Ignacio Camacho-ABC
- El manifiesto de Jordi Sevilla es el primer intento organizado de alternativa crítica frente a la deriva cesarista
El manifiesto de Jordi Sevilla no va a mover a Sánchez de su sitio pero tal vez constituya el principio del postsanchismo. Visto desde fuera su contenido parece demasiado prudente, por no decir tímido, pero está dirigido de puertas adentro, a los militantes y simpatizantes del partido, y es el primer intento serio de crear un movimiento crítico en una organización arrastrada hacia el cesarismo. Los promotores del documento saben que el líder es actualmente inamovible y más que en un proyecto alternativo están pensando en una toma de posición para cuando después de la probable derrota electoral surja la necesidad de un giro orientado hacia la socialdemocracia convencional que el presidente ha proscrito en su modelo político.
Los ‘abajofirmantes’, que aunque la mayoría son de público conocimiento no firman para no quemar prematuramente a nadie, han procurado evitar señalamientos particulares, pero su diagnóstico de situación no deja ningún margen a las ambigüedades. Es una enmienda a la totalidad de la deriva sanchista, de sus alianzas bajo chantaje, de su dinámica de populismo polarizador, de su corrupción rampante, y una propuesta de retorno al reformismo sensato y a los consensos constitucionales. El objetivo por ahora no es el de proponer una candidatura sino el de abrir un debate, propósito probablemente angelical en una formación sometida a una disciplina aplastante. Pero al menos ya hay gente dispuesta a plantear un viraje razonable.
En España existen entre seis y ocho millones de electores, quizá más, que se autodefinen de izquierdas. Algunos o muchos podrán cambiar ocasionalmente de voto, o abstenerse, pero no van a abdicar de sus ideas. Y contra lo que piensa una parte de la derecha partidaria de imponer una especie de sanchismo a la inversa, es imprescindible una fuerza que represente a ese amplio sector social, defienda sus legítimas reivindicaciones y compita con los adversarios sin romper la convivencia ni convertir la escena pública en una trinchera. En eso consiste la democracia como fórmula civilizada de resolver problemas dentro de un marco institucional de respeto a ciertas reglas.
De momento ni Ferraz ni Moncloa se han lanzado, como suelen, a degüello contra los disidentes, ni les han azuzado a sus huestes de choque en las redes. Prefieren no armar ruido y condenarlos a un discreto plano mediático hasta que se desinflen al comprobar su minoritario respaldo. Sin embargo esa táctica minusvalora la verdadera relevancia del asunto, que radica en el primer paso hacia la ruptura del asentimiento uniforme ante el aparato. Y ya no son los veteranos de Suresnes sino los nuevos cuadros quienes cuestionan en voz alta el rumbo y las órdenes del mando. Todavía resultan escasos, pero si Pedro sufre en las urnas el descalabro pronosticado se va a encontrar a muchos más de los que cree haciendo cola para apuntillarlo.