Ignacio Camacho-ABC

  • La falta de comprensión lectora y científica es una tara nacional dramática. El fracaso de la enseñanza augura el de la democracia

En una sociedad consciente de sus problemas, la educación sería una de las tres principales preocupaciones mencionadas en las encuestas junto al empleo y la vivienda. Casi nunca, sin embargo, figura entre las diez primeras, dato susceptible de interpretarse como que se trata de una demanda razonablemente satisfecha. O acaso como que el hundimiento de nuestra escuela, registrado con contumacia en los rankings de la OCDE, no nos inquieta. En cualquier caso la realidad es terca: los estudiantes españoles llevan un retraso de aprendizaje equivalente a dos años respecto a otras naciones europeas. Lo que significa que estamos formando a una generación en la incompetencia y creando las bases de una democracia ignorante, sin pensamiento crítico, es decir, imperfecta.

También los medios de comunicación nos hemos acostumbrado a esa funesta rutina, quizá porque el descalabro de la instrucción pública dejó hace tiempo de ser noticia. Pero el tema de debate más importante de estos días es o debería ser el bochornoso resultado español en el último informe PISA. Por encima de la suspensión de la ley de nietos, por encima de los escándalos de corrupción que investiga la justicia, por encima de las fichas con que Marlaska se dedica a sexar ideológicamente a los periodistas, por encima incluso de la crisis la Ceuta: por encima de cualquier avatar de la política. El interés objetivo de esos asuntos palidece ante la catástrofe nacional de una juventud sin comprensión lectora ni aritmética ni científica.

Porque estamos ante el aviso desoído de un futuro dramático. El proceso de destrucción de la enseñanza está condenando a los jóvenes al fracaso en la vida y por supuesto en el cada vez más globalizado mercado de trabajo. Y eso es un problema político, una cuestión de Estado, más allá de si la culpa del desplome es de las pantallas digitales, de las lenguas vernáculas, de la diversidad social, de la inmigración o del marasmo burocrático que desmotiva al profesorado. Todo esto influye, claro, pero el factor decisivo es la irresponsabilidad de una clase dirigente cruzada de brazos ante la evidencia de que la media de los alumnos se atasca al leer y no se sabe resolver elementales problemas de cálculo. De ortografía y sintaxis mejor no hablamos.

Qué podía salir mal cuando bajo el principio de «no dejar a nadie atrás» se promulgan leyes que permiten pasar de curso y de grado con medio currículo suspenso. Cuando se suprimen o se minimizan los deberes y se desdeñan las notas como prueba de conocimiento. Cuando las autoridades y las familias compiten a la hora de despojar de autoridad a los maestros. Cuando el concepto de equidad sirve de pretexto para estigmatizar la excelencia y desestimar el mérito académico. Cuando el facilismo y el énfasis en los aspectos socioafectivos incentivan la falta de esfuerzo. Cuando el sistema entero está construido sobre un dogmatismo pedagógico irredento. Cuando nadie se toma en serio lo que de verdad está pasando al otro lado de las puertas de los colegios.