Carlos Souto-Vozpópuli
- El sanchismo ha dejado de ser una táctica para convertirse en catecismo
Fue Moisés quien descendió del Monte Sinaí con las tablas de la ley y no fue San Pedro quien las redactó. El primero recibió los mandamientos; el segundo custodió las llaves del Reino. Pero en la política española las revelaciones no exigen precisión teológica, sino disciplina de fe. Basta con que alguien se arrogue las llaves. Y aquí también es Pedro quien las tiene. España no vive solo una legislatura tensa. Vive la consolidación de una doctrina. El sanchismo ha dejado de ser una táctica para convertirse en catecismo. No se limita a gobernar: interpreta. No administra: moraliza. Y como todo sistema de creencias coherente, necesita principios rectores. Mandamientos.
El primero de Pedro podría formularse así: “Amarás el poder sobre todas las cosas.” No como herramienta, sino como fin en sí mismo. El poder ya no es un medio para ejecutar un programa; el programa se reconfigura para sostener el poder. Las convicciones pueden evolucionar, las alianzas pueden mutar, las promesas pueden reinterpretarse. Lo único inmutable es la permanencia. “No tomarás tu palabra como vínculo permanente.” Así se enunciaría el segundo; siempre sin rubor. La hemeroteca es literatura comparada, no escritura sagrada. Lo que ayer era inaceptable hoy es imprescindible. La coherencia, en este evangelio, no consiste en sostener lo dicho, sino en sostener la mayoría. El tercero eleva el método a categoría teológica: “Santificarás el relato.” Antes que los hechos fue el relato. Y el relato estaba con Pedro. La realidad no se niega; se encuadra. Si un dato incomoda, se contextualiza. Si el contexto molesta, se redefine. Gobernar consiste, ante todo, en decidir cómo deben entenderse los acontecimientos. El cuarto, inseparable del anterior, proclama: “Honrarás a tus socios, aunque nieguen lo que eres.” La aritmética parlamentaria es la nueva Trinidad. No importa la distancia ideológica ni el proyecto de país incompatible. Importa la suma. La geometría sustituye a la filosofía. Y mientras el marcador dé 176, todo pacto es virtuoso.
El pasado como recurso estratégico
“No dimitirás jamás.” El quinto mandamiento es quizá el más transparente. La dimisión implica límite, y el límite es herejía. Cada crisis se convierte en prueba de resistencia; cada embate, en confirmación de destino. Retroceder sería admitir falibilidad. Y la falibilidad no forma parte del credo. El sexto introduce la dimensión moral del adversario: “Convertirás cada crítica en persecución.” No hay discrepancia legítima, sino conspiración. No hay control institucional, sino “lawfare”. El adversario no se equivoca: amenaza. Así, el pluralismo se reduce a un duelo entre iluminados y reaccionarios, entre progreso y oscuridad. El séptimo celebra la liturgia del aparato: “Multiplicarás ministerios y decretos.” La expansión institucional es señal de acción. Más estructuras, más anuncios, más marcos regulatorios. Como los panes y los peces, el Estado se reparte entre fieles y aliados. Donde hay cargo, hay lealtad; donde hay decreto, hay relato. “Reescribirás la memoria cuando convenga.” El octavo mandamiento de Pedro revisa el pasado sin complejos: Pactar con quienes ayer eran inaceptables se convierte en responsabilidad histórica. Indultar lo que antes se condenaba pasa a ser convivencia. El pasado no es una referencia fija; es un recurso estratégico. El noveno introduce la indulgencia moderna: “Indultarás para salvar la legislatura.” La amnistía deja de ser excepción para convertirse en herramienta. No se trata de cerrar heridas, sino de asegurar mayorías. La justicia se integra en la ecuación parlamentaria. La redención es política. Y el décimo, el más revelador, sintetiza el conjunto: “Sobre esta piedra edificarás tu permanencia.” No el partido. No el país. La permanencia. El proyecto no trasciende al líder; el líder absorbe al proyecto. La organización se adapta a su figura, no al revés.
La sacralización del poder
Hasta aquí la ironía. Pero el fenómeno merece algo más que sarcasmo. La política siempre ha sido negociación, cálculo y adaptación. Lo novedoso no es la flexibilidad, sino la sacralización del poder. Cuando cada decisión se presenta como moralmente superior, cuando cada giro se reviste de inevitabilidad histórica, la política deja de ser gestión imperfecta y se convierte en doctrina revelada. La fe tiene una ventaja: no necesita demostración empírica. Basta con creer. Y el sanchismo ha conseguido que cada contradicción parezca evolución, que cada concesión se interprete como audacia, que cada tensión institucional se presente como reforma valiente. Todo encaja dentro del mismo marco, porque el marco no admite revisión. Pero una democracia no es una iglesia. No se organiza en torno a la infalibilidad de un líder, sino en torno al debate constante sobre sus decisiones. Cuando la política se convierte en credo, el adversario deja de ser necesario y pasa a ser sospechoso. Y cuando el discrepante es tratado como hereje, la crítica deja de mejorar el sistema: pasa a amenazarlo. San Pedro custodiaba, según la tradición, las llaves del cielo. Este Pedro administra otras llaves: las del relato que absuelve, las del indulto que recompone mayorías, las de la supervivencia parlamentaria. No abre puertas celestiales; mantiene cerradas las de la retirada.
El Evangelio según Pedro no inquieta por tener mandamientos —el Evangelio bíblico no los enumera, mientras que el Éxodo sí los contiene—, inquieta porque no admite tablas alternativas. Porque convierte la política —que debería ser deliberación imperfecta y temporal— en verdad revelada y permanente. Las tablas de piedra eran, al menos, visibles. Se podían romper. Los mandamientos políticos, en cambio, se escriben en el aire y solo sobreviven mientras nadie se atreva a cuestionarlos en voz alta.