FERNANDO VALLESPÍN-El País

  • La impresión que transmite el PP es que sigue preso de la perplejidad en la que le sumió el traspié del 23-J y anda como pollo sin cabeza tratando de reencontrarse

Todos sabemos más o menos lo que es el buen gobierno; hay incluso manuales que nos lo explican. Qué sea la buena oposición, la oposición eficaz, ya es mucho más difícil de concretar. Aunque creo que todos coincidiríamos en señalar que es aquella que no comete errores y se aprovecha de los del Gobierno. Si aplicamos esta máxima a nuestro principal partido de oposición, observamos que por ahora está lejos de cumplir con esa exigencia mínima. Es más, la impresión que transmite es que sigue preso de la perplejidad en la que le sumió el traspié sufrido en las elecciones generales, que anda como pollo sin cabeza tratando de reencontrarse. Lo curioso del caso es que ya tuvo el diagnóstico desde el día uno, no ignora las causas de la debacle; a saber, sus contubernios con Vox y el consecuente frenazo y retracción de los votos tránsfugas de un sector del electorado del PSOE. Bien es verdad, por utilizar una metáfora del tenis, que fue un error forzado por la astucia de Sánchez al precipitar la convocatoria de elecciones. El problema ahora es que está incurriendo en errores no forzados; es más, ante una situación ciertamente difícil para el Gobierno no parece dar con la tecla para extraer de ella todo el jugo posible.

Si nos fijamos en lo ocurrido una vez conocidos los pactos de investidura, llegaremos enseguida a la conclusión de que no fue tanto la actuación o el discurso de la oposición lo que puso en dificultades al Gobierno, cuanto la movilización de sectores de la sociedad civil ―colegios profesionales, discretos opinadores de diverso signo, intelectuales, etcétera―. La voz del PP, excluyendo las pataletas de Vox, se sumó a esta marea sin orden ni concierto. Se dejó arrastrar por ella sin saber bien cómo liderarla. Y, una vez puesto en marcha el proceso legislativo, sigue dando largas a la renovación del CGPJ, incluso con ese extravagante recurso al mediador europeo, o introduce una confusa propuesta para tipificar el delito de deslealtad constitucional. Esto último, además, teniendo que ir matizando una y otra vez aquello en lo que consiste. Cuando se presenta una propuesta hay que hacerlo de forma meridiana y contundente para evitar tener que volver sobre el mismo asunto. Con el agravante en este caso de que huele en exceso a una concesión a Vox.

Vox, Vox, el nombre de la pesadilla del PP. No saben qué hacer con él, pero sí les consta que es su auténtico punto débil; porque encaja perfectamente en el síndrome del ni-contigo-ni-sin-ti. Con el agravante añadido de que entre sus tutores mediáticos no hay tampoco acuerdo sobre cómo abordarlo. Por volver al símil del tenis, el Ejecutivo goza siempre de la ventaja del saque y la oposición se ve obligada a restar, es arrastrada siempre por la iniciativa del otro, que además le coloca las bolas siempre en el mismo lugar, en el ángulo muerto de Vox. A falta de una estrategia sobre cómo quitárselo de en medio, puede que lo más eficaz para el PP sea ignorarlo. Esto es, evitar la hiperbólica tarea de la confrontación frontal y la crispación y seguir la práctica de quienes tienen más experiencia en esto del Gobierno parlamentario, los británicos. Es decir, crear un Gobierno en la sombra, remangarse y ponerse a trabajar en serio presentando alternativas, haciendo propuestas sectoriales. Así tendrán al menos la posibilidad de hacer suya alguna vez la ventaja del saque. Ahora tienen una ocasión ante el decreto ómnibus que prepara el Gobierno. Eso sí, tiene que contar con los mejores, no con los que le sean más cómodos a Feijóo. Desde Casado, el PP ha sido incapaz de incorporar a los más capaces, es un partido sin notables, un equipo sin figuras. Y así no se ganan los partidos. Menos aún si quienes tienen enfrente les tienen pillada la estrategia.