Luis Ventoso-El Debate
  • No lo queremos asumir ni encarar, pero hemos creado una arquitectura disfuncional, donde quien gasta no tiene la responsabilidad del ingreso

India es el país más poblado del mundo, con 1.476 millones de almas. Aunque somos tan miopes que ni les prestamos atención, los indios están teniendo un sensacional despegue, con una gran pegada en la industria del software, la farmacéutica y en la oferta de servicios internacionales. Se convertirán en un actor clave enseguida.

China tiene 1.400 millones de vecinos y poco hay que explicar: disputa un pulso con Estados Unidos en todos los frentes para intentar convertirse en la primera potencia y hasta aspira a exportar su modelo de autoritarismo político de hombre fuerte. Por su parte, los 341 millones de estadounidenses siguen viviendo en el país más poderoso del planeta, tanto militarmente como en patentes y en potencia económica, con ocho de las diez mayores empresas del mundo.

Esas tres potencias marcan nuestras vidas y competir económica y militarmente con ellas e influir en sus tomas de decisiones se torna harto complicado desde un país de 49,5 millones de habitantes, como España. De ahí que algunos sigamos pensando que la UE, con 450 millones de habitantes, es un proyecto muy necesario, a pesar de sus déficits de democracia y sus torpezas paquidérmicas. No nos convencen ciertas ilusiones autárquicas que se ofrecen como alternativa. Véase, por ejemplo, lo bien que le ha salido al Reino Unido el Brexit, que ha ralentizado su economía y ni siquiera le ha servido para controlar la inmigración irregular.

Si a España, un relevante país avanzado, le cuesta tener peso en el mundo y competir en la vanguardia actual, que es la asombrosa revolución de la IA, y en la –aterradora– carrera del rearme, ¿qué van a pintar las pequeñas regiones españolas en esa liza? Por eso es bastante ridículo y muy manirroto el modelo en el que hemos caído, con 17 comunidades autónomas que operan ya como si fuesen mini estados, con todos sus atributos, a excepción de una fuerzas armadas, la responsabilidad fiscal plena y la independencia formal.

En abril, Sánchez emprendió un viaje oficial a China, que mereció las críticas de la oposición. Pues bien, acto seguido volaba allí el presidente de la Xunta, en su propia misión comercial y diplomática. Imagínense a las autoridades chinas, con sus 1.400 millones de habitantes, preguntando a Rueda a cuántos ciudadanos representa (2,7 millones de gallegos, lo que equivale a un barrio pequeño de una ciudad china populosa). Ayuso se acaba de ir diez días a México en «viaje oficial». Cataluña tiene «embajadas» por medio planeta y sus consejeros viajan por doquier…

Cuando llegan las navidades, los mandarines regionales ofrecen sus discursos institucionales televisados como si fuesen Carlos III hablando al pueblo desde Buckingham. Los ciudadanos esperan largas listas de espera en una sanidad desbordada, en buena parte por el aluvión de la inmigración, pero cada región dilapida un dineral en televisiones autonómicas (que desvirtúan la democracia remando para el poder). Como el modelo territorial no está bien resuelto, cada vez que llega un desafío inesperado, un cisne negro, nos encontramos con disfunciones y peleas entre las administraciones. No hemos corregido nada tras la pandemia y la dana.

Nadie quiere asumir, y mucho menos encarar, una verdad incontestable: el modelo autonómico español está mal definido, no es ni arre ni so. Los padres constituyentes abrieron la mano en la idea de que así se aplacarían las tentaciones nacionalistas en Cataluña y País Vasco (y Galicia). Establecieron la absurda distinción de «nacionalidades» y «regiones», como si las Provincias Vascongadas tuviesen más personalidad o historia que Castilla o Aragón, sobre cuyos reinos se forjó nuestra nación. Luego vino el «café para todos» y acabamos en el descabellado modelo actual de los virreyes autonómicos y los 17 miniestados, que crean extrañamiento hacia la nación española y un sobregasto perfectamente evitable, pues muchas administraciones se duplican y se entorpecen.

El diseño autonómico que tenemos va además en contra de la responsabilidad contable, porque las autonomías gastan, pero el Gobierno central conserva casi la totalidad del ingreso. El viejo Fraga se pasó la vida clamando por una administración única, y tenía razón. El modelo español no es un modelo federal plenamente desarrollado, ni tampoco contamos con un eficaz Estado jacobino a la francesa. Se ha creado un híbrido, diseñado a trompicones, en buena medida a rebufo de la queja perpetua del separatismo. La verdad inconfesable es que no resulta eficaz.

Un amigo me contó que le obligaron a talar unos árboles en Galicia en una parcela costera de su propiedad. Para decidir cuáles en concreto había que cortar intervinieron la Xunta, la Diputación y Costas, que depende del Gobierno central. ¡Tuvo que interactuar con tres administraciones para cortar una docena de pinos! Nuestro modelo territorial es como una comedia negra de Kafka.