Jesús Cacho-Vozpópuli

  • No habrá solución para Indra, ni para el sector Defensa, ni para Telefónica, ni para tantas cosas, mientras Sánchez esté en Moncloa

La delegación española presente en el Foro de la Industria de Defensa que esta semana sirvió de preámbulo al lanzamiento formal de la cumbre de la OTAN celebrada en Ankara, un espectáculo, con Mark Rutte como maestro de ceremonias, que osciló entre un gran bazar de armas y un concurso bélico al estilo Eurovisión, ha sido una de las más numerosas. Y han vuelto todos encantados. En efecto, las empresas de un sector a menudo enfrascado en absurda guerra de guerrillas se las prometen muy felices en la gran feria del gasto en armamento cuya puesta en escena ha tenido lugar en la capital turca: nada menos que 800.000 millones de euros durante los próximos cuatro años en el marco del Plan ReArm Europe. Todos abiertos a un entendimiento que les permita participar en el reparto de la tarta. «La música ha sonado bien y estamos dispuestos a bailar agarrao, pero ahora queda por conocer la letra. He hablado con muchos colegas y a todos les he visto convencidos de hallarnos ante una oportunidad extraordinaria, pero hay que pasar de las musas al teatro», asegura uno de los viajantes de Ankara. Tras haber desalojado de la presidencia a Ángel Escribano, el hombre que lo quería todo para sí, el malo oficial de la película, el sector espera que la firma con sede en Alcobendas termine por convertirse en la gran empresa tractora de la industria de Defensa, dispuesta a repartir carga de trabajo entre un sector muy atomizado, aprovechando su hilo directo con Moncloa vía Ministerio de Defensa. Todos esperan hacerse ricos con el miedo a la guerra.

La cumbre de Ankara ha vuelto a poner a Indra en primer plano de actualidad, una empresa tecnológica, con las Administraciones públicas como primer cliente, a la que el Gobierno Sánchez quiere poner a hacer algo que no ha hecho nunca, tanques y obuses, después de haberla tomado al asalto con una cuantiosa inversión de dinero público en la compra del 28% de su capital y haber colocado en la presidencia a un conmilitón, el PSC Marc Murtra, y después de haber elegido como sucesor de Murtra (llamado a mayores destinos en Telefónica) a un outsider, un simple botarate para muchos, como Ángel Escribano, dueño con su hermano Javier de una pequeña firma, en realidad un taller de chapa radicado en Alcalá de Henares, que hace cinco años ganaba apenas un millón de euros pero que en 2025 facturó 488 con un beneficio de 161,1 (un 43% más que el año anterior), un ratio facturación/beneficio que haría las delicias de cualquier empresario. Pero la aventura de un Escribano que tuvo la osadía de desafiar al mismísimo capo de la banda que nos preside y que le había puesto a dedo, ha terminado como el rosario de la aurora. Entre enero de 2025 en que ocupó la presidencia y abril de 2026 en que se vio obligado a salir por la puerta de atrás, han transcurrido 16 meses que muchos consideran tiempo perdido en poner a punto, casi desde cero, una potente industria de Defensa capaz de competir con los grandes del sector europeo y no digamos ya con los gigantes de la industria armamentista norteamericana.

Cuenta un testigo presencial que Escribano resumió un día su filosofía empresarial al frente de Indra cuando, reunido con su comité de dirección, se acercó a los ventanales de la planta noble de Alcobendas y arengó a su gente asegurando que «si el Gobierno nos pide que podemos todos esos jardines que veis ahí abajo, os compro a todos una podadora y os pongo a podar como cabrones». Ángel quería hacer de todo sin saber casi hacer de nada. Quedarse con todos los contratos que licitaba Defensa -la mayoría adjudicados a dedo- sin preocuparse de si iba a poder fabricar lo que había firmado y si podría entregar el material comprometido en tiempo y forma. Y dejar sin trabajo a la competencia. Asfixiar a la competencia, cuando no ponerle querellas. Pero ponerse a fabricar tanques y obuses, no digamos ya material bélico más sofisticado tipo armas para ataques de precisión, defensa contra drones o contra misiles balísticos, sin haberlo hecho nunca y sin una base industrial previa es empeño más que difícil casi imposible. ¿Es Ángel Escribano el único malo de la película? En modo alguno. El gran responsable es quien un día fue a llamar a la puerta de un chico de Coslada dispuesto a elevarlo al estrellato. «Te vamos a hacer muy rico, a condición de que tú nos hagas rico a nosotros». La ministra de Defensa, Margarita Robles, en primer término, y en último y definitivo, el propio Pedro Sánchez, que es quien personalmente se encarga de dar el visto bueno a cualquier tipo de nombramiento, por pequeño que sea. Como ocurre siempre, Escribano se ha comido el marrón de Indra (con el riñón bien forrado, eso sí), mientras que el responsable último del desaguisado ha salido sin una simple magulladura. La vida misma.

