José Alejandro Vara-Vozpópuli
- El líder socialista se aferra al zarpazo de Trump en Caracas para disfrazarse de nuevo del supermán de la galaxia del progreso
Este tipo tiene suerte. En el peor momento de su mandato, llega el séptimo de caballería, con el general Custer (antes de Little Big Horn) travestido de Donald Trump con sobrepeso, y se lanza al rescate del Fort Apache en el que se ha convertido la Moncloa, sitiado por todos los flancos, el político, el judicial y hasta el económico, y cada día más decuajeringado. Un coro de brindis por el zarpazo del cachalote norteamericano se escuchó en los principales despachos del entramado sanchista. Descorches del champán sobrante de la Navidad, gritos de júbilo y mensajes de euforia en los guasaps del PSOE, aquello que fue como un partido y ahora es una excrecencia que se desvanece.
Cuando su capacidad de resistencia se agota, como es el caso, algo acude al rescate de Sánchez. Entraba ahora en el año como el toro en los toriles, derecho al sacrificio. Ni una puerta de emergencia despejada, ni un agujero en la valla por donde escapar, ni un pasadizo subterráneo por el que escabullirse. Este 2026 iba a ser su noche más negra, su desmoronamiento personal y su réquiem político. El acabose. Hasta que llegó Trump en busca del petróleo perdido a echarle un cable. Igual que Netanyahu el verano pasado.
Entonces fue Gaza el McGuffin para urdir un relato de hipertrofiado antisemitismo, con algunos pasajes de opereta bufa como la flotilla de pacotilla, el reconocimiento de dos Estados, la borrokización de la Vuelta ciclista y el ridículo del boicot a Eurovisión, aún objeto de chanzas. Llegó el momento de disimular los desastres caseros y erigirse de nuevo en el líder global de la respuesta progresista contra Trump.
Estaba ya sin balas en la recámara y sin excusas en el argumentario. Sin mayoría parlamentaria, ni presupuestos, ni aval político, ni respaldo social, con una economía en declive, con un horizonte judicial de espanto, con su esposa, hermano y dirigentes históricos de su banda en la trena o en vísperas de banquillo. Apenas lograba enjaretar un guion sostenible para andar el largo trecho hacia el fin de la inhóspita legislatura.
La agenda de líder global
Este domingo 4, víspera de Reyes, se convirtió en su domingo de resurrección y de movilización. Frenesí de reuniones del equipo de crisis en el Ala Oeste en las que se diseñó el nuevo escenario. Para empezar, las proclamas. Un intento fallido de endurecer el comunicado de Bruselas (gran ridículo de Albares, una vez más), la firma del regüeldo conjunto de los seis andobas del grupo de Puebla (ahí se encuentra como en casa), publicación de un par de tuits (nada de TikTok recomendando libros que jamás leyó) y plantón final al Rey (una de sus aficiones favoritas) para acudir a la reunión en París de la Coalición de Voluntarios sobre Ucrania (después de meses de desprecios, esta vez le admitieron), y donde hasta sacó pecho y se comprometió a enviar tropas a la región en caso de llegarse a un armisticio. Necesitará el visto bueno del Congreso pero bueno, eso ya, si eso…
Sánchez está ahora en su salsa. Huye del patio interior y orienta el Falcon hacia el exterior con la pretensión de convertirse en el más fiero rival del gorilón estadounidense, en el único europeo que le planta cara a Donald Trump, en el ariete superman de la galaxia del progreso contra los reaccionarios y malditos yankis. Al fin un elemento movilizador que despierte a su adormilado rebaño, a su militancia desganada, a sus votantes tan escépticos que se embocan hacia Vox. Un soplo de fortuna le ha levantado el ánimo en el estreno del que será su año más horrible.
Los líos de Zapatero
Cierto que la política internacional carece de tirón para eclipsar las urgencias de casa, los problemas del metro cuadrado de la gente. Algo es algo, no hay más. Suplica al destino, eso sí, que los líos de Zapatero en Caracas no le estropeen la jugada. Parece que hasta eso puede arreglarse. Incluso a lo mejor Delcy, tan amiga y admiradora del expresidente, lo ficha para su equipo asesor y hasta le ofrece un cargo y se queda allí, en su condición de ‘mi príncipe’, como prohombre de esta rara etapa en la que se adentra Venezuela.
Nadie sabe el futuro de la dictadura, el paradero de los presos políticos, el papel de María Corina Machado (de Edmundo nadie se acuerda), la fecha de las elecciones (si es que las hay) y demás incógnitas que la diplomacia USA se ha empeñado en no aclarar. En lugar de un western de John Ford, con el general Custer de prota, esta película parece una de esas matracas que ahora se facturan en Hollywood como Todo a la vez y en todas partes o Megalópolis, que a veces hasta les dan el Óscar. Lo de Gaza apenas fue un respiro. Sabido es que resulta estéril manosear a los muertos. A ver cuánto le dura el atropellado sacudón del Orinoco. ¿La respuesta?. Dentro de un mes, el 8 de febrero, en Aragón. Las urnas como barómetro. Y a ir tirando. No le darán el Oscar.