Miquel Escudero-El Correo
El médico austríaco Konrad Lorenz destacó por encima de todo como zoólogo y fundador de la etología (estudio del comportamiento de los animales). Llegó a militar entre los nazis y obtuvo una cátedra durante el III Reich. Fue enviado al frente ruso y estuvo cuatro años preso de los soviéticos, período en el que siguió trabajando como médico, y lo repatriaron en 1948. Cuando obtuvo el premio Nobel de Medicina, en 1973, expresó su pesar por haber redactado sus escritos sobre los peligros de la domesticación humana «con la peor terminología nazi». Falleció en 1989 y en sus últimos años de vida apoyó abiertamente al partido de Los Verdes.
El ejemplo de Lorenz da que pensar acerca de que los mejores, lejos de ser ‘perfectos’, intervengan en acciones que denigran la condición humana llegando incluso a comportamientos y actitudes crueles y brutales; o censurables por su cobardía al consentirlas y no boicotearlas. Alejado de posiciones puritanas, no se me ocurre renunciar a leerlo. Intentando ser ‘especialista de la no especialización’ he leído estos días ‘El todo y la parte en la sociedad animal y humana’; escrito en 1950, cinco años después del fin de la Segunda Guerra Mundial y del lanzamiento de dos bombas atómicas contra Japón.
En este ensayo reconocía una seria amenaza de aniquilación del género humano debido a una honda brecha entre el desarrollo de las armas y los mecanismos que inhiben su empleo. No obstante, él creía que «el esfuerzo humano colectivo hacia el conocimiento y la responsabilidad colectiva de todos los hombres» podrán restablecer el equilibrio roto entre los poderes exterminadores y las inhibiciones sociales.