Antonio Rivera-ElCorreo

  • El discurso del primer ministro canadiense Mark Carney duró dieciséis minutos y se hizo inmediatamente viral

Davos, como siempre, escenario de discursos y negociaciones. De estas todavía no sabemos nada cierto, porque ni la supuesta solución para Groenlandia de Trump y Rutte, ni la negociación acerca de la invasión ucraniana, ni la fantasmagórica Junta de Paz sustitutiva de las Naciones Unidas han deparado más que el título y la intención. Sobre las tres crisis planea la incertidumbre y todo sigue siendo posible: Davos no ha pasado de ser un regate diplomático más.

No ocurre lo mismo con los discursos, que no se han quedado en la retórica, sino que expresan una capacidad performativa de la opinión pública y de la postura de los países. Se han destacado dos. El de Trump fue hora y media de amenazas, falsedades, insultos y demostraciones de ignorancia. No sorprendió. Sí lo hizo su vecino canadiense, el primer ministro Mark Carney. La pieza duró dieciséis minutos y se hizo inmediatamente viral. Hablaba del final de un tiempo presidido por la grata ficción de la diplomacia, de las formas. Un tiempo que no evitó el poder de los poderosos, pero que sí lo embridó y contuvo hasta lo posible. Llamaba a no engañarse, a esquivar la nostalgia y a armarse de valor y recursos para sobrevivir a una realidad nueva y palmaria donde Estados Unidos ya no es aliado, sino potencial enemigo.

Habló de las potencias medias, de países como el suyo o el nuestro y tantos más, que poseen en conjunto valores y recursos para enfrentar la emergencia de imperios depredadores. Y señaló el camino: no vale ya con mantener la ficción servil, porque el poder despótico «no proviene de su verdad, sino de la disposición de todos a actuar como si fuera cierto». Y la grata ficción anterior ya no es cierta.

El vecino canadiense ha enseñado los dientes, a la vez que lo hacían los europeos, haciéndole ver al friki estadounidense que también sabemos aplicar aranceles agresivos o suspender relaciones comerciales históricamente privilegiadas, o coquetear con el imperio de enfrente para empatar en ese sistema de negociación extrema. Que no sólo él lo sabe y puede hacer. El último sondeo de la opinión pública europea (Eurobazuca) indicaba un vuelco favorable a esa respuesta de fuerza. Los análisis internacionales se llenaron de términos como deterioro, debilitamiento o crisis para referir la reacción norteamericana. Su presidente ha cambiado el discurso sobre Groenlandia -que no sobre Europa- y, de momento, no habla de ocupación territorial, invasión o adquisición por la fuerza y sí de negociación de su presencia militar en ese territorio.

Es pronto para valorar la efectividad del cambio de postura europea; de un día para otro puede mutar también el criterio y la acción del hegemónico yanqui. Pero Carney lo ha dejado claro poniendo a todos en su sitio. No podemos esperar nada de palanganeros como Mark Rutte, ni esperar la conformidad de países europeos que operan como caballo de Troya, ni respaldar la parsimonia de los dirigentes comunitarios. Trump ha enfadado a los europeos -y a otras potencias medias aliadas, como Canadá- y estos lo han dejado ver. No es seguro que vaya a ser esa la solución definitiva a la amenaza, pero de momento es la más efectiva para defender nuestros valores y nuestros intereses. Y todo sin citar Múnich, ni la política de apaciguamiento, ni los Sudetes; solo a Tucídides y, especialmente, a Václav Havel y al presidente finés Stubb (del Partido Popular europeo).