Luis Ventoso-El Debate
  • Todo palacio tiene su espectro y en algunas noches de canícula, los guardias creen escuchar en la primera planta los compases de ‘La danza de las chirimoyas’ tocada de manera frenética

Alguien tendría que escribir un libro –seguro que existe ya alguno– sobre tantas historias extraordinarias protagonizadas por memorables maestros del piano.

Mi pianista favorito calculo que es el estadounidense Keith Jarrett, de 81 años, cuyos dedos mágicos y precisos recorrieron desde el jazz hasta el clasicismo espiritual de Bach y Arvo Pärt, pasando por sus increíbles discos de improvisación en directo.

En 1975, Keith llegó a Colonia griposo, desganado e irritado porque no le habían ofrecido un piano de la marca que demandaba. Una chica de un club de jazz de la ciudad alemana lo presionó hasta el hastío para que saliese a tocar. Keith acabó transigiendo a regañadientes y se subió al escenario. Aquella grabación resultó un pequeño milagro, el celebérrimo Köln Concert, que se convertiría en el disco de piano más vendido de la historia. Jamás te cansas de escucharlo. En 2018 llegó la hora de bajar la tapa. Jarrett se tuvo que apartar del teclado tras dos ictus que le paralizaron el lado izquierdo del cuerpo. Es como si Messi ya no pudiese patear un balón.

El piano está lleno de héroes. El genio romántico Chopin agonizando por la tisis en su apartamento de París, mientras todavía se las apaña para componer ante el teclado su obra final, la melancólica Mazurca en Fa Menor, que son las notas de un hombre que sabe que la vida se le escurre sin remedio. O la tenacidad de Paul Wittgenstein, el hermano del filósofo de aire profético, que perdió un brazo en la Primera Guerra Mundial, pero que siguió tocando con el otro, y hasta consiguió que Britten, Ravel, Strauss y otros talentos le compusiesen piezas para su mano izquierda. Y por supuesto las mil anécdotas del prodigioso canadiense Glenn Gould, con su velocidad de vértigo sin fallar jamás una nota y su colección de excentricidades locuelas. O el lirismo impresionista y melódico de Bill Evans, que pasó de una formación clásica y de una pinta de oficinista encorbatado de gafas de burócrata a convertirse en un gato del jazz genial, pero destrozado por la heroína.

Me acuerdo hoy de mis héroes del piano porque estos días se cuenta que a veces, en las horas más quedas de la madrugada, unas notas lánguidas y angustiadas llegan a escucharse a orillas de la A6, allá por su arranque monclovita.

Raro es el palacio que no cuenta con la leyenda de un fantasma. La Moncloa no es una excepción. Los guardias de las garitas aseguran que durante horas y horas suena sin parar un piano, que aporrea nervioso en una sala de la primera planta un espectro al que nadie ve, un músico de larga formación y bajo éxito, de 52 años de edad, alto, de rostro tenso y con una poderosa mata de pelo revuelto que cae hacia su frente engruñada.

Para relajarse, el Fantasma de la Moncloa ha intentado tocar las Variaciones Goldberg, o algunos pasajes del Concierto para Piano número 2 de Rachmaninoff. Pero el reto superaba sus capacidades. Ahora repite de manera obsesiva una única melodía. Por curiosidad, un guardia la ha grabado con una de esas aplicaciones que identifican las tonadas. La pieza, un poco chirriante, al parecer se llama La danza de las chirimoyas y asegura que es de su autoría (aunque algunos señalan que se la guindó a un compositor cubano).

El Fantasma de la Moncloa toca atenazado por los nervios, pues pesa sobre él una inminente sentencia en relación con un enchufazo inducido por el hermano que fraternalmente lo mantiene oculto en Palacio. El Fantasma de la Moncloa sabe además que está bailando en el alambre con Hacienda, porque es un poco raro asegurar que eres residente fiscal en Portugal y en realidad vivir escondido en Madrid, para más señas, en la residencia del presidente del Gobierno.

Corren tiempos inciertos, hay muchas tormentas en lontananza. Para relajarse, el Fantasma de la Moncloa deja que sus dedos corran libres por el teclado. Pero percibe que lo que le sale de dentro al improvisar es una música desoladora, que muy bien podría titularse Tocata y fuga de una panda de arribistas . Es la suite de la corrupción, también conocida como La Patética.

En una alcoba del palacio, una voz femenina chilla enojada: «¿Pero es que no pintas nada? ¡Cómo puedes tolerar que no me dejen ir a Ankara! ¿Para qué me sirves?». El músico suspira, «ay, qué familia, si lo llegó a saber me quedo en San Petersburgo».