- Lo decía alguien para quien la risa era el mejor regalo que se nos puede hacer.
Me ha costado acabar de leer Así que pasen treinta años, el último libro de artículos de Javier Marías, quizá por saber que ya no tendrá continuación. Quería alargar su lectura y degustarla mejor. Sobre la marcha, me decidí a escribir sobre este libro de forma fragmentada y acumulativa. Hace unas semanas, en plena lectura, incluí en uno de mis artículos unas citas extraídas de su pieza ‘El deseo de que todo esté mal’; un alegato en contra de la desesperanza programada por quienes exigen que sólo se enfoque lo aberrante y monstruoso.
Hoy voy a referirme a algunos de los artículos que publicó en sus últimos cinco meses de vida. En el que ha dado título al libro, declara que «algunas tristezas nunca se pasan y algunas personas nunca se olvidan». Lo decía alguien para quien la risa era el mejor regalo que se nos puede hacer. Sin embargo, la consistencia de unas emociones de estimación puede hacernos sentir un pesar que nunca se desvanece del todo ante una ausencia definitiva. Carme López, su mujer, ha referido en Duelo sin brújula (Reino de Redonda) cómo los muertos -máxime si han sido alegres, bondadosos y risueños, aún con facetas melancólicas- nos dejan solos en un desierto, sin mapa ni brújula.
Javier Marías evocaba a sus padres y a Juan Benet, personas inolvidables que le habían enseñado qué son la rectitud y la decencia. Un consuelo junto a una pena. También un recuerdo para los más de cien mil muertos en España por el virus del covid, cuando se rompió «el hilo de la continuidad de nuestras vidas». Una pandemia que apenas obligó a «reflexionar sobre la vida alocada y hueca que llevábamos», ni a distinguir lo que tiene importancia de lo que no.
En un relato sobre el señor Cotta, se advierte que «siempre se había querido tanto que nunca había sentido la necesidad de querer a nadie más». Por supuesto, se trata de un tipo que lamentaba los éxitos de sus amigos y, aunque fingiera ante ellos, celebraba íntimamente los reveses que pudieran tener. Se convirtió así en un artista de la falsedad que, totalmente ajeno al amor, «no le veía objeto a anteponer la felicidad de nadie a la suya propia».
Casi dos meses antes de fallecer, Javier Marías dedicaba un precioso y cariñoso escrito en reconocimiento a la señora que durante cerca de treinta años hizo la limpieza de su casa, Aurora. Pero también a la «amabilísima portera, Lola, y a su hermana Marimar», que la sustituían en algunas de sus tareas durante una baja forzosa: «Mil gracias a ellas dos también».
Y también en julio, publicó ‘Libros sin Feria’. En este artículo señalaba que era ya el cuarto año sin ir a firmar a la Feria del Libro del Retiro. Más allá de otras consideraciones, expresaba sinceramente gratitud infinita a todos sus pacientes lectores. En este mismo texto hay un largo párrafo que parece premonitorio de su desaparición del mundo de los vivos, de su dimensión terrenal:
«Estoy cansado, no de los lectores sino de mí mismo, tras cinco décadas de repetición, del mismo modo que me he aburrido de hablar de mis libros, están ahí y ya está. Mis entrevistas serán –ya son- escasas. Mis apariciones públicas están casi terminadas. Desde la infancia –mi padre era aficionado a las cámaras- detesté ser fotografiado, no digamos filmado; de esto tampoco habrá más –hay imágenes de sobra- tras tantísimos años de someterme a sesiones durante las que uno sólo sabe poner cara de palo».
Se trata de unas líneas que marcaban una tendencia irrevocable en su voluntad y que, penosamente, ha pasado a ser ya irreversible.
Me queda releerlo para disfrutar de su ingenio y de su talento, esperando que algo -siquiera sea una pizca- se me llegue a pegar, pues siempre creo que puedo hacerme un poco mejor y más agudo y perspicaz; espero no ser un iluso.