Y en una nueva y escandalosa vuelta de tuerca, Moncloa ha terminado por entregar Indra de pies y manos a sus socios del PSC, colocando en la presidencia a Ángel Simón, ex Criteria, y en la consejería delegada a Josep Recasens, hasta hace unos días presidente de Renault España y de la patronal ANFAC. Ambos se encuentran hoy ante el que probablemente sea el desafío de sus vidas: resolver el problema capital de la falta de capacidad productiva de Indra para cumplir los compromisos adquiridos vía contrato y poder hacer las entregas del material en el tiempo convenido. «Tenemos que multiplicar la capacidad de delivery (entrega) por ocho o por diez», aseguraba Recasens días atrás en Ankara. ¿Y cómo fabricar obuses o tanques si nunca lo has hecho, sin tradición y sin una base industrial potente? «Colaborando», responde el invitado. «Trabajando para construir un ecosistema español de Defensa, con la vista puesta en el largo plazo, mediante la colaboración con el resto de empresas del sector que quieran participar en el reparto». Y firmando acuerdos de colaboración con los grandes grupos europeos del sector, los BAE Systems, Thales, Leonardo y Rheinmetall, asunto nada fácil dada la diferencia de tamaño y capacitación tecnológica (Rheinmetall firmó este martes en Ankara un acuerdo con la estadounidense Lockheed Martin para fabricar misiles tácticos ATACMS en Alemania para la OTAN).

Para poner de acuerdo al sector, sostiene un competidor, el dúo Simón-Recasens debería empezar por llamar a la puerta de General Dynamics y de su filial española, Santa Bárbara Sistemas, ponerse de rodillas y pedirles perdón, en lugar de agredirlos como hizo Escribano con ocasión de su comparecencia en el Congreso en marzo de 2025, en la que acusó a la multinacional USA de «haber destruido el tejido industrial español». Colaborar implica el deseo de hacer amigos allí donde antes Indra hacía enemigos, llegar a pactos con el resto del sector, con Santa Bárbara, desde luego, pero también con Sapa, con la EM&E de los Escribano, con Oesía, con GMV, etc., para resolver entre todos la falta de capacidad productiva mediante la creación de ese ecosistema de Defensa capaz de suministrar a nuestras Fuerzas Armadas el material bélico que precisa, cumpliendo los plazos de entrega comprometidos. Los antecedentes no invitan al optimismo, caso del blindado VCR 8×8 Dragón, fabricado por el consorcio TESS Defence (participado por Indra -51,1%-, Santa Bárbara, Sapa Placencia, EM&E y Tecnobit) y considerado como uno de los mayores fiascos de la industria militar española debido a sus constantes retrasos, fallos técnicos, sobrecostes y disputas legales entre las empresas del consorcio. El reto consiste, en efecto, en no volver a repetir el bochorno del blindado 8×8 Dragón. En ser capaces de producir material de calidad contrastada y entregarlo en tiempo y forma. Lo cual lleva implícita la creación de una industria donde antes solo existía un páramo. Esta es la duda: saber si Simón y Recasens van a ser capaces de hacerlo.

