de la propia geografía nacional. En estos meses los españoles hemos hecho menos turismo, viajado menos y dedicado menos renta al descanso del estío. Las terrazas de media España estuvieron medio vacías y se ha impuesto el bocadillo y la compra de Mercadona.
Algún cursi del Gobierno que padecemos ha dicho que se está produciendo un «cambio de paradigma turístico». Los eufemismos suelen correr en paralelo a los malos gobiernos y a las malas políticas. Para no decir la verdad se acude al eufemismo. El problema no es de modelo: el problema es que España se ha vuelto cara, a causa de la inflación, y los sueldos son muy bajos.
Tampoco es ajeno a este desplome del consumo turístico el infierno fiscal al que nos tiene sometido el sanchismo. Lo cierto es que no aciertan a la hora de atender y servir a la ciudadanía. Una vez más, el modelo de la extrema izquierda se impone. Creen que con las migajas de 400 euros del bono cultural ya contentan a quien aspira a sentarse en una terraza no ya de Mallorca, sino de cualquier pueblo marinero del norte de España donde todavía hoy el menú del día es más barato que en otras partes.
Muchos españoles estas vacaciones se han quedado en casa. Dicen que está de moda. A mí no me disgusta siempre que sea porque te sienta bien esa forma de descansar en el paraíso de tu intimidad, y no porque –y esa es la realidad– somos mucho más pobres desde que llegó el sanchismo a nuestras visas.
Mañana, viernes, la España que pudo veranear lejos de su casa regresará. Le quedará el recuerdo agridulce de un buen verano, aunque cada día es más difícil de administrar. Con Sánchez, ni al pueblo podemos volver.
Nota final: se anuncian nubarrones en la gran industria del turismo español. Que no sea porque no se ha advertido. Ojalá nos equivoquemos. A mí no me gusta ser agorero, pero sepan que este verano no se desenvolvió como esperábamos.