Agustín Valladolid-Vozpópuli

 

En Las cuentas y cuentos de la independencia (Catarata, 2015), Josep Borrell y Joan Llorach concluían, tras un pormenorizado análisis de los datos macro, que el déficit fiscal de Cataluña sólo era del 1,5% del PIB, muy lejos del 8,5% con el que el nacionalismo se rasgaba las vestiduras. En 2021, últimos datos conocidos, Cataluña (8 millones de habitantes) aportó 2.168 millones de euros al sistema de financiación autonómica; Madrid (7 millones de habitantes) 6.313 millones de euros.

La Comunidad de Madrid es la región más solidaria de España. Se paga sus pensiones, gracias a un saldo positivo de 1.612 millones de euros, mientras a los jubilados catalanes hay que socorrerles debido al déficit de 4.794 millones que resulta de lo que cotizan los activos y cobran los pensionistas. Madrid aporta al Fondo de Garantía de los Servicios Públicos Fundamentales el 71% del total de los recursos que financian servicios que prestan otras autonomías de menor capacidad tributaria. Tres veces más que Cataluña. Pero para el nacionalismo, la maltratada es Cataluña.

Hace algunos años, el Financial Times publicó que para justificar su vocación independentista el gobierno de la región italiana del Véneto hizo público el ranking de los territorios europeos con mayor déficit fiscal. Lo encabezaba Lombardía, 11,5%. Detrás, Véneto (10,3%), Emilia Romagna (10,1%) y Estocolmo (7,6%). Pero la única expoliada (1,5%) era Cataluña.

Los legatarios de Artur Mas, un político tan incompetente como el Cameron del Brexit, han conseguido evolucionar la nefasta política del expresident hasta la categoría de desastrosa

En “La burguesía catalana. Retrato de la élite que perdió la partida” (Península, 2022), Manel Pérez recuerda que “la existencia de este déficit [se refiere a un supuesto déficit que cifra entre el 6 y el 10%] es la norma en las regiones más ricas del planeta; estas pagan más impuestos a sus Estados que las más pobres, y está plenamente justificada en función de sus niveles de renta superiores”. Pérez cita como ejemplos de esta práctica solidaria a Canadá, Reino Unido, Alemania y Francia. Y añade: “La polémica en el caso de Cataluña y España se centra en que se trata de un déficit ‘excesivo’”.

Ya hemos visto que de excesivo nada, pero ese ha sido el mensaje con el que el nacionalismo catalán viene alimentando su discurso secesionista, “España nos roba”, desde que en 2012 Mariano Rajoy, presidente de un Gobierno sin apenas capacidad de maniobra financiera, y que estuvo muy cerca, como Grecia y Portugal, de tener que aceptar un durísimo rescate, rechazó de plano el órdago fiscal de Artur Mas. El ex presidente catalán, un político tan medroso e incompetente como el David Cameron del Brexit, decidió eludir sus responsabilidades descargando en la calle el fiasco de una gestión vulgar que sus legatarios, en estos últimos años, han evolucionado hasta convertirla en desastrosa.

Porque, más allá de los demoledores efectos sociales y económicos del llamado procés, la Cataluña de hoy nada tiene que ver con aquella cuya aspiración mayoritaria, como recuerda Manel Pérez en su libro, “era justamente pilotar una reforma a la catalana del Estado español”. Cataluña fue durante mucho tiempo la posible solución y hoy, tras décadas de gestión nacionalista, es el problema. La Cataluña dinámica, innovadora, pujante y cosmopolita de finales del siglo XX, se ha transformado en una estructura extremadamente pesada, burocratizada, ideologizada y paleta.

La propuesta de un Concierto para Cataluña es una patada más a la bola de nieve de la incompetencia que muy probablemente acabaría derivando en un paso irreversible hacia la desconexión

Si Madrid se ha convertido en un territorio refugio, no es únicamente por méritos propios. Cataluña ha colaborado lo suyo. En 2013, el número de funcionarios autonómicos era similar en Cataluña y Madrid: alrededor de 160.000. Al cierre de 2023, diez años después, la Comunidad de Madrid emplea a 192.000 ciudadanos y Cataluña a 243.000. ¿Y la deuda pública? Madrid arrastra 37.000 millones frente a los 85.000 de Cataluña. De estos, la Generalitat tiene que decidir en breve la manera de amortizar 30.000 millones de aquí al 2028.

No parece, sin embargo, que la mejora de los servicios que una y otra prestan sea proporcional al crecimiento del funcionariado y la deuda en cada territorio. La realidad es que teniendo en algunas áreas problemas similares, como en Sanidad o en transporte de cercanías, en estos años el impacto de la acción política en la vida cotidiana de catalanes y madrileños ha sido muy desigual. Para desgracia de los catalanes, justo es señalarlo. Mucha embajada y poca inversión contra la sequía, por solo citar un ejemplo de la calamitosa gestión del nacionalismo.

Ahora, en vísperas de unas nuevas elecciones, la constante tendencia del nacionalismo a culpar a los demás de los problemas que no ha sabido resolver -práctica convertida en eje central de su política-, se consolida con la propuesta estrella de Pere Aragonès: la recaudación de todos los impuestos (menos las pensiones, qué casualidad) por parte de la Generalitat.  El Concierto/Cupo catalán. Otra patada más a la bola de nieve de la incompetencia que muy probablemente acabaría derivando en un paso irreversible hacia la desconexión. Una maniobra de marcado tono electoralista, impropia de una concepción política de izquierdas, que compendia lo peor del procés.

¿LibertéEgalitéFraternité? Más bien Arbitrariedad, Supremacismo e Insolidaridad.