Francisco Rosell-El Debate
  • A este Gobierno no le mata la incuria –ahí figuran el Gran Apagón con España a oscuras, la riada de Valencia con sus 200 fallecidos o la catástrofe ferroviaria de Adamuz con sus 26 difuntos–, sino que le engorda –de ahí su constante apelación al «salimos más fuertes» desde el COVID– un electorado al que solo insta a dejar el sillón para que acuda a votarlos

A medida que se avizora entre la bruma de la confusión y el caos la arribada del crucero portador de un brote de hantavirus con tres fallecidos y un número indeterminado de pasajeros contagiados al puerto tinerfeño de Granadilla de Abona, luego de cerrarle sus fondeaderos Cabo Verde y Marruecos, la deriva del MV Hondius retrotrae a muchos españoles al desgobierno –con Sánchez desaparecido y sus ministras a la greña por la cuarentena– que propagó el COVID por festejar aquel infausto 8 de marzo en el que al Ejecutivo le iba la vida, según la entonces vicepresidenta Carmen Calvo, a la que la sanidad privada libró de irse al otro mundo. No siendo equiparables ambas vicisitudes, sí que reaparecen en cubierta –como la orquesta del Titanic en pleno naufragio– los músicos del Gobierno con su sinfonía de mentiras tras haber sobrevivido políticamente a aquel cataclismo al no haberse depurado responsabilidades políticas y penales en aquella pandemia de 130.000 muertos que enriqueció a logreros de mascarillas falsas que, con España confinada, se pegaban la vida padre con prostitutas a costa de quienes lo pasaban putas sin saber que sería de sus vidas y sus trabajos.

Así ha sido al escuchar como un ritornelo al falso –de condición y titulación– ‘doctor’ Simón, impertérrito en el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, de que, con este hantavirus, tampoco hay razones para inquietarse porque apenas se transmite a humanos, como vaticinaba con el COVID. Dado que «quien se quema con leche llora cuando ve a la vaca», el susto ha sido general al resurgir Simón El Embustero como un espectro de su covachuela de un Ministerio de Sanidad que, en los ocho años de sanchismo, ha servido primordialmente como lanzadera de candidatos. Principió el hoy president Illa, al que Sánchez encomendó que se desentendiera de un departamento cuasi sin competencias y que se centrara en atornillarle el apoyo del separatismo catalán, siguió con Carolina Darias, aspirante fallida a presidir el Gobierno canario, y alcanza a Mónica García, electa candidata a la Comunidad de Madrid, mientras anestesia una huelga de médicos que eterniza con su desidia.

A este Gobierno no le mata la incuria –ahí figuran el Gran Apagón con España a oscuras, la riada de Valencia con sus 200 fallecidos o la catástrofe ferroviaria de Adamuz con sus 26 difuntos–, sino que le engorda –de ahí su constante apelación al «salimos más fuertes» desde el COVID– un electorado al que solo insta a dejar el sillón para que acuda a votarlos. Aunque se critique con merecimiento el supremacismo de una nacionalista como Montse Mínguez, militante del PSC y portavoz federal del PSOE, por su mendaz tuit en el que alimenta el tópico de los andaluces vagos para animarlos a que se levanten del sofá para irlos a votar este 17 de mayo en los comicios autonómicos, su publicación en X trasluce como el sanchismo concibe a sus votantes.

Como en Un mundo feliz, de Aldous Huxley, estos deben, al parecer, limitarse a consumir la droga del Estado –el ‘soma’, mezcla de cocaína y de cafeína– y la hipnopedia televisiva que les persuada de vivir en el mejor de los mundos dentro de una cárcel sin muros, una dictadura perfecta como la china, en la que, declinando su libertad, abracen la servidumbre voluntaria a diferencia de los «salvajes» de «Malpaís» proscritos en reservas. Esta ficción distópica –como la de Orwell en 1984– que Huxley imaginó en 1932 se normaliza como realidad cierta.

Además, la nave de hantavirus, con las ratas como aparente nexo infeccioso del pasaje, metaforiza la pudrición institucionalizada que el fiscal Alejandro Luzón patentizó el miércoles en su alegato final –su catilinaria– ante el Tribunal Supremo que ha de sentenciar el «caso mascarillas». No obstante, quizá debiera haber evitado su «desde luego» para refutar que Sánchez sea el número uno de la trama socialista, como había asegurado «con notable desahogo» el comisionista Aldama, al tratarse solo de una rama de un frondoso follaje. Esa «corrupción organizada, continuada» que se acompaña, a su juicio, de una colonización parasitaria de las empresas públicas y de sus órganos de fiscalización solo es hacedera bajo el paraguas de La Moncloa.

En este sentido, la culpa de Sánchez no es solo política. Bien in eligendo, pues dominaba quiénes eran los malandrines que reclutó para su «banda del Mercedes» asaltantes que reclutó, bien in vigilando, pues les permitió campar a sus anchas y, cuando no le quedó otra que sustituirlos, los suplió con tipos de idéntica ralea, de forma que a Ábalos lo relevó Cerdán y a este, al ser engrillado, Salazar, bragueta abierta. Por eso, su responsabilidad escala lo penal, si bien el fiscal Anticorrupción, al circunscribirse al «caso mascarillas», no podía hacerlo, pero si ahorrarse la coletilla a la que se agarran quienes anhelan coger el rábano por las hojas.

Aun así, Luzón sostuvo su enhiesta verticalidad ante la servil fiscal general ‘Porpedromato’ (en su partida de nacimiento, Teresa Peramato). Tras prohibirle solicitar una rebaja mayor de pena para Aldama por cooperar con la Justicia, arguyó ante el cardenalato togado que se podía apreciar una atenuante mayor que le eximiera de reingresar en prisión. De esta guisa, Luzón puso en evidencia a su abadesa sin explicitar un choque público, remarcando el imperioso menester de premiar a quienes quiebran su ley de silencio (omertà, en el código mafioso) sobre conductas putrefactas que carcomen la ley y la democracia.

Aunque Luzón estime que, en el «caso mascarillas», no hay indicios bastantes –al aguardo de lo que deparen sumarios como el de la Audiencia Nacional sobre financiación irregular del PSOE–, todo apunta a Sánchez al comprobarse como las «¡menudas inventadas!» de Aldama se ratifican en los estrados. De ahí que el inquilino de la Moncloa busque cortocircuitar esa colaboración con la Justicia con los alicates de la fiscal general ‘Porpedromato’.

En esa encrucijada, el Poder Judicial asiste a un momento delicado en el que escribe sus veredictos sobre el poder político, no en pliegos de gran gramaje, sino sobre papel de fumar con la señal roja de peligro ante un Sánchez que, en tanto en cuanto ronda el banquillo, quiere jubilar la independencia judicial como ya ha efectuado con la autonomía fiscal. La Justicia experimenta pareja sensación a la del pensionista de La hoja roja, de Miguel Delibes. La novela del gran escritor vallisoletano alusiva a la carilla de ese color que antaño afloraba en los ‘librillos’ de liar pitillos avisando de que estaba a punto de finiquitar su existencia como la del protagonista del desolador relato del gran maestro de la prosa española.