- Según las últimas encuestas Abascal experimenta una fuerte subida y está ya en 70 escaños… los mismos que logró Pablo Iglesias en 2016
Alas clases medias de EE. UU. y Europa nos toca vadear la época en que la prosperidad se está mudando a Asia. Ellos van a más, pero nuestro poder adquisitivo ha menguado, a diferencia del feliz despegue que disfrutaron las generaciones occidentales de los sesenta y setenta. Además, muchos ciudadanos se sienten parias postergados, excluidos de las promesas de la globalización y la digitalización.
Ese estancamiento alimenta un malestar enconado y muy comprensible, que se agrava con el brusco cambio del paisaje de nuestras calles ante una masiva irrupción de inmigrantes, con los consiguientes problemas de adaptación y una mayor carga en los servicios sociales. Los partidos clásicos y más o menos moderados no acaban de dar respuesta a ese creciente desasosiego (y es que resulta casi imposible paliar un cambio de era como el que vivimos, el del auge de China y el declive de Europa). Parte del público abraza entonces respuestas rotundas, sencillas y efectistas. ¿Por ejemplo? El Brexit, Trump o el ascenso de partidos populistas de derecha e izquierda.
Tras los dolores sociales de la Revolución Industrial y la sacudida del colapso de 1929, parte de Europa reaccionó abrazando ideologías utópicas con solución para todo. Elio Gallego, en un magnífico artículo en El Debate de las Ideas, hablaba ayer de ciertas formas de pensamiento «que se creen con el poder de transformar la realidad, ya sea en sus dimensiones más sociales y políticas o en las más propiamente humanas y personales». Por desgracia, en los años treinta esa pulsión utópica se tradujo en las fórmulas totalitarias del comunismo, el fascismo y el nazismo.
Ante el malestar actual no han surgido en Occidente, al menos por ahora, partidos de respaldo amplio de carácter autoritario. La izquierda miente cuando tacha de «ultras» a lo que son simplemente formaciones conservadoras que abogan por una vuelta nacionalista al terruño y adoptan unas estrategias escénicas efectistas, de cierto sesgo antisistema y siempre en pose de «yo poseo la verdad absoluta y encarno al pueblo».
Estos nuevos partidos, adjetivados como «populistas», son muy diferentes de los radicalismos de los años treinta, porque respetan el marco democrático –aunque lo tensionan al máximo– y rechazan la violencia como arma política.
Cuando mayor es la tensión económica y política, más sube el apoyo a los nuevos partidos tajantes, que en España nos prometen, por ejemplo, acabar con «la casta», o con «el régimen del 78», para arribar a un paraíso que dejará atrás el infierno creado por «el bipartidismo corrupto».
Cuando ves que la compra te cuesta un riñón, que tus hijos tienen dificilísimo comprarse un piso y sus sueldos son rácanos, cuando ves al partido que más tiempo nos ha gobernado rendido al separatismo, o cuando las chilabas llegan a tu vecindario y empeora la convivencia… entonces muchos ciudadanos desean –y están en su perfecto derecho– zarandear al poder con la marca política más contundente que encuentran, aunque abuse de la brocha gorda y les prometa lo que no podrá dar.
Los temblores de la crisis de 2008 voltearon el tablero político español y nos trajeron una sopa de letras, que unos consideran oxigenante y muy positiva y otros, la fuente de inestabilidad que nos ha conducido… a Sánchez. El enojo por la durísima resaca de la crisis subprime fue la ola sobre la que despuntó Podemos. En las generales de 2016, cuando Iglesias iba a «conquistar los cielos», obtuvieron 71 diputados. Hoy la bancada podemita cabe en un taxi (cuatro diputados) e Iglesias ejerce de tertuliano y tabernero.
Esto es muy largo. En la primavera de 2019, el PP estuvo en riesgo de diluirse en la irrelevancia, pues con el experimento Casado se despeñó y se quedó en solo 66 diputados. El dotado orador Albert Rivera logró 57. Muchas «voces autorizadas», entre ellas Cayetana, daban entonces por descontado que Ciudadanos superaría al PP y Rivera llegaría a la Moncloa. Hoy CS no existe y Riverita anda entre la abogacía y el ¡Hola!.
Vox disfruta un momento dulce, porque forma parte de una ola en boga, la de un conservadurismo de discurso fuerte y mirada nacionalista, que ofrece dar la batalla ideológica contra la izquierda y su wokismo, plantarse contra el separatismo y el desarraigo globalista, poner coto a la inmigración y dar soluciones económicas a unas clases medias hoy tocadas (aunque no acaban de concretar cómo y con qué dinero, porque probablemente no saben cómo hacerlo).
Es una oferta atractiva en tiempos de incertidumbres y cada vez seduce a más gente. Han ascendido a los 70 escaños según los sondeos, ayudados también porque el PP ha desatendido el caladero de la derecha moderada al pasarse a un difuso híper centro (que le ha servido para revertir la calamidad del inseguro Casado, pero que le está abriendo un boquete a estribor).
Vox va muy bien desde que por tacticismo electoral abandonó los gobiernos de coalición y volvió a predicar desde la barrera, sin retratarse en la gestión real. Pero con toda su crecida obtendrían los mismos escaños que Podemos en 2016. Las próximas generales no son todavía las suyas. Así que no estaría mal que aceptasen colaborar con el PP para echar juntos a Sánchez, un desafío urgente, y a continuación desmontar mano a mano su tenebroso legado.
No lo veremos. Seguirá el festival de tortas, al menos mientras no cambien los líderes de ambos, que tampoco son exactamente Roosevelt y Adenauer.
Y con todo, Sánchez caerá, porque está achicharrado (salvo una rareza en la jornada electoral de índole inimaginable).