Irene González-Vozpópuli

  • Nos han condenado a una carrera sin frenos en la que los españoles seremos minoría en nuestra propia tierra en pocos años

La generación que vivió la Transición española y la elevó a los altares indiscutibles de nuestra vida pública llegó al poder demasiado joven gracias a que los procuradores de las Cortes franquistas dimitieron en bloque para dejar paso a la siguiente generación ante la llegada de un nuevo tiempo para España. Esa generación que llegó tan pronto (y sus sucesores no cambiaron nada salvo para estropearlo) aún no se ha ido del poder. Siguen dictando la política aunque no sean ellos los que sufran las consecuencias, sin permitir ese imprescindible relevo generacional.

También es cierto que la falta de talento de quienes han puesto como sucesores recuerda a cuando Aznar nombró a Rajoy. Esta imposibilidad de que la generación del relevo pueda participar en la tarea de escribir la historia de España que le corresponde a su tiempo implica una castración existencial y de vida de esos hijos a los que no se les ha permitido participar en el espacio público salvo para aplaudir a quienes los precedieron, para repetir todos los mantras que siguen dictando como si no hubiese cambiado el mundo más estos años que en los últimos cien. Sin poder plantear las reformas necesarias para la supervivencia de la patria. No me malinterpreten, el relevo generacional al que me refiero es principalmente intelectual y moral, de actitud, de carácter forjado en el abismo de pasar de esperarlo todo a saber que no tendrán nada y deberán luchar para garantizar una supervivencia nacional, un momento tan crítico como Covadonga.

Reformas pendientes

¿Cuál ha sido el coste de oportunidad para España, para esa generación que fue joven hace pocos años y que es incapaz de hacer esas reformas y que ahora paga las consecuencias de que no se haya podido cuestionar los grandes mantras de un sistema político antinacional? Hace tres años, en esta columna, planteé la necesidad de que la derecha liderase reformas constitucionales y no fuese un tabú que sólo podía plantear la izquierda para ahondar en la destrucción nacional. No se han podido plantear reformas en vivienda, en suelo, en energía, en industria, en infraestructuras hidráulicas, en ley electoral, en política exterior, en acuerdos con la UE, en sanidad, en educación, en absolutamente nada salvo para destruir todas y cada una de las grandes fortalezas de España. Décadas perdidas porque la izquierda y los secesionistas subestatales destruían España, y el centro derecha consolidaba la zanja hacia el abismo. Y aquí nos hallamos ante la gran cuestión de nuestro tiempo, la inmigración masiva, de la que no quieren escuchar medidas de reforma sin insultos o descalificaciones, sobre el nuevo y más grave problema para España, que a todo afecta, por lo irreversible de sus consecuencias y que nuestra generación y las siguientes son las que sufrirán sus consecuencias.

Más de la mitad de los extranjeros asentados en España llegaron después del 2020. Si usamos cifras oficiales, menores que las reales, eso es más de un millón de personas al año, incluyendo los dos primeros en los que no se podía viajar. Echen cuentas y entiendan que España sufre el mayor reemplazo poblacional de la historia. Por comparar, en Alemania entraron dos millones de refugiados en dos años en un país de 80 millones. Nos han condenado a una carrera sin frenos en la que los españoles seremos minoría en nuestra propia tierra en pocos años. La tensión demográfica y social provocada por un desembarco sin control, principalmente desde Sudamérica y parte de África, ha colapsado todos los servicios públicos y expulsado de la posibilidad básica de una vivienda a dos generaciones (y subiendo) de españoles tras la crisis del 2008.

Servicios para todos

Esa generación espiritual que se ha resistido a cualquier cambio político en España abraza ahora, sin embargo, el peor cambio posible, el de mayor gravedad y el único irreversible. Ser sustituidos por la inmigración masiva. Muchos, para proteger este cambio poblacional, indican de forma legítima la siguiente cuestión: “Necesitamos inmigrantes, ¿quién hará los trabajos?”. Ante esta cuestión es necesario plantear las respuestas y las reformas necesarias que exige ese sistema de fronteras abiertas, como los servicios públicos para todo el mundo que ahora paga el español autónomo.

En primer lugar, el argumento moral. España y Europa no fueron construidas por inmigrantes, sino por nuestros antepasados, por españoles. El mundo, la civilización a la que anhelan venir desde el Tercer Mundo no la construyeron ellos, sino nosotros. Gente que viene de lugares fallidos y no por el clima, sino porque sus sociedades no fueron capaces de crear lo que nuestros antepasados levantaron, lucharon y mantuvieron a un alto precio de sangre en tantas ocasiones. Así que esto es nuestra herencia que no puede ser despedazada para todo el globo.

Retorno del talento en fuga

En segundo lugar, es necesario que haya un ajuste en el mercado laboral para atraer a los nacionales a determinados empleos, que no haya tantas personas aceptando salarios ligeramente superiores a los de Bolivia algo ayudaría. Incentivos fiscales al retorno de talento español. Se necesita que la educación nacional se oriente a las necesidades productivas del país como se plantea en Asia.

En tercer lugar, la inmigración necesita ser ordenada y controlada. Para hacer el imprescindible ajuste que nos mantenga como pueblo mayoritario de España se pueden plantear reformas de cuotas de inmigrantes con permiso de trabajo. Se pueden plantear topes de entrada por sectores con un permiso que finalice al terminar su trabajo, con ciertas facilidades para el inmigrante de alto valor educativo. No puede ser que cualquiera que llegue a Barajas y monte en una bici de Glovo ya pueda traerse a toda su familia, primos incluidos, directos al sistema de asistencia social y en dos años votar en las elecciones generales. Es urgente que el Estado del bienestar sólo sea para españoles. La prioridad nacional es prosperidad y justicia social.

Un modelo destructor

Nadie se pregunta por el coste de oportunidad de la inmigración masiva tercermundista a nuestro país. En Francia se destinan 15.000 millones en asistencia social solo a extranjeros sin nacionalizar. Hay que cortar esto de raíz. Es enorme la cantidad de energía y dinero que podríamos destinar a las reformas que necesitamos, a invertir en desarrollo tecnológico. Un sistema productivo basado en mucha mano de obra de poca cualificación y sin apenas control en un mundo donde la IA lamina empleos y, en breve, los robots podrán hacer tantos, no es un modelo productivo, sino un modelo destructor del futuro de España.

Ha llegado el momento de reformarlo todo. Que por una vez se haga por aquellos que aman España no tanto porque es lo único que nos queda, sino porque todavía es posible construir un país viable y próspero. Prioridad nacional, remigración, industria, reformas estructurales y reorientación del mercado a lo realmente productivo. No vamos a renunciar a una patria que tiene lo necesario para volver a ser grande, porque será nuestra.