Muchos lo dudan. Porque la alternativa es penosa, casi dramática en términos de país. «Me temo que no vengan con esa intención. Llegan dominados por una visión de corto plazo porque saben que en cuanto cambie el Gobierno van a salir de Indra por la puerta de atrás, de modo que se trata de llevárselo crudo, dentro de la acrisolada tradición de un Gobierno corroído por la corrupción», cuenta un buen conocedor del sector. Abona esta tesis la toma de decisiones de inversión tan precipitadas como ese anuncio de «Plan Cataluña» (11 de mayo pasado), según el cual la compañía se ha comprometido a crear 1.500 nuevos empleos cualificados en la región antes de 2027, es decir, en lo que queda de año 26, y a duplicar su negocio allí hasta superar los 550 millones mediante la creación de nuevos centros e instalaciones fabriles. Los nuevos amos de Indra, sin un plan estratégico «hasta finales de año», según manifestación propia, se han apresurado, sin embargo, a prometer el oro y el moro para Cataluña sin antes saber qué necesita de verdad la compañía cara al futuro. ¿Para hacer qué? ¿Y por qué en Barcelona y no en Huesca o en Castellón?

El tiempo, en efecto, es el gran enemigo del dúo que Sánchez ha colocado al frente de Indra. Llama la atención que un hombre como Simón, 68, que sigue contando con un excelente cartel entre la clase empresarial y que tiene su vida más que resuelta tras su paso por Grupo Caixa, haya aceptado unir su suerte en el último minuto a la de un Gobierno crepuscular como el actual. Otro tanto puede decirse de Recasens, cuya juventud puede disculpar el hecho de haberse aferrado al clavo ardiendo de Indra. La firma de Alcobendas no ha tenido suerte con sus dos últimos CEO, José Vicente de los Mozos y el citado Recasens, ambos provenientes del sector del automóvil, meros especialistas en apretar las tuercas a los proveedores, los «Antolines» de turno. En realidad son jefes de compras, tipos acostumbrados a estructurar ordenadamente sus ideas y producir buenos powerpoints, pero que cuando llegan a la central se estrellan porque carecen de la visión estratégica y financiera, entre otras, necesarias para dirigir una gran firma. A De los Mozos lo despiden de la central de Renault en París, y Recasens llama a su amigo Jordi Hereu, a la sazón ministro de Industria, y le pide que le busque acomodo cuando estaba a punto de ocurrirle lo que a De los Mozos. Y Hereu se lo coloca a Simón como número dos. Todo PSC en vena. Y Simón se trae como número tres a su hombre de confianza de toda la vida tanto en Agbar como en Criteria, Ciril Rozman. Es un trío con capacidad sobrada para entender la problemática de Indra, desde luego. De momento, las sensaciones no son buenas. Los tres se han encerrado en la planta noble de la sede en Alcobendas y han bloqueado incluso el ascensor de presidencia para cualquier otra persona. Simón no se relaciona con nadie en la empresa. Y ha puesto a Recasens y a Rozman a pastorear una multinacional que tiene en nómina a 62.000 personas.

Ninguno sabe qué hacer con Minsait (consultoría estratégica, transformación digital y Tecnologías de la Información), una división con la que Indra ha venido compitiendo con gigantes como Accenture, responsable de más del 50% de las ventas del grupo y de buena parte de sus beneficios, con 46.000 profesionales en plantilla. Se trata de una actividad de márgenes estrechos, pero que en los últimos cuatro ejercicios ha estado creciendo a doble dígito. Y un negocio seriamente amenazado por la irrupción de la IA. Atraídos al panal de rica miel del dinero público invertido a espuertas en Defensa, nadie está pensando, porque pensar exige esfuerzo y capacidad de gestión, en cómo salvar Minsait del math ball de la IA, mientras la gente de talento huye a toda prisa de la división hacia aguas más seguras. En realidad, toda la literatura que estos días estamos oyendo sobre la creación de esa industria de Defensa, con Indra como fuerza tractora, no pasa de ser conciliábulos de despacho, un recetario de buenas intenciones sin ninguna base real. De momento. Porque hacer realidad esa industria de Defensa eficiente y competitiva seguramente requeriría como primera providencia un gran acuerdo nacional entre los dos grandes partidos del arco parlamentario, por lo menos, un acuerdo con visión de largo plazo que pusiera el métier a sotavento de los cambios políticos. Un imposible con un canalla al frente del Gobierno, decidido a hacer luz de gas a la mitad, por lo menos, de la población del país, y a hacer lo que le sale de la punta del cimborrio. No habrá solución para Indra, ni para el sector Defensa, ni para Telefónica, ni para tantas cosas, mientras Sánchez esté en Moncloa. Tiempo perdido para una España hoy extraviada en mitad de ninguna parte.