Gorka Angulo-El Correo

  • La isla registra la mayor crisis humanitaria de su historia y de la de América

Dos meses después de la histórica operación militar estadounidense en Caracas que consiguió la extracción de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, Venezuela sigue sin diseñar o iniciar una transición que ponga fin a la narcodictadura chavista. La siguiente pantalla del Departamento de Estado norteamericano (DOS) es Cuba, donde la gerontocracia comunista ha empezado a tentarse la ropa al observar la vulnerabilidad de sus cuerpos militares de élite (‘Avispas Negras’) y de sus servicios de inteligencia frente a la apisonadora estadounidense.

Cuba es hoy un país en bancarrota absoluta con una deuda externa que supera los 46.000 millones de dólares, sin posibilidad de crédito exterior por ser pésimos pagadores, con un sistema comunista colapsado en el que solo sobrevive el macroholding Grupo de Administración Empresarial SA (Gaesa), epicentro de la corrupción de la dictadura en manos de los Castro y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). El Estado fallido está generando la mayor crisis humanitaria en la historia del país caribeño y de América. Los cubanos intentan sobrevivir cada día en medio de un crack total, presente desde antes del comienzo de la segunda Administración Trump, marcado por el desabastecimiento de agua potable, alimentos, medicamentos y energía eléctrica.

El país está en condiciones de supervivencia extrema, porque todo se ha desplomado simultáneamente: provisión de servicios básicos, sistema productivo y sistema energético. Añadimos a eso el refuerzo del aparato represivo gubernamental contra el pueblo al que dicen representar. Ya no funciona el aparato propagandístico de manipulación emocional y los cubanos se informan por una improvisada prensa independiente que neutraliza el recurrente relato oficial del bloqueo desde 1960. Los clásicos carteles con las consignas de la Revolución compiten ahora con carteles, mensajes y pintadas que expresan el hartazgo contra un sistema que únicamente ha sido capaz de repartir la miseria gestionada por una monarquía comunista como la de Corea del Norte.

El Departamento de Estado tiene un objetivo claro en la isla caribeña: estrangular el oxígeno económico y energético de la estructura mafioso-militar gobernante para obligarla a negociar en una nueva versión de la ‘doctrina de la fruta madura’ del presidente John Quincy Adams hace dos siglos. El gran arquitecto es Marco Rubio, cuyos enteros cotizan cada día al alza en la carrera por la sucesión de Trump frente al vicepresidente Vance. Rubio es el primer político que en medio siglo ocupa simultáneamente los cargos de secretario de Estado y consejero de Seguridad Nacional, y en su designación recibió el respaldo unánime del Senado (excepto su voto). Su visión sobre Cuba está totalmente condicionada por la Pequeña Habana de Miami y su entorno familiar (es hijo de exiliados). Quizá la narrativa del exilio cubano (y venezolano) en Florida podría servirle para una mayor compasión y humanidad en las políticas migratorias de Trump, donde rigen las restricciones que nunca se aplicaron a los padres de Rubio, en una situación similar durante casi veinte años.

El nuevo escenario geopolítico obliga a los mandatarios cubanos a una negociación por su debilidad interna y la ausencia de aliados exteriores, con Pekín y Moscú mirando a otro lado como con Venezuela e Irán. Hay imágenes impactantes que los europeos de cierta edad todavía recordamos y que EE UU quiere evitar a cualquier precio. En diciembre de 1989, el final del dirigente comunista rumano Nicolae Ceausescu, desde que ordenó al Ejército y a la Securitate disparar contra la población civil que se manifestaba hasta su condena a muerte, mientras las cámaras de televisión filmaban cada minuto. Recordemos también, el 8 de agosto de 1991, una de las primeras crisis de refugiados en Europa desde Durrës (Albania). El ‘Vlora’, un buque atestado con 18.000 improvisados pasajeros en las cubiertas, encaramados en sus mástiles o colgados de las maromas, huían a Italia del colapso del sistema comunista y de la escasez de alimentos.

La distancia marítima entre Cuba y Estados Unidos es menor que entre Albania e Italia, y basta darse una vuelta por el Museo de Historia de Miami para comprobar qué medios flotantes se han utilizado a la desesperada por cubanos para cruzar el estrecho de Florida hacia EE UU. A pesar del cierre de la vía de los balseros, el ingenio cubano es impredecible y los datos son claros: entre 2021 y 2023 emigraron desde Cuba a EE UU alrededor de 450.000 cubanos (4% de la población). Una sangría en la que han huido 70.000 profesionales sanitarios. Por ello creo que es necesario que el Departamento de Estado negocie aunque sea con un nieto de Raúl Castro, con cierto aire de Porfirio Rubirosa, y sin intervenciones de terceros que presten salvavidas a un régimen que da sus últimas bocanadas.