Iván Igartua-El Correo

  • Europa se ha vuelto ya consciente de que la democracia, la libertad y el Estado de Derecho sufren el creciente empuje de las tiranías

Si nada lo remedia, en un margen de pocos días van a coincidir el primer aniversario del regreso a la Casa Blanca de Donald Trump y el cuarto desde que se inició la invasión masiva de Ucrania por parte de Rusia, hito significativo porque supera ya la duración de la participación soviética en la II Guerra Mundial. El retorno del mandatario estadounidense y la continuidad de la guerra en Ucrania han colocado en poco tiempo a Europa entre la espada y la pared (o entre Escila y Caribdis, por retratar el trance con algo más de precisión).

Por una parte, Trump ha hecho saltar en apenas unos meses todos los cimientos de las relaciones internacionales hasta el punto de amagar incluso con poner en riesgo los principios de la Alianza Atlántica con su pretensión de hacerse con Groenlandia a toda costa (aunque su afán por conquistar la isla se haya atenuado después). Los sobresaltos diarios se complementan con una represión interna brutal en inmigración. La violencia descarnada con la que actúa el ICE puede acabar originando escenarios apocalípticos (o casi) como los que ya han imaginado la literatura y el cine (desde ‘Civil war’ a ‘Una batalla tras otra’). El asalto al Capitolio, alentado por Trump en enero de 2021, no auguraba nada bueno , pero la gente, ¡ay!, le siguió votando.

En cualquier caso, los precarios equilibrios internacionales habían sido quebrantados antes por Putin y su ejército de drones y orcos. Además de retrotraernos a otras épocas, la violación de la integridad territorial de otro país ha dejado magullada y tambaleante la confianza en las normas que en teoría regían la relación entre Estados. No solo eso: de forma feroz, ha mostrado la senda para que otras naciones con ejércitos poderosos traten de imponer en un futuro su ley, la ley del más fuerte, que es la ausencia de toda norma acordada, la no ley por excelencia. El propio Trump ha tomado buena nota y su acción espolea en buena medida las aspiraciones de Moscú, que ahora incluso se permite criticar, para la galería, los excesos estadounidenses e incluso presentarse, derrochando sarcasmo, como mediador para la paz en conflictos como el de Irán.

En Europa creíamos que el desprecio a la democracia liberal y sus valores provenía, única o fundamentalmente, del este y, en concreto, de los pensadores y políticos revanchistas alineados con el Gobierno ruso, de los teóricos del resentimiento. La agresividad al alza del discurso de personajes como Alexander Duguin o Vladisláv Surkóv (el exmago del Kremlin) distaba de ser algo inesperado, por la larga tradición antioccidentalista de la que se han venido alimentando hasta empacharse (basta leer al marqués de Custine y su diario sobre Rusia en 1839 para ver lo añosa que puede llegar a ser esa hostilidad).

Para lo que desde luego no estábamos preparados era para un ataque físico de tal calado a nuestro modelo de convivencia en suelo ucraniano, convertido de golpe en la trinchera oriental de Europa, trinchera que el expansionismo de Putin ansía borrar del mapa. Y tal vez menos preparados aún estábamos para afrontar la espantada del principal aliado histórico, unos EE UU que bajo el mando de Trump y sus asesores desenfrenados (con el único freno que les impone, eso sí, el temor a Putin) están dispuestos a abandonar a su suerte a todos aquellos que no se dobleguen ante sus apetencias, más pecuniarias que de cualquier otra índole, como delatan la operación en Venezuela y la indiferencia, impostada o real, de la Administración americana con respecto a los sistemas democráticos en general.

El giro en el panorama mundial, cada vez más patente y profundo, obliga a Europa a reaccionar del modo más inteligente posible, aquel que le permita sobrevivir como lo que ha sido y es, un espacio de libertad y de derechos amparados por las leyes. A pesar del estupor inicial, estamos saliendo, aunque sea a tientas, del aturdimiento. No hay oposición generalizada -salvo las excepciones habituales, que habría que dar siempre por descontadas- al incremento de la seguridad exterior (algo que implica rearme, esa palabra que tanto disgusta a algunos). Al cabo de unos años, la disensión ha vuelto al centro del debate como instrumento para conjurar tentaciones bélicas (que con la tecnología actual nos conducirían inevitablemente a la extinción). Ya se habla de un ejército europeo capaz de proteger a la ciudadanía.

Ese es el gran vuelco, el que ha vuelto a la plácida Europa plenamente consciente de las amenazas que conlleva un mundo en el que la democracia, la libertad y el Estado de Derecho, fundamentos que salvaguardan la dignidad del ser humano, se encuentran paradójicamente en recesión ante el creciente empuje de las tiranías. Lo que no significa, ni mucho menos, que no haya que dar la batalla con tal de defenderlos.