Juan José Gutiérrez Alonso-El Español
  • Trump no está haciendo ni proponiendo absolutamente nada que no hayan propuesto o realizado sus predecesores, demócratas o republicanos, desde siempre.

La unanimidad en el espacio público es siempre sospechosa. Y esta unanimidad en torno a la actual presidencia de la Casa Blanca no creo que sea una excepción, pues suele evidenciar falta de análisis crítico y una actitud más emocional que racional.

Digamos que la noria lleva (casi) siempre la misma agua.

Son legión, además, quienes durante años han mostrado paciencia, comprensión y hasta complacencia con no pocos gamberros e incluso reconocidos tiranos y criminales.

Ahora se muestran, en cambio, enérgicamente críticos con el presidente de los Estados Unidos, a quien se considera una seria o incluso la mayor amenaza

Todos ellos están convencidos de que les debe algo o de que debe velar por sus intereses y programas. El gobierno de Washington debe compartir o alinearse con sus ideas, inquietudes, intereses, programas o iniciativas. No tiene derecho a tener los propios.

Así las cosas, parece oportuno sugerir a los ofendidos, preocupados y ofuscados, primero, que comprendan que el feliz periodo del imperio en excedencia iba a terminar antes o después. Salvo que la apuesta fuera su destrucción, su progresiva disolución en el magma del cacareado multilateralismo o incluso su sustitución.

Y segundo, que no se puede esperar afecto de alguien a quien tanto desdén y menosprecio hemos dedicado. En la vida hay que asumir las consecuencias de nuestros actos y decisiones.

Si acaso, sea este un buen ejemplo.

Sería contraproducente, además, ignorar que una amplísima capa de la sociedad norteamericana y también de su dirigencia (y no sólo entre el Partido Republicano) considera ya a los gobiernos europeos, que no a Europa, como un adversario más que como un aliado.

Y razones, seamos sinceros, no les faltan, pues el antiamericanismo que en su día denunciara J. F. Revel no es que siga intacto, sino que ha crecido conforme ha ido aumentando la animadversión de nuestros políticos hacia Estados Unidos. Y también la propaganda y activismo contrario a las ideas y alternativas que desde allí se patrocinan, en un contexto en el que la idea de Occidente ya se ha deteriorado de modo seguramente irreversible.

Aranceles, energía, suministros, industria aeroespacial, la OTAN, Ucrania… Y ahora Groenlandia. Esta última es la cuestión que mayores y más aireadas reacciones está causando.

Pero causa cierta perplejidad que se nos advierta que debemos prepararnos incluso para una guerra en territorio europeo, se inste el rearme militar masivo y se nos infunda temor un día sí y otro también (entiendo que mirando a Moscú), pero al mismo tiempo se le niegue a la Casa Blanca una posición parecida.

Es decir, de autoprotección.

En Europa se nos olvida con frecuencia que Estados Unidos es nuestro mayor consumidor y también nuestro protector, tierra de grandes y prominentes pensadores e intelectuales, aunque a este lado del Atlántico pensemos tener la exclusividad.

«En Europa se nos olvida con frecuencia que Estados Unidos es nuestro mayor consumidor y también nuestro protector, tierra de grandes y prominentes pensadores e intelectuales»

No es así, y la diferencia entre unos y otros seguramente sea que en Estados Unidos siguen muy presentes sus clásicos. En política nacional y también en la internacional, continúan los ecos de sus históricos. Y no sólo de los conocidos founding fathers.

En este sentido, uno de los más influyentes y controvertidos en la primera mitad del siglo XIX fue John Caldwell Calhoun, el defensor sureño del Poder Ejecutivo fuerte para preservar la comunidad frente a amenazas internas y externas:

«La autoconservación es ley suprema tanto para la comunidad como para los individuos. De ahí el problema que deriva al negar al gobierno el pleno imperio sobre los recursos y la fuerza del Estado y la gran dificultad de limitar los poderes de modo compatible con la protección y conservación de la comunidad».

La cita es de A disquisition on Government (1851), obra a la que llegué hace unos años gracias al profesor Angelo Panebianco.

Las ideas de John C. Calhoun son hoy muy actuales en la política norteamericana en temas como la soberanía nacional, la seguridad y el Poder Ejecutivo.

De hecho, Calhoun estaría bastante de acuerdo con el fortalecimiento de los poderes ejecutivos con relación al control migratorio para preservar la comunidad, priorizando la identidad o supervivencia nacional sobre otro tipo de consideraciones, como por ejemplo, las humanitarias.

Pero es que el propio Partido Demócrata lo estaba hace muy poco, por lo que debemos preguntarnos qué ha cambiado y por qué en este asunto. La respuesta seguramente resulte inquietante.

También habría que mencionar la retirada o progresivo desmantelamiento de las organizaciones o institutos internacionales, pues, llegados a este punto, parecerá claro para muchos que se trata de áreas críticas que ponen en riesgo la autoconservación.

Hace unos años, Jordan Peterson denunciaba que estamos financiando y promoviendo la revolución, y que eso es una locura.

«Lo prioritario es proteger la soberanía, evitando compromisos que diluyan su poder defensivo o que contribuyan progresivamente a la disolución de la nación»

Lo prioritario, por tanto, es proteger la soberanía, evitando compromisos que diluyan su poder defensivo o que contribuyan progresivamente a la disolución de la nación, o su conversión en algo distinto e incierto.

El mero hecho de realizar este planteamiento hoy conlleva un aquelarre, con acusaciones de todo tipo. Y también habría que preguntarse el porqué.

No hay duda de que Calhoun está muy presente porque pocos como él se preocuparon del denominado «dilema de limitar los poderes gubernamentales».

Es decir, la gran dificultad de restringir el poder del gobierno sin comprometer la protección de la comunidad. Algo que resulta especialmente aplicable a la actual Administración norteamericana por el uso masivo de órdenes ejecutivas (van más de doscientas en un año) sobre fronteras, aranceles y tarifas, sanidad, etcétera…

Es decir, ese pleno imperio que reclamaba Calhoun como necesario ante determinadas crisis, pero que también genera debates sobre límites constitucionales y no pocas tensiones entre instituciones tal y como estamos viendo.

Esta es, muy resumidamente, la situación que atraviesa la política norteamericana, que no es ni muchísimo menos una novedad. Porque Trump no está haciendo ni proponiendo absolutamente nada que no hayan propuesto o realizado predecesores, demócratas o republicanos, desde siempre.

Cierto que conviene preguntarse por el deterioro de la idea, o el ideal, de Occidente. Y, sobre todo, quién está realmente contribuyendo más a su desintegración.

*** Juan J. Gutiérrez Alonso es profesor de Derecho administrativo.