Iñaki Martínez-El Correo

Escritor y abogado

  • Autócratas y dictadores se caracterizan por escuchar a los que les animan a resistir. Tanto al panameño como al venezolano les ofrecieron abandonar sus países. Y luego está la traición

La madrugada del 20 de diciembre de 1989 las tropas de Estados Unidos invadieron Panamá. El general Manuel Antonio Noriega se escabulló de la caza que dirigieron contra él comandos especializados. Al cabo de tres días se entregó en la Nunciatura Apostólica, representada por monseñor José Sebastián Laboa, un sacerdote nacido en Pasajes de San Juan. ¿Por qué se entregó si ya habían pasado 72 horas, las más críticas?, le pregunté muchos años después. «El nuncio me hizo creer en la llegada de un emisario especial nombrado por Juan Pablo II que habría de negociar mi estatuto de prisionero de guerra si me entregaba». El emisario llegó, pero con 24 horas de retraso.

A Noriega lo juzgaron en un tribunal de Florida y, según la sentencia, el general propició que Panamá almacenara toneladas de cocaína procedentes de Colombia para su traslado posterior a Estados Unidos. Estuvo encarcelado 20 años y fue extraditado a Francia para responder de una acusación de blanqueo de activos con origen en el narcotráfico. En 2011 fue trasladado a Panamá donde tenía causas pendientes.

En 2015 fui finalista del Premio Nadal con la novela ‘La Ciudad de la Mentira’. Dos años más tarde me llamó Ramón Perelló, editor del sello Península, perteneciente al Grupo Planeta. Me propuso contactar con las autoridades penitenciarias, solicitar permiso para entrevistar a Noriega y negociar con él la posibilidad de hacer realidad un libro que llevaría el título de ‘Conversaciones con el general Noriega’.

Noriega contaba con un estatuto privilegiado en la penitenciaría El Renacer. Disponía de un bungaló con jardín. El espacio residencial incluía dos plantas con aire acondicionado. Le atendían militares que se cuadraban a su paso y le dispensaban el trato de ‘mi general’. Tenía 83 años, voz seductora y memoria excelente. Miraba directamente a los ojos y rara vez dejaba de sonreír. Lo visité cuatro sábados seguidos desde las 9:00 hasta las 13:00, hora en que los soldados le servían la comida. Las reglas no permitían grabar la conversación ni hacer fotografías.

El interés de la editorial era que narrara los episodios importantes de su vida. Él dejó clara su intención: «No pretenderás que cuente de la A a la Z». Le respondí: «Al menos de la A a la M». Llegamos a un acuerdo sobre los asuntos de los que hablaría. Tratamos diferentes materias, entre ellas las relativas a la muerte en accidente aéreo del general Torrijos (1981), que propició su llegada al poder como hombre fuerte. Algunos investigadores le acusan de haber estado detrás, en connivencia con la CIA. Lo negó con rotundidad: «Cómo voy a estar implicado si Omar era mi gran amigo, al que debía lo que fui».

Manuel Antonio Noriega confundió fantasía con datos objetivos en 1989. Maduro lo ha repetido como un calco

Me interesaba sobremanera lo relativo a los hechos que desembocaron en la invasión estadounidense del 20 de diciembre de 1989. Para el momento de las entrevistas, era de dominio público que la Administración Bush le había ofrecido abandonar Panamá y respetarle el patrimonio obtenido por los negocios ilícitos. Saqué a colación el dinero que le descubrieron en bancos europeos: 23 millones de dólares. No lo negó y añadió: «Más un millón que tenía en mi casa y no sé quién se lo llevó; más otros millones que confié a varios amigos para que me los guardasen y a los que no he vuelto a ver».

España, por medio de gestiones del presidente Felipe González y del venezolano Carlos Andrés Pérez, le ofreció asilo y llegaron a enviarle un avión al aeropuerto de Maiquetía (Caracas), presto para volar a Panamá y recogerlo. Noriega lo explicó: «Felipe se puso muy pesado con que subiera al avioncito». Lo rechazó.

Encadené dos preguntas: ¿usted creía que no iba a haber invasión?; de haber llegado a la conclusión de que iba a producirse, ¿se habría marchado? Fue la única vez que abandonó el tuteo: «¿usted cree que soy pendejo?, claro que me habría marchado».

Entonces, ¿qué sucedió?

«Me confundieron y engañaron. Por una parte, estaba la presión psicológica que sufría. 15.000 soldados haciendo maniobras en las bases de la Zona del Canal, a unos centenares de metros de mi cuartel. Me llegaban noticias contradictorias. ‘La invasión está preparada para el lunes próximo’. ‘Los gringos se han echado atrás’. Fuentes que consideraba fiables mantenían que no iba a haber invasión, que las maniobras y ejercicios en las bases eran para Nicaragua, para el caso de que Violeta Chamorro ganara las elecciones previstas para dos meses más tarde y los sandinistas le hicieran fraude. La mayoría de los congresistas y senadores estaban a favor de la invasión, pero la CIA transmitía informes a la Casa Blanca recomendando lo contrario. Yo consideraba este dato importante pues el presidente Bush había sido director de la agencia durante el periodo de Ronald Reagan».

¿Y qué pretendía, mantenerse en el poder? «No, sabía que mi momento se acababa, pero creía que aún tenía chance (oportunidad en jerga panameña) para negociar una transición política en la que conservara influencia».

Las entrevistas con Manuel Antonio Noriega fueron suspendidas tras ser diagnosticado de un tumor cerebral benigno del que debía ser intervenido. Falleció en la mesa de operaciones.

He recordado este episodio después de los hechos que acabaron con la captura de Nicolás Maduro. Existen algunas semejanzas.

Confundir fantasía o irrealidad con datos objetivos es lo que hizo Manuel Antonio Noriega en 1989 y ha repetido como un calco Nicolás Maduro. A este le ofrecieron abandonar su país, como al panameño. Los autócratas y dictadores se caracterizan por escuchar a los que les soplan al oído que resistan, que se mantengan fuertes, mientras desoyen a quienes les aconsejan pragmatismo. Y luego está la traición, siempre invitada en lo que tiene que ver con el poder político.

Cientos de panameños fallecieron a causa de los bombardeos sobre poblaciones cercanas al cuartel de Noriega; inocentes absolutos.

En el caso de Nicolás Maduro y Venezuela, veremos qué noticias nos trae el porvenir, solo estamos en el primer capítulo.