Isaac Blasco-Vozpópuli
- En la duermevela de su celda en Soto del Real puede que el exministro piense que 45 muertos son una razón más que poderosa para dimitir
José Luis Ábalos ha sido “maestro escuela” -como él mismo se definió hace años en un ‘canutazo’ con periodistas para marcar distancias con las grimosas ínfulas académicas de Pedro Sánchez y su tesis plagiada-, cooperante y asesor en Colombia y Perú, concejal, jefe de agrupación local del PSOE valenciano, conspirador vocacional de tretas desembocadas en conmociones políticas de primer orden en la historia reciente de este país, doctor Frankenstein del aún jefe del Ejecutivo, ministro-bombero durante el llamado ‘Gobierno bonito’ de Sánchez. Y, ahora, es exdiputado.
Sin embargo, el frío en Soto del Real, la rutina, sus 66 años y un horizonte negro, le recuerdan que, hoy, sobre todo y ante todo, no es más que un reo: digno hasta tenerse a sí mismo por un preso político; cabal, consecuente, pero sobre todo consciente de los errores acumulados y, sobre todo, de la extraordinaria dificultad de, a estas alturas, revertirlos.
No hay vuelta atrás. La renuncia al escaño no supone favor alguno al PSOE y a sus equilibrios parlamentarios de funambulista: entre un sí y una abstención de un Junts que supuestamente está en el no, ¿qué más dará? Su decisión de dejar de ser diputado tiene que ver más con la necesidad de reconducir una situación desoladora que con mantener el último hilo de complicidad con sus antiguos correligionarios.
En sus muchas horas de asueto en la cárcel, el exsecretario de Organización socialista hace tres cosas: leer, fumar y ver la televisión, casi siempre programas de actualidad y, en ocasiones, documentales de esos de ñus en el Altiplano que emiten en La 2 de TVE.
Ábalos piensa en Óscar Puente y concluye que él fue mucho mejor ministro de Transportes que alguien empeñado en lo que frustró lo ocurrido el pasado 18 de enero en Adamuz: convertirse en el ‘puto amo 2.0′
El escaso tiempo que se reserva para para darle al magín, lo dedica a partes iguales a indignarse y lamentarse de su estado: piensa en Óscar Puente y concluye que él fue mucho mejor ministro de Transportes que alguien empeñado en lo que frustró lo ocurrido el pasado 18 de enero en Adamuz: convertirse en el ‘puto amo 2.0.’
Ábalos no es un santo, ni siquiera un beato. Pero su imagen de destripaterrones, deliberadamente distorsionada por medio de una estrategia de linchamiento político y social, es tan irreal como pensar que encarna la imagen viva de Fray Leopoldo de Alpandeire, el capuchino venerado por los granadinos.
Aspira a salir del agujero pese a ser del todo consciente de los muchos errores de estrategia en que ha incurrido durante su proceloso periplo procesal y la conflictividad que ha marcado sus relaciones con sus sucesivos abogados.
El problema es que Ábalos se siente inocente, y de hecho sus miras se proyectan hacia el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo, porque -y de ahí no hay quien lo saque- se siente un preso político.
En este punto, cuando no ve documentales de La 2, hace balance de sus tres años de ministro: liberalización de la Alta Velocidad sin traumas, el empeño en garantizar la independencia de las comisiones de investigación sobre accidentes, regulación eficaz del sector del taxi, eliminación de peajes de las autopistas y ninguna tragedia que lamentar en su gestión.
Tras apagar el monitor, se mete en el camastro. En la duermevela, puede que piense que 45 muertos son una razón más que poderosa para dimitir.