Gorka Maneiro-Vozpópuli

  • En lo que más coinciden todos ellos es en su rechazo al PP y en su deseo de que siga creciendo Vox

Como cada cierto tiempo, y especialmente cuando se acercan unas elecciones que amenazan su propia existencia y las lentejas de quienes pueden salir malparados, vuelven a ponerse sobre el tapete político las cuestiones típicas con las que la izquierda nos ameniza las jornadas más insulsas, que no suelen ser muchas: la necesidad de movilizar a la gente que no termina de movilizarse en la dirección correcta, lo urgente de articular una nueva alternativa a la izquierda de la izquierda a la que no se puede llamar extrema izquierda que pueda responder a las necesidades de la clase trabajadora y la gente humilde que ya no les vota, y, por supuesto, la perentoriedad de alcanzar por fin la unidad de la izquierda, para lo cual todos deben arrimar el hombro, prescindir de personalismos que ya no suman y trabajar todos a una, como en Fuenteovejuna; a todo lo cual se añade el comodín sanchista que repiten todos desde hace un tiempo de hacer frente a la extrema derecha antes de que llegue al poder y les demuestre lo que sospechan: que su proyecto no sólo no se parece al suyo sino que es radicalmente distinto y hasta opuesto, como suele ocurrir en las democracias. Y ahí andamos, con papel y bolígrafo, dibujando gráficos y aprendiendo nombres nuevos que permanecerán en nuestra memoria… no demasiado tiempo.

Silencio ante la corrupción

¿Y qué tenemos en este nuevo guirigay de la izquierda? Por un lado, a Rufián, dispuesto a entregarse generosamente a todos a cambio sólo de que le votemos para salvarnos de la extrema derecha española, que amenaza según él nos cuenta con ilegalizarnos e incluso fusilarnos políticamente a todos, aunque supongo que a unos más que a otros; por otro lado, el Sumar de Yolanda Díaz sin Yolanda Díaz porque ya resta más que suma, ese artefacto articulado por Sánchez que hemos conocido bien durante todos estos años, razón por la cual no le votan ni sus partidarios; además, las izquierdas independentistas del tipo BNG o Bildu, que no quieren sumarse a la iniciativa de Rufián, al que por supuesto respetan y valoran por liderar un golpe por la independencia y contra la Constitución Española pero al que han explicado que a ellos lo que pasa en España no les interesa lo más mínimo, salvo para seguir sacando tajada política de ella; por supuesto, Podemos, estabilizado en el umbral de la irrelevancia, sin voz y sin votos, dispuesto a seguir siendo el puño de hierro de las supuestas «políticas liberales» de Pedro Sánchez y Yolanda Díaz mientras calla ante su más que cierta corrupción política; y, para cerrar el círculo y el enredo, el PSOE populista construido por Sánchez, que ha terminado sustituyendo al movimiento político que amenazaba con sustituirlo, esto es, el Podemos de Pablo Iglesias y otros extremistas de izquierdas, pero que sigue necesitando que le cubran las espaldas y el reducido espacio de extrema izquierda que ha dejado, a ver si suena la flauta y puede permanecer en la Moncloa otra legislatura.

Esos son los mimbres con los que quieren hacer un cesto lo más decente posible que presentar a las próximas elecciones y movilizar a los que hace tiempo que no es que no se movilicen sino que se movilizan para votar a otras opciones políticas. Son las cosas que pasan cuando traicionas tus postulados históricos, incumples tu palabra o te conviertes en subalterno de los independentistas. Ciertamente, sus parecidos son razonables pero en lo que más coinciden todos ellos es en su rechazo al PP y en su deseo de que siga creciendo Vox para poder decir que sigue creciendo Vox, el PP no pueda gobernar y, en última instancia y como colofón, no haya alternancia política y siga Sánchez en Moncloa. Ahí acaba todo.

La culpa es de los otros

Como ven, hay de todo menos buenas ideas acordes a los tiempos que corren y a las necesidades de la gente. De ahí el trasvase de votos que se está produciendo desde esos partidos al resto. Elaborar un programa político que ofrecer al conjunto de la ciudadanía, de momento no se les ha ocurrido. Y si a alguien se le ocurre plantear alguna solución alternativa e imaginativa a la precariedad laboral o a los sueldos bajos, al alto coste de la vida, al problema de la vivienda o a la inseguridad que existe en determinados barrios y ciudades, es que no se ha enterado de que la cosa no va de eso sino de cosas más etéreas que interesan a cada vez menos gente; y si alguien alza la voz contra el privilegio del cuponazo catalán, contra la imposición lingüística en determinadas partes de España o contra el abuso que implican las cesiones a los independentistas es que hace el juego a la derecha, compra el marco mental de la derecha o, directamente, es de extrema derecha. Y si hay quien protesta contra la corrupción económica, es que la del resto fue peor o en todas las casas se cuecen habas. Y de ahí no salen ni con agua hirviendo y puede que ni con nuevos batacazos electorales como los que ya están recibiendo, lo que debería ser medicina y mano de santo para hacer recapitular y pensar a los partidos políticos, lo que no acostumbran demasiado a poner en práctica. Pero ni por esas. La culpa siempre es de los otros: de quienes osan convocar elecciones o de quienes osan votar a otras opciones.

No sé qué es lo más extraño de todo: si que sea un independentista confeso que quiere romper con España quien se ofrezca a que le voten los españoles de quienes quiere separarse para salvarnos de la extrema derecha en lugar de preocuparse por la que tiene en casa… o que para esto en general haya quedado la izquierda, justo cuando más necesario era que hubiese una izquierda distinta. Pero tal cosa comienza a parecer imposible, al menos por ahora. Cuando llegue el momento de reconstruirla, si llega, habrá casi que empezar de cero.